La Crítica: Ejercicios de supervivencia

De entre las muchas luces que ofrecen los libros de Jorge Semprún (1923-2011) está la de vislumbrar siempre, en todos los órdenes de la vida, mecanismos de resistencia y corrección. 
Jorge Semprún, "Ejercicios de supervivencia", Prólogo de Mario Vargas Llosa, Tusquets, México, 2016, 136 pp.
Jorge Semprún, "Ejercicios de supervivencia", Prólogo de Mario Vargas Llosa, Tusquets, México, 2016, 136 pp. (Especial)

De entre las muchas luces que ofrecen los libros de Jorge Semprún (1923-2011) está la de vislumbrar siempre, en todos los órdenes de la vida, mecanismos de resistencia y corrección. Lo mismo en sus novelas, ensayos o evocaciones directamente vinculadas a la experiencia del holocausto. Una especie de decencia lo llevó, sin embargo, a no hablar durante decenios sobre uno de los soportes de ese horror: la tortura, leitmotiv en la obra de otros. En Semprún el tema llegaría hasta el 2005, no sin ese "casual concurso de coincidencias que surgen siempre en mi vida a tenor de un esfuerzo de escritura". El resultado es Ejercicios de supervivencia, pequeño libro que sin detenerse en los pormenores de las brutalidades del fascismo —sufridas personalmente en la resistencia francesa y en su confinamiento en Buchenwald— las caracteriza, trasciende y define desde su integridad.

No es la tortura una experiencia para razonar desde el sufrimiento humano, desde "la abominable soledad del sufrimiento", sino también desde la fraternidad, escribe Semprún. "El silencio al que uno se aferra, contra el que uno se apoya apretando los dientes, intentando evadirse mediante la imaginación o la memoria de su propio cuerpo, su miserable cuerpo, ese silencio es rico en todas las voces, todas las vidas que protege, a las que permite seguir existiendo". Vivencia de espanto, no hay duda, pero no egoísta o narcisista: "de solidaridad a la par que de soledad. Una experiencia de fraternidad, no hay palabra más apropiada".

Ironías de la vida: cuando a Semprún ("un zangolotino armado de 20 años") lo detienen en septiembre del 43 en la Francia ocupada, lo hacen portando metralletas Stern, mejores que las del ejército alemán, birladas en los almacenes de las distintas fuerzas de la resistencia organizada. Tres años después, en abril del 45, saldría de Buchenwald al lado de cientos de "deportados armados y harapientos" hacia la carretera de Weimar. Imagen descrita por los famosos Fleck y Tenenbaum, soldados norteamericanos ¡de origen judío!, pertenecientes a la Sexta División Acorazada del Tercer Ejército del general Patton. "Famélicos, tambaleantes, con los ojos desorbitados, llevaban en sus manos fusiles, bazucas, granadas de mango". "Unas armas —escribe Semprún— que simbolizaban no sólo la libertad recobrada, mucho más, una dignidad recobrada".

Tras su regreso a París, y hasta 1962, Semprún entraría y saldría de España clandestinamente, extensión del aguante al fascismo y la lucha comunista, vista esta última como "una muestra de pertenencia a una suerte de orden caballeresca". Para después —en la segunda mitad de su vida— proseguir sus andares convencido de una vida nueva "sin más razones de vivir que las de la vida misma; sin ningún riesgo particular, más que el de la muerte misma, riesgo tan banal, tan universal en la vacuidad de su evidencia ontológica, que no podía forjar ninguna experiencia de vida singular, fuera de la norma".