Cristina

Santo Oficio.
Cristina Pacheco
Cristina Pacheco (Canal Once)

Ciudad de México

El cartujo piensa en Cristina Pacheco. Dos días después de los funerales de José Emilio, estuvo en Coyoacán para grabar su programa Aquí nos tocó vivir. Entrevistó a un artesano michoacano, quien con habilidad extraordinaria tejía grillos de palma mientras respondía cada pregunta. Fue una conversación cálida y divertida, un ejemplo de profesionalismo. Fue la reiterada puesta en práctica de una lección bien aprendida.

En una entrevista realizada en 2011, Cristina le habló al amanuense de su vida y su carrera, de su matrimonio de 50 años. “Me enorgullece mucho haber mantenido esta relación —le dijo—, porque llevamos una amistad muy bonita. Ha habido momentos difíciles, de prueba, como los hay en todas las historias, pero hemos caminado en paralelo. Yo respeto mucho su trabajo y José Emilio respeta el mío. Además, tenemos tantas cosas que contarnos que no nos alcanza el día. Siempre tenemos algo de qué hablar, creo que cuando falta eso el matrimonio ya no funciona”.

Le refirió cómo se inició en el periodismo en una publicación de Gustavo Alatriste y de su encuentro con José Pagés Llergo, imponente director de la revista Siempre!, durante décadas la mejor y más leída del país. Con él comenzó a colaborar después de escribir un tiempo para El Sol de México. Le asignó los miércoles para entregar sus textos y le advirtió:

—Nada más te digo una cosa, este es un terreno de hombres, solo hay dos mujeres en la revista y aquí las viejas se la tienen que rifar. Si tú fallas un miércoles en tu entrega, te vas.

—¿Por qué? —le preguntó Cristina. La respuesta fue categórica:

—Porque un periodista tiene que ser constante. Si te golpea tu marido y no puedes venir porque tienes los ojos morados, a mí no me importa. Si se murió tu papá, si se murió tu mamá, si mataste a alguien, no me importa, el miércoles es día de entrega y después de entregar haces lo que quieras.

Cuando murió la madre de Cristina, le dijo:

—Pobrecita, me apena mucho. Pero yo te lo advertí, son las nueve de la mañana, te sientas, haces un artículo y luego lloras.

—Me fui a Tepito —le contó Cristina al trapense—, qué ganas iba a tener de hacer entrevistas en ese momento, yo no quería nada, quería estar sola. Me fui a Tepito y escribí una crónica sacada de no sé dónde.

Al entregársela, el comentario de Pagés fue lacónico:

—¿Ya terminaste? Ahora sí, puedes irte a llorar, haz lo que quieras, así quedamos, ¿te acuerdas?

—Así quedamos —recordaba la autora de Humo en tus ojos—, y en 18 años, mientras trabajamos juntos, no nos fallamos, ni yo a él ni él a mí.

En El Colegio Nacional, frente al ataúd de Pacheco, el imprudente cofrade sacó a colación las palabras de Pagés y le preguntó a Cristina si iba a grabar su programa. “Sí —le dijo—, es el mejor homenaje que puedo hacerle a José Emilio, seguir trabajando, estar activa”.

Queridos cinco lectores, con un abrazo para Rafael Pérez Gay por el Premio Mazatlán de Literatura 2014, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.