Casi dos siglos antes de Charlie Hebdo

Desde 1829 en Francia se editaban revistas de viñetas satíricas y caricaturas burlescas, como La Silhouette, La Caricature y Le Charivari, y también desde entonces fueron víctimas de la intolerancia.

Ciudad de México

Cuando se lee el nombre Caran d’Ache, se piensa inmediatamente en la marca suiza de lápices de colores. Son unos lápices, caros y sofisticados, que colorean un dibujo con una impecable uniformidad y además, si se humedece la punta del lápiz, el color adquiere el aspecto y la textura de una acuarela. La fábrica se estableció en Ginebra en 1915 y a partir de entonces los lápices se han ido diversificando hacia otros instrumentos de escritura como, por ejemplo, las plumas fuente que, según mi experiencia personal, tienen un punto perfecto, de un grosor canónico y un surtidor de tinta que no se atasca nunca. Supongo que la marca, al ser Suiza, ha heredado el rigor y la precisión que ha distinguido siempre al reloj cucú. He empezado estas líneas con la marca de los lápices de colores porque el nombre Caran d’Ache ha salido a la superficie, en la prensa francesa, a partir del atentado en las oficinas de la revista Charlie Hebdo; pero no lo ha hecho, como pudiera pensarse, por la obvia asociación entre dibujantes y lápices de colores, sino porque el original Caran d’Ache era un dibujante satírico que durante la segunda mitad del siglo XIX publicaba unos dibujos en la prensa francesa, en Lundi de Figaro, Le chronique parisienne y la revista Psst, que hubieran cabido perfectamente, por su nivel satírico y su vocación provocadora, en la revista Charlie Hebdo.

Caran d’Ache, que en realidad se llamaba Emmanuel Poiré, era nieto de un oficial de la Grande Armée de Napoleón Bonaparte, que fue herido en la Batalla de Borodino. La batalla es famosa porque aparece en la novela Guerra y Paz de Leon Tolstoi; fue una batalla multitudinaria que dejó miles de muertos y otros tantos heridos, entre los cuales se encontraba el abuelo de Caran d’Ache. Como la practicidad militar exige en ocasiones el abandono de los heridos que ya no pueden seguir el paso del ejército, el abuelo de Emmanuel se quedó ahí, malherido y medio enterrado en el lodazal, esperando a que lo socorriera un alma caritativa. Supongo que la mayoría de los heridos terminaban muriendo en el lodazal, pero este hombre tuvo la suerte de ser rescatado por un matrimonio que le facilitó las cosas para que se quedara en Rusia. Este oficial francés se quedó y con el tiempo formó una familia de la que, por algún motivo, en el año de 1858, ya solo quedaba un nieto, Emmanuele, que de mayor sería el dibujante Caran d’Ache. Al morir el abuelo, el nieto fue adoptado por una familia polaca, esta familia tenía una hija de la que Emmanuele se enamoró y con la que terminó mudándose a París, la ciudad que había dejado su abuelo cuando se enroló en el ejército de Napoleón.

Esto sucedió en 1877 y lo primero que hizo al llegar fue obtener su nacionalidad francesa, que le heredó su abuelo, y enrolarse en el ejército, pulsión que también le heredó su abuelo, pero como su talento para el dibujo y la sátira pujaba ya por salir se dedicó, durante los cinco años que le duró el ejército, a diseñar uniformes y más tarde a dibujar viñetas, todavía no muy sarcásticas pues se exponía a una corte marcial, en el periódico La vie militaire. Pronto sus dibujos salieron del ámbito castrense y comenzó a publicar, en las revistas que mencionamos más arriba, con el nom de guerre de Caran d’Ache, que viene de la palabra rusa karandash, que significa lápiz. Cuando su historial de caricaturista llegaba a su apogeo, Caran d’Ache dibujó una viñeta que provocó la ira y la condena de los ciudadanos biempensantes de París; a rebufo del escándalo del caso Dreyfuss, y a la par de Zolá que publicaba su célebre J’Acusse, dibujó dos viñetas, ciertamente inocentes, que lo metieron en un lío legal muy grave: en una se ve una familia numerosa cenando en la mesa pacíficamente; el pie de la caricatura dice: “No discutamos el caso Dreyfuss”. En la segunda se ve una golpiza, una melé de todos contra todos, y el mantel y los platos se han ido al suelo y se ve que las sillas han volado de un lado a otro de la mesa; en el pie puede leerse: “Lo discutieron”.

