Criminales de guerra

En el genocidio que estamos presenciando a causa de la guerra contra las drogas, los gobiernos llevan por lo menos la misma dosis de responsabilidad que el crimen organizado.
Proeza que ridiculiza a un Estado.
Proeza que ridiculiza a un Estado. (Yuri Cortez/AFP)

México

No es casual que la ciudadanía haya acogido la fuga de El Chapo Guzmán de manera muy diferente a la del gobierno. A diferencia de la histeria, el despliegue militar y el miedo que define la reacción oficial, el resto del país lo ha acogido con sorna y sentido del ridículo. El Chapo va camino de convertirse en uno más de los grandes héroes de la mitología de bandoleros nacional, una especie de moderno outlaw que con sus proezas ridiculiza a un Estado cuya corrupción e ineficacia contrastan fuertemente con la bravuconería impotente de su imagen.

Y es que cualquiera que no se encuentre cegado por el discurso oficial puede constatar una realidad evidente: aun si vuelven a apresar al Chapo, el tráfico y el consumo de drogas no van a disminuir, e incluso hay diversos estudios tanto en México como en otras partes del mundo que demuestran lo contrario: a la gente cada vez le gusta más consumir drogas ilegales, y ningún patrullaje permanente del Ejército por cada calle del país va a lograr impedirlo. La elección gubernamental no es entre drogas o no drogas, sino entre drogas con violencia o drogas sin violencia, y es muy claro el partido que desde hace tiempo ha decidido tomar el gobierno mexicano.

En el genocidio que estamos presenciando a causa de la guerra contra las drogas, los gobiernos llevan por lo menos la misma dosis de responsabilidad que el crimen organizado. Además, ¿no es criminal también, en un país con los niveles de pobreza del nuestro, gastar miles de millones de dólares en armamento? La imagen del aparatoso despliegue militar en la casa por donde escapó El Chapo resulta un emblema inmejorable de la situación: ¿acaso pensaban las fuerzas de seguridad que regresaría ahí por el cepillo de dientes que se le olvidó?

También es evidente que el Estado mexicano no podría legalizar las drogas sin el consentimiento de Estados Unidos, verdadero ganador de la carnicería en nuestro suelo: mientras sus ciudadanos consumen a raudales las drogas sin las cuales no podrían ni sobrellevar la existencia, sus vendedores de armas ganan fortunas comerciando tanto con el gobierno como con los narcos mexicanos. Sería interesante calcular los efectos en la balanza comercial entre el dinero que ingresa a México producto de la venta de drogas, menos el que sale producto de la compra de armamento. Quizá en ese rubro sí tengamos todavía un sano superávit comercial y, por suerte para los gringos, contamos con unas abundantes reservas internacionales de sangre por derramar, pues su criminal guerra contra las drogas es particularmente sedienta y, al igual que sucedió en Vietnam y en tantas otras guerras estadunidenses, de preferencia es mejor saciar dicha sed con sangre de latinos, negros, orientales u otros seres considerados inferiores.