Crítica de artes visuales: Inversiones

El cerco metalico que han puesto alrrededor del Senado, sirve como plataforma artistica para muchos que desean plasmar ahí sus sentimientos de resistencia.
Cerco al Senado.
Cerco al Senado. (Luz María Carmona)

México

Término clave en el discurso del arte contemporáneo es el de resignificación. Karen Cordero lo emplea tres veces en un texto breve sobre los fundamentos del MUAC, en tanto que el doctor Medina señala, en la presentación de un curso de posgrado, que el arte contemporáneo participa de “la lógica omnívora de la resignificación” de lo preexistente. Una intervención en sitio específico se describe como “resignificación de la acción de ocupar un espacio arquitectónico, entendiéndola” —¡faltaba más!— “como una actitud política de resistencia”. Es la resistencia que gustan apoyar las fundaciones y los patronatos. Menos de su agrado son las actividades, ciertamente resignificadoras y sin duda “artísticas” —ingeniosas, lúdicas, diestras, críticas— que se vienen desarrollando en estos días fuera del Senado.

Frente a la resignificación del legado cardenista de modo que abone la rapiña entreguista, los inconformes establecen un cerco humano en torno al recinto. Responden las fuerzas del orden con un cerco metálico, resignificado por los manifestantes en términos de cordón sanitario contra la plaga de ratas del otro lado: inversión de transitividad. Acto seguido, las vallas se destinan para un vasto mural colectivo donde, entre escurrimientos de herrumbre y oscuras cicatrices de otras batallas, el saber gráfico profesional convive en amor y compaña con expresionismos más líricos, cargados de pigmento rojo y fuerza afectiva. Las torrecitas petroleras van estilizándose hasta convertirse en tag: en logotipo veloz. El muro de silencio se vuelve caja destemplada.

Lamenta Oscar Wilde que en una muestra sean tantos los cuadros que no dejen ver a la gente. Deplora Banksy, con inversión wildeana, que en la gran ciudad haya tipejos egoístas que con sus garabatos imbéciles invadan nuestro espacio, afeándolo y gritándonos a la cara, desde cada centímetro de superficie urbana, su mensaje, sin que tengamos nosotros derecho a contestar: son los urbanistas, las agencias de publicidad. ¿Qué ciudadano de a pie no se siente, al caminar por Reforma, sujeto pasivo en una ciudad ajena y privada?

El artista callejero sí contesta, pintando ratas como álter ego, vueltas, por inversión semántica, ejemplo de resistencia. Por acá, empero, las ratas que se descuelgan por estas vallas son las de siempre, inversoras semánticas sin par: “el trabajo de las instituciones democráticas” —chillan tras sus bigotitos— “no se puede detener por una voluntad unilateral”.