Rosset: tras el rastro de la locura y la razón

El escritor francés Clément Rosset cuenta en Principios de sabiduría y de locura aquello indeciblemente conmovedor en la naturaleza del ser humano.
Clément Rosset

México

Numerosas cosas se han escrito en torno a la locura y al genio que ineluctablemente parece desembocar de ella; sin embargo, hay otro elemento que la literatura todavía no ha agotado: la sabiduría. Referencias como si apuntaran a un género universal, nos brinda los Principios de sabiduría y de locura (Marbot ediciones, 2015). Clément Rosset (Francia, 1939) cuenta aquello indeciblemente conmovedor en la naturaleza del ser humano. Obra ingeniosa, escrita por y para el siglo XXI, su imagen es bien representada: la trazan algo más que un designio enloquecido o la pedantería del sabio enardecido. 

Lo que es, es y lo que no es, no es: partiendo de este célebre planteamiento parmenídeo, Rosset desglosa un problema filosófico que nace con la tradición inaugurada por Platón, esa que inventa formas de vida donde en primera instancia no las hay. 

“La persistente tentativa de atribuir existencia a lo que no existe” viene siendo el punto de partida para emprender el viaje a través de estas páginas. Querer llenar ya sea con la razón, ya sea con la imaginación, espacios en la historia por algo que ella misma añora, a manera de utopía y leyenda fragua el encontrar refugio entre violencias y sufrimientos.

Librarse de cualquier prejuicio literario, eso es lo que consigue Rosset: de la existencia desplazada a la existencia desdoblada, necesitando comprender el milagro griego, el espejo animal, el espejo de la muerte, la moral y los yerros de la palabra crapulosa, para contar el delirio. De formas variadas y legítimas, examina lo que han compilado desde siglos atrás grandes pensadores hasta esclarecerlo, como Ramon Llull, Rousseau, Hölderlin y Heidegger.

Lo que podemos lograr acertar de la realidad mediante una lectura como esta no resulta poca cosa, nos ayuda a fortalecer el temple del intelecto posibilitándonos así entregarnos a lo especulativo con mayor nivel de abstracción que de intuición. Sin argumentar contra los filósofos que se jactan de su erudición o impugnándolos, ni subestimando en ningún sentido sus premisas, Rosset da cabida a otros planteamientos del mismo corte. ¿Por qué necesitamos llenar los espacios? Metafóricamente, si el vacío no existiera habría sobrepoblación de inutilidades que podrían subordinar la inteligencia en estado bruto. El sabio como Montaigne o Nietzsche no necesita refugiarse en los dogmas antiguos o en la ofuscación como el Otelo de Shakespeare y don José de Bizet. Aquel lugar común que habitan algunos presas del miedo y otros tantos rehenes del narcisismo, es la locura pero también –¿quién dice que no?– es la sabiduría. Y me parece que ambas proceden del mismo principio: “de una necesidad de alimentarse de bienes imaginarios”.