Crónica de la calle Girardi

Literato, filósofo, politólogo y traductor del portugués al alemán. El multipremiado autor visita México, motivo por el que presentamos unabreve semblanza y una muestra de su obra narrativa.
Cuento Menasse
Cuento Menasse (Laberinto )

México

Trabajo en un burdel. El burdel ya no es un burdel, tan solo se puede ver que alguna vez lo fue. Pero esto nada más lo ven los que saben. Quien entra a esta casa y no conoce su historia nunca podría pensar que en ese momento está pisando lo que fue una casa de placer. Pero tampoco alcanza nunca a pensar nada. Quien entra aquí se queda estupefacto. Permanece de pie y mira. Busca palabras. Todavía no hay nadie que haya subido alguna vez las escaleras sin fijarse, ni nadie que haya dicho simplemente: "¡Ah, qué bonito!" o "¡Qué interesante escalera!" Además, todos han añadido: "Es que ahí había algo. ¿Qué era?" Este sitio posee una irradiación, un resplandor cuya esencia, por un instante, se desea indagar. ¿En qué se piensa? ¿En un teatro? En lo primero que se piensa es en un teatro. Un recinto construido para que resplandezca la apariencia. Y sin embargo de pronto eso tampoco parece corresponder. ¿Dónde está, o dónde estuvo el escenario? Aquí están las plateas, allá las galerías, más allá los palcos —¿pero dónde el escenario? ¿Fue acaso este edificio la caprichosa idea de un excéntrico que adoraba la atmósfera de un teatro, pero que no deseaba ser importunado por las obras ni que los actores lo aburrieran con sus vanidades? ¿Alguien, entonces, que mandó construir un teatro sin escenario, donde el propio público pudiera convertirse en protagonista?

Pero entonces la asociación de ideas se desvanece, y el visitante piensa de pronto, horrorizado, en una cárcel. ¿Acaso, en consecuencia, no eran espectadores quienes ocupaban el foco de atención, sino delincuentes bajo vigilancia? ¿Y las numerosas puertas que daban a las galerías, no conducían, pues, a palcos, sino más bien a celdas?

Si la verdad no se conoce, porque se suprimió o porque fue olvidada, se sigue manifestando todavía en la constelación que las suposiciones tejen entre sí, ya que, ¿qué otra cosa es un burdel, empleando una metáfora arquitectónica, sino una mezcla de teatro y cárcel.

Estoy describiendo una casa en Viena, la casa donde trabajo. Pero quien conoce de Viena ya lo sabe ahora: de lo que se está hablando no es de una casa única, sino de Viena entera. Y es que cómo describir de otra forma la impresión que causa esta ciudad más que con un redondel de estos conceptos: teatro y cárcel, historia suprimida o historia olvidada. Apariencia hermosa, esencia turbia. Un público que lo que prefiere es observarse y luego aplaudirse a sí mismo, sin poderse librar, mientras tanto, de la sensación de estar efectivamente encarcelado, de no poder salir a la vida en libertad, a la vida verdadera. ¿Y cuál es la historia? Su hilo conductor rojo, no: sus luces eternamente rojas son la experiencia de los vieneses de pagar siempre demasiado caras sus fantasías de potencia, ya que, cuando de eso se trataba, eran, efectivamente, impotentes — y aun así, sucios perpetradores.

Ésta es la historia de esta casa y —en miniature— la historia de Viena en este siglo: la casa donde escribo se encuentra en la calle Girardi, la Girardigasse. Alexander Girardi fue un famoso actor del pueblo, en su época la personificación del arte del teatro popular. El sueño de su vida de ser llamado al escenario teatral más importante de la lengua alemana, o sea el Burgtheater vienés, se cumplió en el año mil novecientos dieciocho. Girardi falleció, empero, el 20 de abril de ese mismo año. Su triunfo máximo y su final coincidieron. La fecha de su fallecimiento se empalma con dos aniversarios relevantes para la historia de Austria. Un 20 de abril llegó Adolfo Hitler al mundo, y en el año 1918 se constituyó, tras el fin de la primera Guerra Mundial y la caída de la vieja monarquía de los Habsburgo, la primera República Austriaca.

Si se baja por la ligera pendiente de la Girardigasse hasta la avenida Wienzeile*, se llega, volteando a la izquierda, al teatro "Theater an der Wien". Si se sube por la Girardigasse hasta la Lehargasse, uno topa con una bodega, el "Semper-Depot", un edificio que fue construido para almacenar telones de teatro. En la actualidad, en el Semper-Depot hay talleres de la Academia de Arte, pero aún es posible leer en la arquitectura cuán geniales fueron los vieneses para responder a la pregunta: ¿Cómo podemos guardar nuestra utilería? ¿Cómo podemos resguardar los telones, la bella apariencia que de momento no necesitamos, hasta que la volvamos a requerir?

