¿Quién descubrió a Cornelius Gurlitt?

El pasado 6 de mayo falleció este discreto alemán, que ocultaba un conjunto de más de mil obras de arte acumuladas durante la Segunda Guerra Mundial; aquí la detectivesca historia de cómo fue ...

Berlín

A comienzos de noviembre de 2013, Cornelius Gurlitt era un desconocido. Se hizo famoso tras la publicación —el domingo 3 de ese mes— de un artículo en el semanario alemán Focus. En él fue señalado como poseedor de la mayor colección de arte reunida por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial: mil 500 obras desaparecidas desde hacía 70 años, con un valor estimado en un billón de dólares. Obras de Picasso, Matisse, Durero, Chagall, Beckmann, Liebermann, Macke, Nolde, Dix, Ernst, Cézanne, Monet, Renoir y Klee le fueron decomisadas en 2012 bajo sospecha de robo. Las autoridades alemanas ignoraban por cuáles medios un octogenario se habría hecho de tal tesoro. Nadie tenía la certeza de quién era Rolf Nikolaus Conelius Gurlitt. La prensa internacional lo llamó “el hombre del tesoro nazi”, “el coleccionista perseguido”, “el fantasma” lo nombró Der Spiegel.

Su identidad fue revelada a raíz de una persecución encubierta efectuada el pasado 8 de noviembre por Denis Trierweiler y David Leballier, periodistas del Paris Match. Trierweiler, también profesor de filosofía, conoció a una galerista alemana que por esas fechas había descubierto la residencia de Gurlitt en Múnich y, junto con Leballier, el periodista francés partió en su búsqueda. En Alemania, siguieron al anciano desde su casa hasta un almacén donde compró víveres; ahí lo filmaron, le tomaron fotografías, hablaron con él, y aquellas imágenes develaron su rostro al mundo.

Por el tiempo en el que Focus publicó el artículo, “nadie había visto a ese cuidador de cuadros”, refirió Trierwiler, al hacer una reconstrucción para la prensa alemana de su encuentro con Gurlitt. “Cuando llegamos a su dirección, en el barrio de Schwabing, los alrededores se encontraban infestados de periodistas. Nosotros simplemente entramos al edificio y en el quinto piso descubrimos a un anciano entrando al elevador. Tuve el presentimiento de que podría ser él. Sin estar seguros, lo seguimos. Bajó y tomó un taxi que lo llevó hasta un almacén. Ahí se dirigió a la sección delicatessen. Su comportamiento me hizo ver en él a una persona rara, meticulosa, obstinada: toma una sopa, lee las instrucciones y después de un rato la coloca en el carrito. Hizo lo mismo con cada cosa. Tardó hora y media en elegir dos baterías, unas sopas, fruta y dos Fantas”.

Nada era claro aún. Los periodistas debían confirmar todavía si se trataba de Gurlitt. “Éramos conscientes de lo que significaba estar frente al verdadero Gurlitt —advierte Trierwiler. “Estábamos a punto de sacarlo del anonimato. Nos sentíamos nerviosos y no sabíamos cómo abordarlo, si llamarlo directamente por su nombre. Me acerqué, le dije que éramos periodistas franceses y le pregunté que si estaría dispuesto a hablar con nosotros. Él se sorprendió muchísimo. Me respondió con una oración extraña: ‘Los aplausos del lado equivocado son lo peor que existe’, y nos observó, yo diría, con miedo y odio”.

 

EL ORIGEN DE LAS OBRAS

Cornelius Gurlitt creció en una familia de artistas originaria de Dresden. Su madre fue bailarina; su tío Willibald, compositor; su tía Cornelia, pintora expresionista (cercana a Chagall). Su bisabuelo, el reconocido paisajista Louis Gurlitt, arquitecto e historiador, fundador de una sociedad dedicada a la preservación de monumentos en su natal Sajonia, reconocido “autodidacta genial”, popularizó el arte barroco entre el pueblo sajón. Cuatro de sus estudiantes crearon en 1905 el movimiento expresionista denominado Die Brücke. Su padre, Hildebrandt Gurlitt, graduado en historia del arte, se convirtió en 1925 en el primer director del Museo König Albert, en la ciudad de Zwickau; durante la segunda gran guerra, sería quizá el más influyente comprador y vendedor de arte.

