El nido de la 'Crisálida' de Manuel Felguérez

La nueva obra del escultor, un Sedan alegórico a la transformación del insecto en mariposa, se presentó en el Museo Nacional de ferrocarriles Mexicanos.

Puebla

Es un mito vivo. Es uno de los iniciadores de La Ruptura, el movimiento artístico que cambió a México a mediados del siglo XX, y que sigue vigente. No para de producir, de renovar el museo que lleva su nombre y de opinar y reflexionar sobre el arte. Es Manuel Felguérez, y ha traído a Puebla su más reciente escultura: “Ya extrañaba yo mis fierros”, comentó en entrevista al inaugurar su Crisálida, un Volkswagen sedán transformado que estará hasta el 21 de octubre en el Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos (MNFM).

Lúcido completamente a sus 85 años (cumplirá 86 el próximo 12 de diciembre) Felguérez, el memorioso, declaró a quien esto escribe: “El arte es comunicación. Creo que uno tiene dos momentos: cuando está en su taller trabajando, que sería la parte creativa, más agradable, a veces se angustia uno, a veces la goza mucho; estar en el taller es como estar en el cielo. Es una tranquilidad. Y luego, ya cuando la pieza se termina, pues tiene uno la obligación de enseñarla al público, porque el arte sin público no existe”.

Y ese arte es el que Manuel Felguérez muestra en la primera sección del MNFM, donde una especie de patrulla de la película Blade Runner o un “Transformer” en la vida real, pero que no se convierte en ningún “defensor de la vida del planeta”, es lo que el público puede ver: un Volkswagen Sedán, el primer coche que tuvo el artista, que llegó funcionando al taller donde fue modificado. Es la crisálida.

Fulguerez, quien nació en Zacatecas, donde un museo lleva su nombre, explicó en entrevista: “Crisálida es un objeto que se tiene que cargar con grúa; hay que buscarle espacios abiertos, porque no puede entrar a los recintos de los museos por sus dimensiones; por eso elegimos la explanada del Museo Rufino Tamayo para exponerla por primera vez” y ahora, como segundo lugar para exponer, Puebla.

El artista plástico puntualiza que Crisálida, como su nombre lo indica, es una especie de insecto; hay que recordar que a este coche, al VW, le llamaban “escarabajo” y en este caso saldrá una mariposa. “Lo que muestro es el proceso de transformación de un organismo en otro organismo”, indicó.

Por su parte, Juan Manuel Springer, experto en arte actual, ha escrito sobre la escultura peculiar de Felguérez: “Un automóvil encarna la tecnología del movimiento, transpira rapidez, inspira progreso. Su armazón encierra la victoria del deseo humano de escapar de las restricciones impuestas por las fuerzas físicas. La belleza de las líneas de fuga que se pliegan sobre sus costados, las formas compactas estratégicamente unidas entre sí, reproducen valores estéticos similares a los que los escultores clásicos, Fidias, Policleto y Mirón, representaban en mármol y bronce por medio del cuerpo humano: la relación proporcional del todo con las partes, el movimiento sincronizado de los componentes, la estructura invisible y sus efectos palpables bajo la superficie del cuerpo; todo ellos son elementos que le otorgan valor estético al diseño automotriz, poderosa metáfora del hombre de nuestro tiempo”.

El esteta abundó: “El ‘escarabajo’ Volkswagen constituye la imagen utópica de la era industrial, la democratización del uso de la máquina, su popularización, la movilidad al alcance de muchos para beneficio de todos”.

EL INSECTO PLÁSTICO EN LA ANGELÓPOLIS

En entrevista, Felguérez habla del nacimiento de su “Crisálida” y lo que representa su origen: el popular “Vocho”: “El Volkswagen al que recurrí era usado, claro, pero llegó ‘caminando’ al taller, donde la primera parte del proceso fue convertirlo en piezas, es decir, cortar con soplete e ir separando cada una de las piezas hasta tenerlo todo prácticamente en el piso. Ahí fui escogiendo las piezas para volver a armarlo, ya con la idea de que fuera una escultura, con una idea estética”.

“Una vez terminado, habría que presentarlo en sociedad, porque ya no era el Volkswagen sino la Crisálida. Ya que terminó de exhibirse en México, pensamos en otra sede para llevarla y decidimos que esa sede, pues era Puebla, no nada más por su tradición cultural sino, además, que como era un Volkswagen, y como desde hace 50 años está aquí su fábrica, pues era el lugar más apropiado para presentarla”, complementó el escultor.