Las viñetas, como digo, son inocentes pero ¿no son todos los dibujos, precisamente por ser una caricatura de la realidad, inocentes? Pues esa pieza de ficción que publicó Caran d’Ache terminó metiéndolo en un problema que estaba afincado en la más cruda realidad. Unos años antes, en 1832, ya se publicaba una famosa revista, irreverente y satírica, de nombre Le Charivari. Su rastro en el siglo XXI, así como el de Caran d’Ache son los lápices de colores, es un restaurante, por cierto estupendo, que está en París, en el barrio de Montparnasse, en el Boulevard Raspail, con vistas al monumento a Balzac, que es obra de Auguste Rodin. Esto no es un apunte turístico, es un eco de aquella famosa revista, Le Cherivari, que acabó absorbiendo a otra, todavía más canalla y satírica, de nombre La Caricature, y que tenía entre sus colaboradores a Honoré de Balzac, el escritor del monumento. El primer número de La Caricature apareció en 1830, fue fundada y dirigida durante sus primeros años por Charles Philipon, un rijoso personaje que se metía en problemas con la autoridad cada vez que publicaba un número. Balzac, por ejemplo, publicó ahí una serie de relatos titulada Petites misères de la vie conjugale (Pequeñas miserias de la vida conyugal), donde contaba, con todo tipo de detalles, la vida en pareja de familias burguesas, llenas de hijos y problemas económicos, afectivos, íntimos y sexuales, que eran ilustrados con gran sarcasmo por los dibujantes de la revista; estos relatos fueron integrándose con el tiempo al proyecto novelístico de Balzac, a su célebre y descomunal Comedia Humana. La Caricature publicó números semanalmente entre los años 1830 y 1843, y en ese tiempo tuvo que sortear todo tipo de zancadillas legales, con unos recursos que parecen extraídos, precisamente, de una novela de Balzac; para empezar Philipon, con la idea de defenderse de los ataques del gobierno que le clausuraba el magazine con una frecuencia letal, fundó La Asociación por la Libertad de Prensa, un organismo que mantenía con un aumento a las cuotas de los suscriptores de su revista, y que compensaba con el obsequio mensual de una litografía. La asociación le ayudaba a defenderse de los embates del poder, que eran muchos y variopintos, pues la revista de Philipon se mofaba de los burgueses, del clero y los ministros e incluso del rey Luis Felipe; y estos embates, con frecuencia, eran el cierre de la publicación que Philipon, con gran astucia, sorteaba cambiando el nombre de la revista, según de dónde provinieran los embates; así La Caricature fue llamándose, durante sus 13 años de existencia, (traduzco) La caricatura moral, religiosa, literaria y escénica; La caricatura política, moral, literaria y escénica; La caricatura provisional; La caricatura moral, judicial, literaria, artística, escénica y de moda y, por último, La caricatura, revista satírica de moda, de teatro, de música, de tribunales y de literatura. Con estos cambios de razón social, Philipon logró publicar su revista durante 13 años, hasta que salió con una caricatura que ofendió al rey Luis Felipe. La viñeta, otra vez, era bastante inocente; estaba dividida en cuatro y en cada cuadro había un dibujo, en plano americano, del monarca, que empezaba como Luis Felipe y, cuadro tras cuadro, se iba metamorfoseando hasta llegar al último convertido en una pera. La reacción del gobierno fue el cierre fulminante de la revista y una condena de seis meses de cárcel para Charles Philipon. Pero antes de La caricature, Philipon se había embarcado, en 1829, en otra revista satírica, y sumamente crítica con el gobierno, que se llamaba La Silhouette, y que también contaba con la pluma ácida de Honoré de Balzac; aquella revista duró poco más de un año, la directiva fue llevada, en medio de un gran escándalo, a los tribunales y unas semanas más tarde fue absuelta, pero aquel escándalo provoco un aumento exponencial de las ventas y un periodo de gracia que terminó poco tiempo después con el cierre definitivo de la publicación que, gracias a la habilidad de Philipon, logró reencarnarse en La Caricature, que a su vez reencarnó, 13 años más tarde, en una publicación menos lujosa, con un papel más delgado y menos tintas, que se llamó Charivari. Charles Philipon, que para esas alturas tenía como socio a su cuñado, decidió darle a Charivari un enfoque humorístico sin contenido político; después de 15 años de batallas con el poder, y de una temporada de cárcel, se había cansado y decidió llevar la fiesta en paz. Con esa nueva orientación, la revista de Philipon publicó número tras número hasta el año de 1937.

Todas estas revistas son las parientas fundacionales de Charlie Hebdo, de Le canard enchainé y de algunos otros semanarios satíricos franceses. La tragedia de Charlie Hebdo no tiene que ver, naturalmente, con las vicisitudes de aquellas revistas del siglo XIX, un atentado yihadista pertenece, desde luego, a otro género; pero lo que sí tiene que ver es la intolerancia hacia la viñeta satírica, las reacciones y la violencia que es capaz de despertar un dibujito, la forma en que sobredimensionan los gobiernos, los funcionarios, los religiosos o los grupos terroristas y en general las personas muy solemnes, el trazo satírico de un modesto karandash.