Terror y risa

Una de las tantas viñetas publicadas en homenaje a los dibujantes de Charlie Hebdo mostraba una lápida con la inscripción “Muerto de risa”.
Charlie Hebdo.
(Especial)

Ciudad de México

Una de las tantas viñetas publicadas en homenaje a los periodistas y dibujantes asesinados en la oficina de Charlie Hebdo mostraba una lápida con la inscripción “Muerto de risa”. Nadie ríe estos días en París. De hecho, la masacre levanta preguntas sobre la risa en sí misma.

La diversidad francesa asume muchas formas, desde la carcajada rabelesiana hasta la ironía volteriana. Charlie Hebdo se especializaba en chistes groseros, cargados de sexo y mal gusto. De cierta manera, parecía anticuado. Fundado en 1970, expresaba la mofa izquierdista de la rebelión de mayo y junio de 1968. El nombre se burlaba de Charles de Gaulle, aunque algunos veían también algo de Charlie Brown en la sátira. Varios de estos famosos caricaturistas —Georges Wolinski, Jean Cabut, Philippe Honoré— eran sesentayocheros que pasaban los setenta años y que nunca dejaron de burlarse con petulancia, hasta que fueron abatidos en la reunión editorial del 7 de enero.

Como historiador de sátira francesa, pensé en los escritores que apuntaron su ingenio contra el poder y el fanatismo: Rabelais, Bussy-Rabutin, Beaumarchais, Chamfort… y, sobre todo, Voltaire. La sátira escandalosa floreció alrededor de 1640, cuando Paul Scarron se mofó del jefe de gobierno de Luis XIV, el cardenal Mazarino, con la célebre frase:

 

Sodomizando sodomitas, sodomizados sodomitas,

y sodomizados hasta el grado supremo….


“Debemos tener la risa de nuestro lado”, escribió Voltaire tiempo después, intentando movilizar a sus compañeros filósofos en la campaña contra la persecución de la Iglesia.

No había nada volteriano en el humor de Charlie Hebdo, pero su mofa hacia la ortodoxia religiosa de cristianos y musulmanes expresaba un espíritu anticlerical que tiene antecedentes en la historia francesa. Mientras las noticias sobre la masacre se desvanecen, sigo pensando en Voltaire y convocando su famosa sonrisa: labios crispados y mandíbula inferior prominente, como para desafiar a cualquiera que se atreviera a darle un puñetazo.

No siempre fue una defensa adecuada. En sus últimos años, Voltaire se vio sobrepasado por el horror y las atrocidades cometidas por las cortes francesas, sobre todo en el caso de Jean Calas, un protestante torturado y ejecutado tras haber sido injustamente condenado por el suicidio de su hijo, quien se había convertido al catolicismo. El caso Calas se volvió el centro de la campaña de Voltaire para derrotar a la infamia —intolerancia, ignorancia, injusticia y, en especial, persecución perpetrada por la iglesia y el Estado—. En la cima de su furia, si recuerdo correctamente, Voltaire escribió una carta a D’Alembert, su principal aliado entre los filósofos de París, diciendo: “Este no es tiempo para la risa”.

Risa contra el terror: un juego desigual. Un día después de la masacre, le pregunté a un tipo que vende periódicos cerca de mi departamento en París cuándo había vendido su último Charlie Hebdo. “En la hora siguiente al suceso”, respondió. Nunca tenía muchos ejemplares en su quiosco: “Tenía un tipo particular de lector”, dijo. ¿Sobrevivirá? “Por supuesto —respondió—. De lo contrario, habrían ganado [los terroristas]”.

Oí de la masacre pocos minutos después de que ocurriera, cuando me encontraba sentando en la oficina de un amigo editor en Gallimard. Él conocía a varios colaboradores de Charlie Hebdo, lo mismo que sus amigos. El mundo de la palabra impresa en París es pequeño. Todos conocen a alguien que conocía a alguno de los asesinados. Todos están en estado de shock y sienten la atrocidad de manera personal, como si fuera un golpe a sus propios cuerpos —y también al cuerpo político, un golpe a la prensa, a la libre circulación de las ideas, al derecho a la burla—. Un comentarista lo describió como un “ataque contra el espíritu francés”.

París vio drenada su risa la semana pasada. En días pasados, los quioscos tuvieron un Charlie Hebdo totalmente resucitado, pero es difícil prever de qué manera la comedia humana podría otra vez parecer divertida.