En la calle Girardi, justo donde hoy se yergue mi casa, a la altura del número 10, había un terreno sin construir el año de la muerte de Girardi. Delimitado por una cerca de tablas ladeada y llena de huecos.

La Girardigasse termina, como ya se dijo, en la Wienzeile. Ahí, en el mercado conocido como Naschmarkt, hubo muy pronto al principio de la Primera República una zona roja. Existen incontables historias acerca de la genialidad de las prostitutas del Naschmarkt de aquella época. A los burgueses solteros que después del final de la función salían del "Theater an der Wien", o a los obreros que surgían del "Ateliertheater", se empeñaban en darles la impresión de que la realidad era una continuación directa de la obra en cuestión, y para los campesinos, que de noche llevaban legumbres al Naschmarkt, actuaban "la infame gran ciudad". Había el hotel "cálido" y el hotel "frío". El "cálido" era el "Hotel Tres Coronas" en la calle Schleifmühl; el "frío" era el pequeño y descuidado terreno baldío detrás de la cerca de tablas en la calle Girardi.

Eso fue la Primera República. Liberaciones de energía contenida que no duraron mucho. Aprensiva búsqueda de redención. Frío calor. Despertar con odio a uno mismo. Búsqueda del Purgatorio. La vida quería ser concisa, o —si tenía que ser mojigata, entonces como debe ser. Y así cayó el telón de la Primera República— ¡aplausos!—, y cayó también el telón para la zona roja del Naschmarkt. El Estado corporativo clerical fascista prohibió la prostitución callejera. Eso fue a fines de 1934. Los proxenetas más ricos de esa época, un tal Franz Kuchwalek (curiosamente nacido también un 20 de abril) y Adolph Girardi (estrambóticamente pariente lejano del actor, en realidad la calle debería llevar su nombre), se asociaron y construyeron un burdel en el mencionado lote baldío, actualmente la casa en el número 10 de la Girardigasse.

Esta construcción fue revolucionaria en su época: la primera casa en Viena que no se adaptaba como prostíbulo, sino que fue planeada y construida con plena conciencia para ser un burdel. Todo un desafío para el arquitecto, por desgracia desconocido, quien encontró una solución genial que nunca ha sido apreciada lo suficiente. Una fachada que no es otra cosa: pura fachada. Detrás de la sobriedad y falta de ornamentos, que citaba a [Adolph] Loos y escondía inmediatamente las citas, nunca se hubiera sospechado nada cuya reputación no fuera la de la vida doméstica de familias pequeñoburguesas. Una fachada tan discreta, que en esa ubicación —teatro a la izquierda y bodega de telones a la derecha— algo tenía que significar. Quien entraba a esta casa salía del aire libre, repleto de prohibiciones fascistas, a un interior que en realidad era literalmente el aire libre, a pesar de que estuviera techado: detrás del telón que era la fachada, un pasillo doméstico que parece una callejuela breve y oculta conduce a una como plaza, de donde parte un boulevard tan grandioso como embrollado, el cual, puesto que se trata de un boulevard en el interior, se enrosca, enrollándose, sinuoso, hasta una altura de cuatro pisos, haciendo un giro elegante en cada uno de ellos, como queriendo hacerse más amplio, extenderse, y sin embargo debe seguir ascendiendo niveles para formar más galerías, con un barandal de hierro forjado igual que una calle citadina a la orilla de un río —en pocas palabras: limpiada de prostitutas, la Wienzeile, que se extendía a lo largo del río Viena, fue reconstruida como una "calle en espiral" tras el telón de una casa burguesa decente, y vuelta a poblar de prostitutas. Ahí estaban ellas de pie en estas galerías, y los hombres que entraban tenían que alzar la mirada para verlas. Afuera gobernaba un caudillo fascista, Engelbert Dollfuss, un enano al que Viena miraba hacia abajo.

