Creo en la pintura como pasión y no como mercado: Federico Silva

“Cuando trabajé con Siqueiros entendí que crear a veces es doloroso y difícil, y en otras ocasiones alegre”

Amaxac de Guerrero, Tlaxcala

Con 90 años, el artista plástico mexicano Federico Silva (Distrito Federal, 16 de septiembre de 1923) es capaz de reflexionar lo mismo sobre una pelea de box como la de Saúl Canelo Álvarez contra Floyd Mayweather Jr., que acerca del mercado del arte, de las galerías, de los artistas contemporáneos a los cuales solo les interesa vender, y de la lejanía de la socialité en la que aprendió a vivir, y de su vida en una ex fábrica de hilos que data de 1874, a la cual llegó, junto a su familia, hace 25 años.

Divertido y platicador, Silva celebrará hoy por la noche los 10 años del museo que lleva su nombre en San Luis Potosí. Para hablar de esto y otras cosas, como su pasión por la arquería, que lo llevó a ganar en 1967 un Premio Nacional en la materia, el box y la escultura, recibe a MILENIO en su casa, la cual se destaca por ser una construcción de cantera, por tener 16 esculturas monumentales en el jardín, que acaban de regresar de una exhibición en Puebla, y por su agradable pastor alemán: Caín.

Precursor del arte cinético en México, impulsor del Espacio Escultórico de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y ganador en 1995 del Premio Nacional de Ciencias y Artes en la categoría de Bellas Artes, el artista, que asistió a David Alfaro Siqueiros cuando éste trabajó en los murales del Palacio de Bellas Artes, comenta que la muestra con la que celebrará el décimo aniversario, Paradigmas: una década de escultura, está conformada por la colección del museo, con obra de artistas como Manuel Felguérez, Juan Soriano, Hersúa, Helen Escobedo y Leonora Carrington, entre otros.

¿Cómo surgió el Museo Federico Silva?

Los procesos creativos, lo mismo para hacer arte que para llevar adelante un proyecto, sufren una historia. Se configuran en el tiempo poco a poco e intervienen muchos factores que no están previstos. No había un plan para hacer este museo. Hace 10 años estaba en San Luis Potosí un grupo de personas de la cultura e inteligencia, que impulsaron el proyecto de un espacio que solo se dedicara a exhibir, ya que San Luis es un estado proclive al arte, y hace una década México era distinto. Existía una reverencia por la cultura. Ahora hay insolencia hacia ella.

¿Por qué?

La cultura ha cambiado en México y el mundo. Somos víctimas de los cambios porque llevamos un ritmo de aceleración tecnológica, económica y social. El arte y la cultura marchan parejos al desarrollo general. No son fenómenos aislados. Los ascensos de la cultura y el arte se han dado junto con los ascensos de la sociedad. Si la sociedad va para abajo se cae la bolsa de valores, la economía, el Pacto y, por lo tanto, el arte y la cultura tienden a desaparecer, se convierten en elementos secundarios, y los centros de proyección de ésta se trasladan a centros de difusión noticiosa. Acabamos de observar un fenómeno en el box, donde millones de personas vieron la farsa del Canelo Álvarez, fabricado por el mercado televisivo. Podrán decirme que me estoy refiriendo a un tema deportivo. Pero no, me estoy refiriendo a la sociedad, a su estado depresivo, crítico y de bajo nivel en el que está. Nos pueden manipular desde ahí, mandando a su Santo Niño de Atocha, dizque patriótico, con una vestimenta grotesca, para que la gente lo espere como un héroe que vencerá a su oponente en la pelea del siglo. El Canelo Álvarez había peleado siete veces, con siete personas compradas.

Hace 10 años no había tantos museos de arte contemporáneo como ahora. ¿Qué piensa de la expansión de este tipo de espacios?

