“Coriolano”, un montaje que invita a la reflexión, la compasión y el odio

En cada línea de la obra de Shakesperare hay una reinvención de lo humano.
Tom Hiddleston interpreta a Cayo Marcio Coriolano.
Tom Hiddleston interpreta a Cayo Marcio Coriolano. (Johan Persson)

México

Cayo Marcio Coriolano, mejor conocido simplemente como Coriolano (Tom Hiddleston), el conquistador romano de Shakespeare, es un hombre como aquellos que nunca han faltado a lo largo de la historia: hombres poderosos que no permiten a la fatiga frenarlos contra su anhelo de poder, seres indomables que hallan en el combate la cura a sus penas.

Esta puesta en escena del National London Theatre narra la carrera de un prodigio donde terror, furia y locura se entrelazan e imponen a la razón para forjar el temperamento del protagonista, con ayuda de una madre manipuladora (Deborah Findlay) y una esposa sumisa (Birgitte Hjort Sorensen), ambas frenéticas, se ve orillado a perder toda cautela con sombría elocuencia.

Únicamente donde existe verdadera sed de conquista, lo trágico encuentra su sitio, y no es mera coincidencia, pues al carácter colérico le acompañan sentimientos inmoderados que muchas veces abren nuevos caminos, otras tantas los cierran. Aquí la gloria va extendiéndose hasta alcanzar tal magnitud que no puede sino desaparecer; son los motivos más poderosos los que llevan al Conquistador a cometer, sin saberlo, acciones abominables que le conducirán al exilio.

Con tal de conseguir el elogio del pueblo, las aspiraciones más gloriosas que mueven a Coriolano pasan de ser sinceras a miserables, sus convicciones se oponen y lo asedian.

Un personaje auténtico que habita la soledad en la que se dispone a encontrarse con los otros; territorios donde lo demoniaco se sobrepone a lo psíquico, donde se fusionan el heroísmo y la cobardía. Al principio nos encanta su puntual ingenio, luego nos asombra con una metamorfosis que recorre toda la obra. Un cambio de la ignorancia al saber, cambio que es difícil de aceptar, en el que se ven comprometidos recursos intelectuales desde el primer instante hasta el fin: un pensador que sufre.

El triunfo del héroe escasamente acreditado lo lleva a una humillante derrota; los juicios que le hace el pueblo significan poco porque no son del todo explícitos. Sin embargo, es condenado y lentamente nos vamos dejando cercar por un ambiente de tensión que va dando paso a la reflexión, la compasión y el odio.

Aunque existe una conciencia interior, ésta no le permite al protagonista prevalecer, pero él ya ha conquistado y con su muerte reafirma la conquista de algún modo —creación y caída—. Podemos decir que nuestro héroe murió complacido, porque los más sabios quedan complacidos con la tragedia.

La experiencia visual no es muy agradable, la dirección es poco afortunada, pero el diálogo es indudablemente ingenioso, el desasosiego abandona la ambivalencia. En cada línea hay una reinvención majestuosa de lo humano: se experimentan alegrías auténticas y tristezas extrañas.

Shakespeare era poseedor de una inigualable intensidad visionaria. Sus obras sobreviven al tiempo porque atacan problemas de ayer y hoy, encaran asuntos cruciales, aquellas verdades que como sangre transitan por las venas de todos nosotros.

Coriolano es una obra a la vez tan dulce como la lenta desunión de dos cuerpos donde tarda en alcanzarse lo insípido y tan estrepitosa como el murmullo del mar.

“Coriolano” se presentará en el Lunario del Auditorio Nacional el 19 de marzo a las 20:00 horas.