Resentimiento y verdad histórica

Semáforo.
Semáforo
(AFP)

Ciudad de México

Desde su llegada al Congo, en 1964, el Che Guevara pudo salir airoso de algunas escaramuzas y emboscadas, pero nunca más volvería a ganar una batalla ni a tener una sola victoria importante. Y resulta curiosísimo porque coincide con el mayor prestigio que haya alcanzado un guerrillero en la historia moderna. ¿Misterio, azar, calamidad? Independientemente de las circunstancias políticas del Congo, para poder intuir los derroteros del Che Guevara conviene comparar sus actitudes con las de su enemigo militar de entonces, Mike Hoare, un muy peculiar mercenario irlandés que parece la antítesis del Che.

En su relación de los hechos, El Loco Hoare no menciona siquiera a Ernesto Guevara: “Yo no soy más que un soldado al que importa solamente cumplir las órdenes recibidas, y las órdenes que se me dieron consisten en librar al país de esta gente (los guerrilleros). Yo no sé por qué luchan ni cuáles son sus propósitos. Pero sé que son gente salvaje, peligrosa y cruel”.

Más allá del desprecio que uno pueda sentir por un mercenario como Hoare, quedan algunos asuntos. Primero: el mercenario fue de una eficacia atroz; no ofrecía ni virtud, ni futuros, justicia ni libertades sino dinero en efectivo. En el Congo, en menos de un año reclutó casi tres mil voluntarios. El Che no sumó una sola alma para su causa justiciera. Segundo: la disciplina. Dice Hoare que “en un ejército de voluntarios” no puede haber un código disciplinario, de modo que “mis oficiales, y yo mismo, éramos obedecidos sencillamente porque los hombres a quienes dábamos órdenes querían obedecernos... Si un hombre se niega a obedecer una orden, hay muy poco que hacer”. Por otro lado, en el ejército guerrillero del Che, “se castigaría con la muerte la deserción”, y aún así la deserción era epidemia entre sus revolucionarios.

En el Congo, el Che Guevara se hace hosco y arisco, ensimismado, soberbio y despiadado. Escribe su horripilante Mensaje a la Tricontinental: “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así; un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal... ¡Qué cerca estaríamos de un futuro luminoso si en el mundo surgieran dos, tres o muchos Vietnams con su bagaje de muertes y sus intensas tragedias”.

Esas formas de la insurgencia guerrillera parecían cosa del pasado. Nadie tiene ya utopías que perseguir; nadie busca paraísos terrenales en los sistemas políticos. Y eso es bueno. Pero permanece la suposición de que la insurgencia violenta es una forma de virtud histórica, que el enemigo es brutal y que se debe combatir con un odio intransigente. Ese error sumió al Che Guevara en la locura y convirtió a muchos revolucionarios en reos del resentimiento que, como dijo Max Scheler, es un veneno inoculado en la propia sangre. La salida de la violencia no está en la victoria o la derrota. Ahí donde hay sufrimiento, la verdad no puede ser sino una discusión constante, revisada, criticada y vuelta a erguir. La verdad histórica no puede ser una versión oficial.