Cortázaliebers al retuit de guerra

Cortázar ha sido la víctima preferida de la viralización a través de redes sociales.
Cortazar
(Cortesía)

Ciudad de México

Quizá la ficción nos desborde, pero no sería ilógico pensar que si después de la muerte, quedando únicamente el alma presa en las paredes del ataúd, la de Julio Cortázar se encontraría revolcándose en su tumba. El fenómeno de las redes sociales aunado al boom de esnobismo propiciado por movimientos juveniles como el #Yofui132 ha desencadenado un rescate inmediato y no analítico de figuras intelectuales que actúen como iconos mediáticos de este nuevo dizque despertar. Cortázar ha sido la víctima preferida de la viralización a través de redes sociales. Citas y frases aisladas han sido recortadas del soporte del libro para ser transportadas al formato digital de la imagen o el tweet y así comenzaría el segundo aire de nuestro autor: la era de los Cortázaliebers. Más allá de una verdadera relectura de la obra del autor que abarca desde cuentos hasta poesía y ensayo, el fenómeno editorial ha volcado los reflectores hacia su obra cumbre: Rayuela. Julio supo destruir mentalmente los moldes que regían la narración: su claro rompimiento con la linealidad temporal y sus coqueteos con la prosa poética marcaron un hito debido a la rebeldía canónica y la disciplina punk de sus escritos.

Pero el momento mágico de la interacción con sus nuevos lectores jóvenes no viene de la mano con esa guerra de guante blanco que emprendió contra el peso histórico de la novela. Los lectores jóvenes de Cortázar actúan de sinécdoque: toman una frase —de menos de 140 caracteres— para declararse fanboys del autor. Como aquel verso de Keats —poeta a quien Cortázar consideraba de sus favoritos—: “Los fanáticos crean un ensueño y lo convierten en el paraíso de su secta”, la nueva oleada de lectores noveles entra a la literatura por la puerta grande: se pasean con su edición conmemorativa de Alfaguara de los 50 años de la publicación de Rayuela bajo el brazo. Pipa humeante y lentes de pasta, nos aventuramos a intentar leer dicha obra en algún café de la Condesa: así pasan los días y cada capítulo da un nuevo aire, la oruga hace su capullo y escapa de él vuelto mariposa frente a nuestros ojos. Vemos el rostro de la Maga en todas las comensales y meseras y hasta en los anuncios publicitarios de champú del Metro. La amplitud de la prosa cortazariana se sigue manteniendo vigente en los narradores nacidos en la última década del siglo XX. Prueba de ello es el corte anecdótico y el estirar o subordinar frases que en su tono adquieren cierto carácter pastoso con vestigios afrancesados, y hasta en última instancia es el autor más usado para epígrafes de cuentos o novelas y hasta poemas. Sea por inercia o moda seductora, la reproducción incesante de la figura de Cortázar es hoy retomada como uno de los grandes estereotipos de ese ente raro y heterogéneo al que llamamos Escritor. Será saludable que lo reabordemos no solamente como Meme o libro de citas sino como ese arquitecto poco cuerdo que ha edificado edificios hasta el día de hoy indestructibles.

Juan Manuel Zermeño (Nuevo León, 1991) estudia Letras Mexicanas en la Universidad Autónoma de Nuevo León. Es editor de la revista khátarsis y Premio de Literatura Joven Universitaria de la UANL.