Crítica de cine: El anarquista enamorado

Los “peligros ideológicos mezclados con el romance” dan al filme un tono de 'thriller' que, de acuerdo con la crítica de la época, se convirtió en uno de los reconocimientos más importantes a ...
El silencio, la mejor postura.
El silencio, la mejor postura. (Especial)

México

En el ciclo de películas que pasa la Cineteca Nacional denominando El cine francés, de la llegada del sonoro a la liberación, lo primero que hay que rescatar es el nutrido público que asiste a la sala, porque es muy joven y muy adulto. Es doblemente maravilloso que durante casi dos horas uno se siente en los años treinta por la atención y respeto a una joya del cine francés y por el fuerte contenido melodramático de una película que, para 1934, ya era completamente audiovisual.

El planteamiento de La felicidad, de Marcel L’Herbier, inicia con una contundente frivolidad. En medio de ese acartonamiento, el director logra un punto de inflexión digno de la mejor narración de suspenso; la escena muestra a un mundo de gente que, en excitada emoción por la “estrella” Clara Stuart —recién llegada de Hollywood—, la ve salir del teatro y subirse con su marido a un auto de lujo; de repente se oye un tiro, y el arremolinamiento es tal que suponemos lo que ha sucedido: han disparado a Clara y está herida en el hombro. El agresor es detenido.

Para ese momento, principios del sonoro, L’Herbier hace un manifiesto audiovisual que rebasa con mucho a René Clair, pues es un cineasta que ya está muy involucrado con los gritos y con la información en forma de diálogo sin que signifique el pretexto para explicar lo que no se ha visto.

Los “peligros ideológicos mezclados con el romance” dan al filme un tono de thriller que, de acuerdo con la crítica de la época, se convirtió en uno de los reconocimientos más importantes a L’Herbier. Cuando Philippe explica al jurado por qué intentó matarla, es como una autorevelación: la “estrella” es tan bonita, pero tan inalcanzable, que lo mejor es destruirla.

El testimonio de Clara, ante el asombro generalizado del Tribunal y de la sala de cine, en el que defiende la actitud de su agresor, es de una emoción que se torna espeluznante, pues nos damos cuenta de que Clara está enamorada de su agresor por su perorata anarquista contra la manipulación burguesa. Esa mujer, producto de la fábrica de sueños, es capaz de abandonar a su marido porque está enamorada hasta el tuétano de ese hombre que apenas es dibujante, que vive mal, que trató de matarla y que además se siente orgulloso de haberlo intentado. Nos damos cuenta, una vez más, que las contradicciones son las que dan profundidad a los personajes. Y esas contradicciones se crean desde el guión.

El silencio del espectador es la mejor postura ante una película moderna que se filmó en los treinta.

_____

La felicidad (Francia, 1934) de Marcel L’Herbier, con Gaby Morlay y Charles Boyer.