Ciudad prohibida

Escolios.
Escolios
(Especial)

Ciudad de México

agonzale79@yahoo.com.mx

Ciudad prohibida es un ensayo literario y fotográfico de Edgardo Bermejo y Ulises Castellanos que enfoca un Pekín inusitado, lejano de los estereotipos con que suele fabularse a China y su capital. Como bien señala Bermejo, el viajero que carga con su equipaje de prejuicios y que busca un añejo exotismo o una postal de gesta comunista, acaso encontrará la bisutería necesaria para hacer cuajar su fantasía tranquilizadora. Sin embargo, la instrucción que Bermejo, inspirado en Chuang–Tzu, prescribe para viajar a China es más fecunda: no saber a dónde se va e ignorar lo que se ve, es decir, viajar libres de ataduras teóricas y evitar la interpretación apresurada. Como otras urbes milenarias, Pekín es un espacio con múltiples túneles del tiempo, donde, desplazándose apenas unos cuántos pasos, se viven épocas asimultáneas y donde se encuentra la colindancia física y metafísica entre lo ultramoderno y lo más arcaico. Así, aunque el desarrollo portentoso y monstruoso de la potencia china parece operar contra el pasado, lo milenario permanece en rasgos, costumbres, pequeños detalles y destellos que el escritor y el fotógrafo encomian y han sabido captar. Fieles a la prescripción de eludir las ideas preconcebidas para domesticar la otredad, Bermejo y Castellanos exploran la ciudad y en lo que se supondrían las masas irreconocibles de una urbe hiper–poblada y recién llegada a la sociedad de consumo, los autores encuentran personas y, sobre todo, personajes.

En su ensayo, Bermejo expresa fascinación con la transformación compulsiva, casi delirante, de una ciudad donde, literalmente, todo lo sólido se desvanece en el aire y donde la única manera de fijar el paisaje es asomándose al tiempo y la vida interior de los habitantes.  Por eso, describe con fervor la noche urbana pekinesa y la forma como ese empeño uniformador que es la fiesta permite, sin embargo, la prevalencia de formas de singularidad y comunión. Por su parte, Castellanos hace una evocación del espacio simbólico en ¿destrucción o construcción permanente? que es la ciudad de Pekín.  En efecto, no sabemos si Castellanos retrata escombros u obra negra en erección, si retrata sobrevivientes o seres del futuro. El paisaje en la fotografía de Castellanos se vuelve fragmentario y deliciosamente irreverente (baratijas comunistas en una tienda desvencijada, viejos apacibles, alguna belleza melancólica, parejas de adolescentes que fajan a lo occidental y un mirón de postales semi–pornográficas). Castellanos no pretende tener un enfoque uniforme, sino retratar lo contradictorio, azaroso y fascinante de una urbe; sus imágenes guardan fuerza, ternura, ironía y misterio. El medio de comunicación objetiva que sería la foto, redescubre, gracias a la indeterminación de sus objetos, su aura poética. Tanto Bermejo como Castellanos son viajeros de la estirpe de Chuang–Tzu, dejan hablar, más que a una imagen de la realidad, a las múltiples realidades vertidas en una imagen.