De dicha época datan las más hermosas fotografías de este boulevard interior: muestran a cocheros panzones con ínfulas de conde, que se rascaban las barbas viendo a las "muchachas" como si fueran conocedores —y sin embargo para entonces en realidad ambas cosas habían dejado de ser verdaderas: tanto los cocheros, como los condes. A diferencia de la desaparición pública de las putas, la desaparición de los cocheros y de los condes fue definitiva, y de aquellos tiempos eso es lo único que debería quedar en esta ciudad: la desaparición. Afuera, los vieneses aplaudían febrilmente al Anschluss, la anexión por parte de Alemania Nazi, y adentro, en el interior de esta casa, a la fusión de los cuerpos —y todo se volvió una misma cosa. Una sola cosa y la misma, algo que está ensayando en la casa número 10 de la calle Girardi: desaparición teatral, esconderse en completo secreto. Pero cocheros o condes o trabajadores o cualquier estrato social que fuera, todo desapareció en 1938, si bien sólo en apariencia así como anteriormente las putas, pero desapareció, desapareció en el "cuerpo del pueblo" de la terminología nazi. Ah, cómo reían las putas hasta poco antes de eso cuando oían el término "cuerpo del pueblo" —debería estar erguido (¡jajajá!), como un hombre (¡jajajá!), ese cuerpo del pueblo urgido de desahogo; y el cochero, que desde hacía mucho ya no era cochero, sino un nazi, le decía a Madame Marie: "¡Yo soy el cuerpo del pueblo y tú eres la concepción del pueblo!" (¡jajajá!). Todo desapareció y sólo quedaron las ínfulas, y las ínfulas siempre les van mejor a los uniformes.

Cuando me instalé en esta casa, vivía aún en la casa vecina de la derecha un tal Franz Gärtner, sargento retirado, que había participado en la confiscación ahí en el año 1938. "¡Qué va!", contaba, "¡las echamos a la calle en puros harapos, a las judías húngaras, a las gitanas rumanas, a las sirvientas bohemias desempleadas, a toda esa chusma sifilítica...!" El pueblo requería espacio, y en esta casa se puede ver qué tipo de espacio conquistaban estos señores: celdas estrechas perfectamente planeadas para poder desahogar, de una manera tanto barata como rápida, los instintos animales, que ahora les saldrían bastante caros. No regresó ninguna que hubiese podido desahogarse con burlas.

Tantos "¡Qué va!" —Y nunca más pudo volver a ser como fue, se convirtió simplemente en lo que ya desde antes había sido en apariencia: una casa habitación de lo más normal. Pero —por el momento un último ¡Qué va! —¿cómo pudo volverse realidad aquello que aparentaba? Nadie que entra aquí puede pensar, o siquiera sentir: ¡todo normal! Viena no es la ciudad que aparenta ser por sus construcciones. Lo imperial ya no pertenece a ningún imperio, lo barroco ya no a vieneses acaudalados, el estilo Biedermeier a ningún dulce idilio, lo moderno a ningunos modernizadores. Así como en las galerías de esta casa de placer ya no se canjea deseo.

Viena es una ciudad de telones. No se puede uno asomar detrás de todos, pero frente a todos o a casi todos uno concluye: Aquí pasó algo. ¿Qué hay detrás? Nada. Adelante hay apariencia sin esencia, detrás esencia sin apariencia.

Este es, temporalmente, el último capítulo de esta casa: ¿Pero a quién le gustaría vivir en lo que alguna vez fue un burdel? Y quien no conoce la historia, la tiene que ver: alojamientos pequeños y estrechos, demasiado pequeños para una familia, demasiado estrechos incluso para un elaborado modo de vida moderno de singles. Estos palcos no fueron ideados ni para familias ni para individuos, sino para actos rápidos entre dos. ¿Cómo podría funcionar esto como vivienda? ¿Viviendo más de prisa? El día de hoy cuatro escritores y dos pintores tienen aquí sus estudios a buen precio, un par de estudiantes tienen aquí su "primera casa", un par de ancianos aún conocen historias, pero han aprendido a quedarse callados. El señor Gärtner falleció hace mucho. Un vecino, pensionado prematuramente y alcohólico, camina todos los días tambaleando al "Café Sweet Dreams", en la acera opuesta. Ah, claro, también hay otra vecina, comprometida maestra de escuela secundaria y veterana del sesentaiocho, a la que a veces me topo en nuestra galería, luego miramos a la planta baja desprovista de escenario, y ella quiere venderme un periódico sin lectores que se llama "La Izquierda". Aquí, en esta casa, tiene que ocurrir que se lo compre. Un rápido, barato y dudoso desahogo.

Después continúo escribiendo mi novela, en esta celda donde uno se puede sentir completamente aislado de la vida como parece ser, y, sin embargo, en escasos metros cuadrados, sentirse en el mundo como es, por lo menos en esta extraña ciudad que es Viena.