En su rotación como director de grandes museos tuvo acceso, casi como ninguna otra persona de la época, a las pinturas de los grandes maestros. Contrario a la tendencia del gobierno nazi de rechazar el arte moderno so pretexto de considerarlo “arte sin valor”, “tonterías pintadas llenas de soberbia”, Hildebrandt emprendió una profunda reestructuración del Museo König, a modo de influir en la educación de las personas. En la década de los años treinta su nombre se volvió sinónimo de renovación, de transformación cultural. Organizaba conferencias, exhibiciones y animaba a las personas a observar el arte sin prejuicios.

Para el documentalista alemán Morice Remy, experto en el tema del nacionalsocialismo, Hildebrandt Gurlitt no fue solo un comerciante de arte en la historia cultural alemana, sino el principal impulsor del arte moderno, una persona imprescindible para su difusión. Y explica: “Ningún arte robado. Hildebrandt logró hacerse de vasta obra en sus viajes a la Francia ocupada y de la compra a judíos perseguidos por los nazis, uno de ellos, Henri Hinrichsen, poderoso empresario y consejero gubernamental. Cuando inició la cacería de judíos, el museo de Zwickau se negó a comprar la colección de arte de Hinrichsen, y fue Gurlitt quien la adquirió. La guerra no impidió el desarrollo comercial del arte. En el caso de Gurlitt, le significó una época muy rentable porque los judíos pedían poco”.

En 1942, el negocio del arte alcanzó su apogeo. Los clientes de Gurlitt eran en ese momento importantes museos alemanes. A Herman Voss, quien en 1943 fue nombrado director de la galería de pinturas de Dresden, se le encomendó hacerse cargo del museo de Hitler en Linz y, como Voss tenía depositada toda su confianza en Gurlitt, le pidió buscar pinturas a petición del máximo líder. Mientras Gurlitt ganaba millones en la compra-venta de cuadros, también se vanagloriaba de trabajar directamente para el Führer.

 

TRASLADO A SUIZA

En mayo de 1945, al término de la guerra, soldados estadunidenses informaron sobre el hallazgo de miles de obras de arte en un tren abandonado, incluida una parte de la colección personal de Goering. Todo lo encontrado era reunido en los llamados colecting points, uno de ellos ubicado en Múnich. El personal militar registraba la información y cuando aparecían los dueños las obras eran devueltas.

A raíz de las presiones del gobierno de Estados Unidos, Alemania decretó el 7 de septiembre de 1949 una ley de restitución que implicaba la indemnización a los dueños de piezas de arte. El gobierno alemán actuó pronto y decidió indemnizar, antes que devolver las obras. Hasta la fecha, nadie es legalmente responsable del robo de arte a los judíos perpetrado por los nazis. Ese delito, de acuerdo con la ley alemana, prescribió en 1979. En un acto “de buena fe”, varios países, entre ellos Alemania, se comprometieron durante una reunieron realizada el 30 de noviembre de 1998 en la Casa Blanca, a devolver a sus dueños cada una de las piezas de arte robado durante la guerra.

Hasta hoy, las imágenes permanecen resguardadas en un lugar secreto de Múnich. De la investigación ordenada por la Fiscalía de Augsburgo, la comisión especial investigadora, dirigida por la historiadora Ingeborg Berggreen-Merkel, determinó: “De las mil 280 imágenes confiscadas, 310 son propiedad de Gurlitt; 380 más, pertenecientes a la colección nazi Entartete Kunst (Arte degenerado), también pertenecen a Gurlitt, 590 se encuentran bajo estudio y mucho no es susceptible de ser investigado. De ese universo, una media docena es arte robado y habrá que devolverlo. Todo lo demás, es legítimo”.

En enero de 1968, en el barrio noble de Schwabing se dio a conocer la muerte de una anciana. Nombró heredero universal a su hijo Cornelius. La herencia incluía más de mil cuadros heredados de su esposo, Hildebrandt Gurlitt. Grabados al cobre, litografías, ilustraciones en xilografía, carteles, dibujos y pinturas al óleo conformaban el núcleo más valioso de esa colección. Al recibir el legado de su padre, Cornelius Gurlitt abandonó su carrera como historiador del arte y se autoexilió de la vida cotidiana para mantenerse solo al cuidado de aquellas piezas. Enfermo del corazón en sus últimos días, legó su colección al Museo de Arte de Berna. El director del museo, Matthias Frehner, se mostró consternado ante la noticia, debido a la “gran responsabilidad” implícita en este tesoro que las autoridades intentan instaurar como patrimonio cultural alemán. Cornelius Gurlitt murió a los 81 años el 6 de mayo de 2014, sin volver a ver jamás sus cuadros.