Desmembrar la Nación

SEMÁFORO
Desde 1989 hemos visto quebrarse a la Unión Soviética, el desmembramiento de la antigua Yugoslavia
Desde 1989 hemos visto quebrarse a la Unión Soviética, el desmembramiento de la antigua Yugoslavia (Nikola Solic/AP)

Ciudad de México

Existen tres grandes órdenes en el mundo: el nivel global, que involucra todo; los estados nacionales y las localidades pequeñas, o aldeas. Curiosamente, en el actual flujo de la información, el nivel más pequeño se relaciona eficazmente con el mayor: la "aldea global" es una idea expuesta por Marshall McLuhan desde 1964 y la hemos visto asentarse hasta volverse nuestra realidad cotidiana: es muy sencillo comunicarse e interactuar con personas de cualquier parte del mundo, siempre y cuando hallemos una lingua franca (como se llamó al latín en la Edad Media, en tanto que ofrecía un medio de comunicación por encima de las lenguas locales). Y es más fácil establecer vínculos interpersonales y grupales en las redes, que creer en la verosimilitud de relación alguna con la institución intermedia del Estado. Es decir: en el universo de las redes puedo vincularme con actitudes, identidades, opiniones, actividades, y tener la certeza de ser esta persona, yo mismo —de modo real o virtual, como posición moral o de modo lúdico (la ética es un juego imaginario, desde luego). En cambio, frente al Estado no soy sino un ente documentado; existo porque unas credenciales dicen que soy, porque se me tiene asignado un número, un código y ocupo un escaque. El Estado borra a la persona y la suplanta con un sujeto: el sub iectum, lo que yace por debajo, como el trazo de gis forense que rodea al cadáver.

No tiene nada de raro que muchas sociedades hayan optado, cada vez en mayor cantidad, por adoptar formas de eso que llaman "identidades" como forma irrevocable de su existencia. Las sociedades que se identifican por su cultura no responden bien a las abstracciones impuestas por instituciones que borran y humillan a las personas o a los grupos. Para muestra, basta un repaso de memoria, y ni siquiera exhaustivo: desde 1989 hemos visto quebrarse a la Unión Soviética, el desmembramiento de la antigua Yugoslavia, la partición de Chipre, de Checoslovaquia; junto, tenemos los separatismos que apuntan a una voluntad, no de ruptura cuanto de independencia: los wallones y los flamencos en la civilizadísima y pacífica Bélgica; los vascos y los catalanes de España; ruido de galeses, escoceses e irlandeses en Gran Bretaña; en Francia, de nuevo los vascos, pero también los corsos y los bretones; la Liga del Norte italiana. Europa inventó la idea del Estado nación y parecía que el destino civilizatorio consistiría en la creación de las naciones y, en cambio, vemos lo contrario: su desmembramiento. Y con alivio histórico intuimos que las nuevas identidades podrían tener dos características inéditas: una, no tienen por qué llegar a darse de modo violento y, dos, no tienen tampoco motivo para rezagarse del concierto global.

También parece verdad que los países pequeños alcanzan estabilidad, prosperidad y justicia de modo mucho más presto y eficaz que las naciones inmensas. Ya sé que muchísima gente de buena voluntad, inteligente, propositiva, tiende a ver como tragedia la desarticulación de las naciones, pero ¿y si nos pusiéramos a imaginar este México de otro modo, como naciones más pequeñas, más prósperas, justas? Digo, como ejercicio de imaginación y de higiene moral, pues.