El sueño de un pájaro

En un pestañeo y por los excesos, la vida de Charlie Parker se fue en un solo saxo, por la ventana abierta de un cuarto de hotel destruido.

Torreón, Coahuila

Esta es la historia del sueño de un hombre que soñó que era un pájaro que en pleno vuelo soñaba que moría tocando jazz. En su sueño, el pájaro estaba parado en medio de un escenario con lo menos de audiencia.

Entre sus alas de brillante plumaje negro sostenía un saxo alto de laca dorada o más bien iridiscente por los refl ectores que chorreaban a tropel la luz sobre él.

El pájaro tocaba el saxo con plácida displicencia para el escaso público que de tanto grito que daba hacía parecer al lugar un estadio lleno a tope. Entre sus vítores se alcanzaban a distinguir apenas palabras como "¡Dale, Charlie!" o "¡Venga, Parker!" y cosas así.

El cuarto de hotel, la luz a tropel sobre el pájaro y el sax, el jazz, el escenario y el sueño le parecían algo ridículo. El nunca fue un pájaro y mucho menos se llamó Charlie Parker.

Las plumas se le iban cayendo de a poco y luego de a mucho de tanto tejemaneje que hacía con el saxo.

Así, pues, las alas se le fueron haciendo brazos con manos y dedos toscos y largos del mismo negro brillante con los que tocaba entreverando magistralmente rapidez y fluidez y metiendo al público en un paroxismo del que no se sale.

Mientras, la batería, el bajo y el piano que estaban detrás y al lado derecho y del lado izquierdo de él, mantenían un ritmo de pulsaciones inalcanzables y que en la vigilia se escucha más bien nunca.


Pero el pájaro Parker estaba tan por encima de ellos que daba gusto, es decir, a sobre ritmo de los músicos y a sobre vítores del público.

Apenas y había tiempo para respirar entre tanta nota que escupía con su saxo y que tocaba con un odio irreductible y no sabía porqué era así pero por lo demás le importaba poco el porqué y el be y el bop y el público y los músicos e incluso el saxo, el jazz entonces.

El ritmo, los gritos y las notas cuajaron sobre él y su corazón empezó a latir a la velocidad de la improvisación, tan rápido que lo único que podía hacer era acelerar más y más y no hay atrás y “mantén el ritmo, pájaro Parker”, le decía una voz que parecía de él pero que no era de él y su corazón que no se dejaba de acelerar.

Be-bop-bebopbebop-be-bop y pa , se acabó. El corazón se le detuvo y el pájaro despertó del sueño del hombre y el hombre del sueño del pájaro.

Se había quedado dormido en el sofá de un destrozado cuarto de hotel. Olía a quemado y a la alfombra la recubrían colillas y cenizas de cigarro y una botella rota que reflejaba al sol que se iba detrás de la ventana abierta, una parda luz iluminaba apenas sobre una mesita de noche desde el fondo de la habitación.

Frente al sofá, un televisor encendido transmitiendo nada más que estática y un zumbido inquieto. La boca le sabía a aire viejo, era como si el sueño hubiera durado toda una vida.

Las alas se le fueron haciendo brazos con manos y dedos toscos y largos del mismo negro brillante con los que tocaba entreverando magistralmente rapidez.

Los brazos le dolían horrores por los pinchazos de heroína que se había dado y que lo dejaron inconsciente y no dormido como él había creído. En la cabeza le resonaba un lejano aletear y el nombre Charlie Parker.

El contexto en general, el cuarto de hotel, la luz a tropel sobre el pájaro y el sax, el jazz, el escenario y el sueño le parecían algo ridículo. El nunca fue un pájaro y mucho menos se llamó Charlie Parker.

Todo eso se resolvió en una risa, una risa que se volvió carcajada, carcajada que se hizo estertor, estertor que terminó siendo una terrible tos que le estallaba en el pecho, junto con el pecho el corazón, y con el corazón la vida. Y así, no más, se le fue la vida. Paff.