Sonidos que arrastra el ardiente aire de la ciudad

El viento sopla en un atiborrado centro de Torreón, donde personas caminan sin prestar atención a su entorno. Las notas agudas y chirriantes de un violín, acompañan el trajín de los paseantes.
La necesidad es apremiante y como un buen hombre, mantiene su estatus de proveedor.
La necesidad es apremiante y como un buen hombre, mantiene su estatus de proveedor. (Lilia Ovalle)

Torreón, Coahuila

Los pasos acelerados de los compradores compulsivos se encuentran en accidente con los de los empleados de caras tristes, atiborrados de trabajo.

Se trata sólo de una danza desquiciante en la que se intercambia dinero.

"Generalmente toco música clásica, valses y baladas. Por ejemplo la canción "Ese loco soy yo", la canta Liberación, pero también me sé muchas de los Beatles".

La zona centro de Torreón durante el mediodía parece un enorme hormiguero, por donde deambulan en fila las personas comprando comida, ropa, zapatos, juguetes baratos.

En ese contexto puede verse al muchacho ensimismado pegando la nariz en un aparador, viendo anillos de compromiso que por ser de oro y estar coronados por una minúscula piedra, alcanzan un precio exorbitante.

Enterado de los costos, el hombre por fin decide levantar la mirada y retirarse del cristal.

Allí, en el sector comercial, caminan los habitantes más humildes de la ciudad. Algunos comiendo y riendo, pero evadiendo siempre el ver a los otros.

Si se mira es para no ser atropellados, mas no para reconocerse en los demás y cavilar por un momento sobre las motivaciones personales de un oficio.

Entre la muchedumbre y el ruido que genera siempre una ciudad, de pronto se escucha un sonido como de madera en quebranto.

Con una fuerza chirriante, desafinada y triste, la voz de un instrumento, voz como de hoja seca arrancada por el viento, cuenta una historia. Se trata de la canción "La vie en rose".

Si se detiene a escuchar a su intérprete, a simple vista no se aprecia que es un hombre que vive en la semioscuridad tocando un violín que ha sido maltratado por la vida.

Sentado sobre un bote puesto en la banqueta y con un estuche abierto al que de vez en cuando le cae una moneda y junto a un bastón, que utiliza para regresar a su casa, se encuentra a Corago, nombre artístico que tomó cuando hace 3 años decidió tocar el violín en el centro histórico.

Corago, un hombre al que los años le han dejado huella en el rostro, dice que sencillamente los días se le fueron nublando y fue perdiendo la vista, situación que lo dejó imposibilitado para realizar su trabajo, más no para llevar el sustento a su familia.

"Somos como unos 4 músicos los que tocamos el violín en la calle, en toda la ciudad, en el lugar donde se reúnen los mariachis hay muchos con violín, pero solos, como solistas, no".

Corago sonríe. Y mucho. Dice que ese es su nombre de batalla, su nombre de artista. Y debido a que su escenario es la calle, hasta él han llegado otros reporteros, éstos de televisión, para pedirle contar su historia.

Cuando podía ver era un eficiente mecánico. Desde entonces era aficionado al violín y de oídas, sacaba sus resoluciones musicales.

"Me llamo Corago, así somos los artistas, ese es mi nombre de artista. Tengo como 3 años tocando en la calle, yo era mecánico especialista en combustión interna y soy aficionado al violín".

"Estoy discapacitado, no veo bien, yo veo muy poquito. Lo que tengo se llama debilidad visual y ya no puedo trabajar en nada".

A pesar de vivir entre las sombras, dice que todos los días sale de casa ubicada en la colonia Francisco Villa y regresa a ella sin apoyo.

La necesidad es apremiante y como un buen hombre, mantiene su estatus de proveedor. Así desafía a la vida para mantener a su familia.

"En un día me puede ir bien o mal. Ahorita llevo cuarenta pesos por música para todos, trabajo como 5 horas. ahorita está flojón pero a veces gano los 200 pesos porque hay días buenos".

"Generalmente tocó música clásica, valses y baladas. Por ejemplo toco la canción "Ese loco soy yo", la canta Liberación, pero también me sé muchas de los Beatles".

Así comienza pues a liberar las notas de la balada que se vuelve una rogativa de quien ama a quien siente, ni siquiera lo mira la fórmula clásica en la entrega de voces cutres para que conmigo estés.

"¿Qué le pareció? 'Ese que te llama a las seis de la mañana2, me pregunta.

Yo me quedo sin saber realmente qué decirle, pero él mismo se responde. La letra le parece viva, apasionada, aguda y profunda. Creíble.

"Es intenso. Pero también toco la Novena Sinfonía de Beethoven, el Himno a la alegría".

Acto seguido arremete con su violín, esa pieza que primero con una oda alemana del siglo XVIII y luego con una letra del cantante español Miguel Ríos, incluida en su segundo disco llamado "Despierta", intentaba ser un referente humanista al pedir que se sueñe un tiempo para que los hombres vuelvan a ser hermanos.

"Luego tengo clásicas, de las antiguas. Por ejemplo toco 'La museda' (se refiere al término musette y enseguida toca un fragmento de un vals de Puccini), que en francés y en el italiano y en mexicano quiere decir La muchacha".

"Esa es de orquesta, antigua. Me sé 600 canciones, digamos piezas. Pero La Novena nos pide que seamos hermanos y eso va a tardar un rato".

"Me llamo Corago, así somos los artistas, ese es mi nombre de artista. Tengo como 3 años tocando en la calle, yo era mecánico especialista en combustión interna y soy aficionado al violín".

Aunque a su estuche había arrojado algunas monedas antes de entablar la conversación, a Corago le entregué dinero extra.

Él lo agradeció y extendió de nuevo su mano en un gesto desorientado para despedirse con formalidad.

Lo refiero no para que se me considere gentil o humana, porque en realidad creo que ni para ser buena persona me alcanza.

Sencillamente pagué un servicio que me evitó caer esa tarde en la bestialidad de vivir en el egoísmo y ser un animal de costumbres.

Le agradezco a Corago las notas secas que me regaló una tarde de viento ardiente en la zona centro de Torreón.