Es un indicio positivo. Paralelamente a la crisis social, se ha desarrollado entre la gente de razón la necesidad de fortalecer la cultura y el arte como un instrumento de salvación, porque no puede dejar de haber educación para las mayorías. Se han hecho museos a lo largo de estos años, ha crecido la escultura, por ejemplo. Antes, México era básicamente un país de pintores. Había escultores, pero no tenían la significación y el lugar de los pintores. Las cosas cambiaron. Era necesario llevar el arte a la calle. El arte en la calle es la escultura, no la pintura. David Alfaro Siqueiros decía que había que llevar la pintura mural a la calle, para realizar escultopintura, y que así el espectador casual o el que transita en auto la vea, ya que la pintura es un arte para contemplarlo cuidadosamente y la escultura es para tocarlo. Un promotor ineludible de esta disciplina fue el Espacio Escultórico de la UNAM, porque obligó a sacar a la calle este tipo de piezas. Ahora, diría como un exceso, porque como ocurre con el box, hoy vale más el dinero que la transmisión de emociones y sensibilidades culturales. Entran en juego los intereses de vender y comprar.

Usted fue impulsor del Espacio Escultórico de la UNAM. ¿Qué opina de su abandono?

La universidad enfrenta muchos problemas de objetivos en el campo de la educación y la cultura. Enfocarse, específicamente, en asuntos y problemas como conservar el Espacio Escultórico y mantenerlo activo implica una atención dirigida a ese proyecto. Hoy la dirección cultural de la UNAM está pensando como en los años sesenta.

Usted fue discípulo de David Alfaro Siqueiros. ¿Qué le aprendió?

Antes de ir con Siqueiros era autodidacta. No fui a la Escuela de San Carlos. No formaba parte de ningún cenáculo de pintores. Mis circunstancias me colocaban en esa suerte de aislamiento. Cuando trabajé con Siqueiros, el primer elemento con el que me topé es la pasión del encuentro del artista con el conflicto de crear, que a veces es doloroso y difícil, y en otras ocasiones alegre. Me encontré con la pintura como pasión y no como mercado. No para ganar dinero o para que me reconozcan a través de una galería.

¿A qué cree que se deba que a los artistas actuales solo les interese vender obras?

Lo que se ve con esto es la crisis. En años anteriores, cuando la pintura cumplía con funciones elevadas, trascendentes y comprometidas, los artistas se reunían alrededor de diferentes espacios, como el Taller de Gráfica Popular. Eran 15, 20 artistas comprometidos con todas las causas del pueblo. No andaban vendiendo sus grabados. Buscaban servir a la sociedad haciendo volantes para mítines, carteles para actos públicos, telones para los teatros. Hoy, si alguien hace lo anterior es porque le pagan, no porque tenga un compromiso social.

¿Los artistas contemporáneos son presa de las galerías?

Las galerías manejan artistas. Ese es su negocio. Están dedicadas a seleccionar. Pero después el aparato cultural del gobierno acude a ellas cuando quiere tener algún artista representativo para algún evento internacional. De esta forma, las galerías se han convertido en instrumentos de conducta y de dirección cultural.

¿Hay alguna fórmula para vender más obras?

Quien conduce el mercado del arte son los vendedores, porque ellos señalan cuáles son las líneas de éste. Ellos te dicen: “Esto que me estás haciendo no vende, mejor sigue el camino de la otra pintura que me enseñaste”. Son los mentores. Es lamentable que un señor que busca obtener en el mercado un mejor precio, nos diga lo que hay que pintar, porque, de esa manera, la pintura se convierte en un instrumento culturalmente inservible.

¿Qué diferencia a su generación de la actual?

Tendría que admitir que no estoy capacitado para dar una respuesta porque estoy alejado. Pero mi aislamiento habla de la no intercomunicación. Antes, los artistas se reunían para hablar de sus logros, sus caminos, sus problemas técnicos, ayudarse a salir adelante; hoy nadie se ayuda, cada quien está en su torre de marfil.