Si por el artista fuera, su nueva escultura se quedaría en Puebla, pero “quiero insistir en que yo no soy el dueño de la escultura, ahora lo son Lorena Zedillo y sus socios, quienes decidirán a qué otros lugares la llevan, donde se les antoje, como parte de su programa cultural. Yo me niego un poco, por una razón: como sea, es una pieza que a la larga no puede estar al aire libre ni puede andar viajando, y por sus dimensiones, que implica estar moviendo con grúa. Posiblemente vaya a un lugar más, pero ya no seguirá itinerando”.

Felguerez detalla: “la idea original era llevarla sólo a México y a Puebla, y si van a llevarla a otro lado, pues ahí yo ya no me meto: no es mi labor. Lo que sí sé es que aún no deciden donde dejarla de manera definitiva después de esta etapa de contacto con el público. Lo más seguro es que se quede en el Estado México, porque uno de los socios de Lorena Zedillo es un constructor y coleccionista de esa entidad; entonces es muy probable que en museo nuevo de los que están construyendo, quede la escultura, la Crisálida, tal vez en Metepec”.

‘CRISÁLIDA’ EN MOVIMIENTO

“¿Que si me gustaría que mi Crisálida quedara en el museo Felguérez de Zacatecas? Sí, pero ¿cómo la metemos? Y dejarla a la intemperie tiene un problema, bueno, como en cualquier parte al aire libre: primero habría que hacerle un montaje y, por otro lado enfrentaría, todo el tiempo, el vandalismo. Si la dejamos al aire libre, donde sea, no creo que pase una semana sin que esté grafiteada”, asegura en entrevista exclusiva el escultor Manuel Felguérez.

“Además, la escultura, en realidad, tiene que estar bajo techo porque, a la larga se deteriora, como cualquier automóvil y en esta escultura, la pintura no es tan fuerte como la de un automóvil, porque para éstos usan pintura al horno, casi esmalte y en la Crisálida la pintura es para que luzca el fierro natural. No es chatarra pero es semichatarra. La puede haber pintado de rojo y tenerlo al aire libre, y cada año darle su pasada y su conservada, y lo que sea, pero la forma en que está hecha pide que, a la larga, esté en un recinto cerrado”, detalló el escultor.

Felguérez es realista y aterriza las circunstancias y contexto de su obra, por lo que explica: “De todas formas, los socios que han ‘comprado’ la escultura me harán la propuesta sobre dónde quieren que quede, y yo diré sí o no. Y, además del deterioro, volviendo a la calle, tendríamos que tenerla las 24 horas con policías resguardando, lo cual, en el caso de Zacatecas, sería meter en un problema al municipio, y no viene al caso”.

Al mirar el montaje de su nueva escultura, emocionado, Manuel Felguérez aseguró: “El Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos de Puebla es un lugar cerrado, abierto al público pero perfectamente protegido, con guardias, es un lugar excelente, Si la Crisálida se quedara aquí me daría mucho gusto, pero no soy quien lo decide”.

TRABAJANDO, SIEMPRE

De la llamada “Generación de la Ruptura” viven dos fundadores activos: José Luis Cuevas y Manuel Felguérez, quien es mayor que el primero, pero está más activo, sin enfermedades que lo detengan. Habla coherentemente, trabaja en diversos talleres en México y en Estados Unidos. Viaja, crea, proyecta, se desenvuelve en entrevista:

“Yo siempre estoy trabajando. Pero tengo una vida muy itinerante: tengo un estudio en México, atrás del Olivar de los Padres; poseo otro, chiquito, pero estudio en Nueva York; tengo uno más, normal, en Puerto Vallarta; en Zacatecas tengo un estudio de grabado. Entonces, a lo largo del año me voy moviendo. Por eso, nunca he viajado por viajar: viajo porque, por ejemplo, llevo una exposición o voy a hacer mi trabajo. Con este ritmo, siempre estoy trabajando”.

Siempre de buen humor durante la entrevista, Felguérez explica: “Yo digo un poco en broma que sólo trabajo en mis ratos de ocio, pero como no tengo nada que hacer, estoy trabaja y trabaja. Siempre uno mismo consigue su trabajo, y siempre se me ocurre más y más de lo que soy capaz de hacer y eso hace que siempre tenga una deuda con mi propia obra, siempre estoy atrasado: cuando termino una obra corro a terminar otra, o a continuarla”.

