Competir por la homogeneidad

Por falta de competencia, se nos dice hasta la saciedad, es que somos un país compuesto por la retahíla de adjetivos despectivos que se le ocurran al dogmatizado en turno.
Slavoj Zizek.
Slavoj Zizek. (EFE)

México

Uno de los mantras más en boga es que el concepto de “competencia” es como una especie de panacea llamada a resolver todos los males pasados, presentes y futuros de una sociedad. Por falta de competencia, se nos dice hasta la saciedad, es que somos un país compuesto por la retahíla de adjetivos despectivos que se le ocurran al dogmatizado en turno. Se cita la “destrucción creativa” de Schumpeter como justificación para el darwinismo social que, mediante la simple competencia, arrasará con los débiles que pagan cara su falta de creatividad, siendo destruidos para dar paso a la innovación incesante que nos tira hacia el progreso.

Como ha demostrado gente como David Harvey, esto es, en buena medida, un engaño ideológico, de clase, pues la élite dominante rara vez alcanza su posición compitiendo por las buenas, y cada vez son más evidentes los muy poco competitivos vínculos entre los altos poderes político y empresarial. Incluso entre naciones, las desarrolladas son las primeras en invocar excepciones y medidas proteccionistas cada vez que así conviene a sus intereses.

Sin embargo, aun al nivel de la diversidad creativa que tanto se pregona, la competencia en efecto induce a los emprendedores a idear nuevas maneras de idear compañías que resulten lo suficientemente atractivas como para ser compradas por cualquiera de los gigantes monopólicos del sector económico en cuestión (Google, Facebook, General Electric, Office Max, Coca-Cola, etcétera); pero a nivel social, cultural, mental, el ansia de riqueza que es el motor de la competencia produce exactamente lo contrario: una sociedad homogénea donde los miembros de cada estrato piensan y actúan como en bloque, se relacionan, casan, reproducen y divorcian casi exclusivamente entre ellos, en una especie de parodia del concepto de “normalización” de Foucault, pues ya ni siquiera hacen falta instituciones de encierro para producirla, sino que cada quien la lleva inscrita en su ser desde lo más hondo de su puro deseo de competir. Como ha advertido Slavoj Zizek, si Marx definió la ideología como el hecho de que la gente actuaba de cierta manera específica, sin saber por qué lo hacía, ahora nos encontramos frente a la “ideología cínica”: saben por qué lo hacen (ambición de riqueza), pero de todas maneras lo siguen haciendo. Éste es el cinismo normalizador de ese motor inmóvil de nuestros tiempos llamado competencia, que nos conduce hacia un vacío mental tan homogéneo que pronto ya no podremos distinguirnos de ese otro yo que nos mira radiante desde la foto de perfil de nuestra red social predilecta.