Por eso, además de Crisálida, Manuel Felguérez tiene otros trabajos: “Actualmente sigo otros proyectos públicos, en el Distrito Federal; hace como cuatro años, en el Museo Nacional de Antropología e Historia (MNAH), ‘me mandaron a hacer’ un pedazo de barda del museo, de 135 metros. Ahora viene el aniversario número 75 del INAH y en dos meses debo entregar 250 metros, una celosía que es un tzompantli, una barda de cráneos geometrizados”.

Satisfecho, comenta: “Ese trabajo con el INAH me tiene muy contento por dos razones: cuando se inauguró el museo me tocó hacer la gran celosía, en el patio principal; ahora, 50 años después, regreso, ahora a hacer la parte exterior, lo que hace que para mí tenga significaciones especiales”.

MUSEO EN ZACATECAS

“El museo en Zacatecas, con mi esposa Meche, decidimos no hacerlo un sitio con mi obra, cuando me lo propusieron, sino un museo de arte abstracto, porque en los últimos 50 años en México el arte protagonista, el más significativo de ese tiempo, es precisamente el abstracto. Y no fui yo el único que lo hice: primero fuimos cinco, luego diez… y hay muchísimos pintores que han gastado su fuerza en ese camino”, revela en entrevista el artista plástico.

Felguérez reflexiona sobre este último punto: “Todos aquellos que tienen trayectoria, que han sobresalido, que han demostrado una originalidad, se han ido recuperando para el museo, que tiene una parte internacional. Primero metimos a los amigos y poco a poco hemos ido creciendo; es un museo que, entre más  años dure, más crecerá, será más grande, pero también tendrá más importancia, porque es el del arte significativo de la segunda mitad del siglo XX en México, amargo, duro, como sea, llamado Ruptura, igual que, indudablemente la Escuela Mexicana fue la que cubrió la primera mitad del siglo: es el arte de nosotros”.

Felguérez, ubicado lúcidamente en el presente, no deja de ver hacia el futuro: “Ahora estamos viviendo también a punto de un cambiazo, porque el arte contemporáneo, conceptual, va a cambiar también el panorama. En ese escenario, el museo Felguérez quedará como un vestigio de la segunda mitad del siglo XX, muy completo, el cual, mientras más años pasen, más se valorará”.

UNIVERSAL Y MEXICANO

Luis Ignacio Sáinz ha escrito, a propósito de la Crisálida de Manuel Felguérez: “Al igual que el grupo sin grupo de los Contemporáneos, la Generación de la Ruptura representa la energía que actualiza la cultura sin hacer distinciones estériles entre lo propio y lo extraño. Con naturalidad, Manuel Felguérez ha logrado situarse en un tiempo propio que consume duraciones de variadas latitudes; es universal y es mexicano. No se preocupa por ello. Vive con intensidad su dimensión de hacedor de formas”.

Sainz explica el lugar que Felguérez tiene en la vanguardia estética: “Lejos de la trivialidad que, en muchos casos entroniza la abstracción como renuncia al imperio de los objetos, más por incapacidad que por vocación, él se afana en escuchar sus voces profundas, en rastrear las huellas de su memoria, en hurgar la fragilidad de los límites del quehacer plástico o escultórico. Si existiera un diccionario etimológico que nos dilucidara por qué los artistas son de un modo inapelable, la voz de Felguérez significaría movimiento en sí, rotación en su propio eje, cambio incesante que conserva un núcleo ordenador. Y todo ello lo hace con una ventaja enorme frente a otros creadores, ya que es el mejor crítico de su propio trabajo”.


UN “ESCARABAJO” MOTRIZ

Luis Ignacio Sáinz  sintetiza el origen de la obra que inspira la Crisalida de Felguerez: “es un elemento recuperado, un desecho sólido, que alguna vez fue un objeto casi animado, en movimiento. Se trata de una idea de automóvil que en su historia guarda un ‘tufillo’ a incorrección ideológica dada la identidad de su promotor: Adolf Hitler. El ‘escarabajo’ (käferr) que surgiera bajo el nombre de KDF-Wagen (kraf durch Freude: ‘fuerza a través de la alegría’) denominación que rápido se olvidó, substituida por la expresión Volkswagen (‘automóvil del pueblo’). Suma de vocablos y términos que esconde una cauda de versiones y ejercicios de afinación, responsabilidad de su diseñador, nada más y nada menos que Ferdinand Porsche (1875-1951), originario de Bohemia, en la actual República Checa. La historia de la modestia rodante se interrumpiría el 30 de julio de 2003 fecha en que el último Volkswagen tipo I fue fabricado en la planta armadora de Puebla, México, siendo el número 21 millones 529 mil 464, que comenzaran a ser producidos a partir de 1964”.