Celebran en Bellas Artes a Hugo Gutiérrez Vega

Confiesa que atraviesa un mal momento en su salud, aunque nunca perdió la atención al escuchar a quienes participaron en su homenaje.
Grecia fue su Ítaca y no Guadalajara, una de las ciudades de su infancia.
Grecia fue su Ítaca y no Guadalajara, una de las ciudades de su infancia. (René Soto)

México

El pasado 11 de febrero, Hugo Gutiérrez Vega llegó a los 80 años de edad. Se le ve cansado, se siente cansado, confiesa que atraviesa un mal momento en su salud, aunque nunca pierde la atención al escuchar a quienes participaron en su homenaje en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, dentro del ciclo Protagonistas de la Literatura.

Después de haber oído a Juan Domingo Argüelles, Augusto Isla, Luis Tovar y Marco Antonio Campos, recordó que hace poco tiempo volvió a leer uno de sus libros preferidos, El gatopardo de Lampedusa, “entonces, como diría Garcilaso, me detuve a contemplar mi estado: mi salud ha estado muy quebrantada en últimas fechas y me dio una lección de resignación el Príncipe de Salina.

“Después de haber bailado un prodigioso vals con Angélica Sedára… y voltear la mirada hacia la estrella de la mañana, que también es la estrella de la tarde, Venus: ‘Oh, estrella, estrella: cuándo me darás una cita en tu mundo de certeza perenne’. Esa es mi actual situación. Les confieso que no me angustia demasiado”, dijo Gutiérrez Vega en el acto.

Para ese momento, Juan Domingo Argüelles ya había recordado que el poeta jalisciense nos enseñó a hablarle de tú a la poesía, despojó a la sacrosanta lírica de sus mantos solemnes, que ocultaban su hermosa desnudez, y la puso a hablar en cristiano y no en culterano.

“Nos mostró que el poeta y el lector de poesía son, tal como aseguraba García Lorca, gente que anda por las calles, y no patitiesos engendros de la solemnidad, que esperan caer el noche para salir de sus guaridas oscuras y tenebrosas, a llenar de ripios y plumas, las alas atiborradas de cursis pudibundos”.

De diferentes formas, Hugo Gutiérrez Vega metió en la poesía lo mismo a Grecia, que a la reina Victoria y a la reina Margot; a la abuela que hablaba con pájaros creyéndolos ángeles, que al perro de la carnicería.

“En su ecuménica poesía tienen cabida todo el mundo: los poetas mismos, las cosas, los pájaros, la mujer, su mujer, las mujeres, su hijas, el amor, la tristeza, la oda y la elegía, pero también el humor, la gracia: junto a los soles griegos, la mismísima Borola Tacuche de Burrón”, destacó Juan Domingo.

Un hombre bueno

La idea de la sesión era celebrar la trayectoria de Hugo Gutiérrez Vega; difícil hacer una revisión de sus múltiples facetas en tiempo limitado, por lo que la mayoría se centro en el poeta, en el dueño de una obra en la que hay un innumerable cantidad de referencias librescas, si bien en su poesía buscó la sencillez estilística y “huyó como perseguido de guerra del metaforeo, de la decoración parnasiana o de la abstracción”, de acuerdo con Marco Antonio Campos.

“Él ha dicho que quiso hacer con su obra una bella biografía, pero ironizando sobre sí mismo: fue como pocos un poeta viajero, conoció ciudades y pueblos del mundo, pero siempre llevó sobre los hombros la Guadalajara y el Lagos de Moreno de la niñez.”

Sin embargo, Grecia fue su Ítaca y no Lagos de Moreno ni Guadalajara, las ciudades de su infancia, pero “creo que para ser el gran amigo que es, el hombre bueno que es, el corazón que tiene, no ha necesitado partir a ninguna parte, ni regresar de ninguna parte. Lo ha sido desde siempre y quedará en un siempre”, a decir de Marco Antonio Campos.

Ya el periodista Luis Tovar había leído sus primeros apuntes para una semblanza de don Hugo; ya Augusto Isla lo había definido como un torrente de vida o de muchas vidas, comprometida a su manera y a la par prudente: dueño de una presencia poderosa y de una poesía que lleva la impronta de su peregrinar, el misionero de tierras extrañas, el escritor que vio poblado su mundo por la figura femenina.

Un hombre con los pies puestos en la casa de la infancia, como solía decir el mismo Gutiérrez Vega, quien despidió la mesa de homenaje con la lectura de algunos poemas que fueron agradecidos con largos minutos de aplauso.

El homenaje de la musa

Una ceremonia de homenaje muy diferente a muchas: si bien sobre el amigo, el ser humano, se llega a hablar en estos actos, pocas veces la pareja sentimental toma la palabra y ayer lo hizo su pareja a lo largo de 54 años, Lucinda, quien tomó el micrófono para agradecerle todo lo vivido a lo largo de más de cinco décadas.

“Gracias por tu honestidad sin fisuras, por las infinitas veces que levantaste la voz, a pesar de las represalias, para denunciar lo que sucede en México desde que eras un fogoso orador de 20 años. Gracias por no ejercer la censura, aunque te haya costado, entre otras cosas, renunciar a Difusión Cultural de la UNAM.

“Agradezco tu paciencia y cuidados, la ternura, tu generosidad con los jóvenes; tus halagos y las impaciencias con los que correspondes a las mías. Te agradezco la libertad que has respetado en muchos órdenes y que a tu familia le das con generosidad ilimitada. Pido a dios que nos dé a todos su luz y su paz y su amor. Te digo, con Miguel Hernández ‘del almendro de nata te requiero, / que tenemos que hablar de muchas cosas, / compañero del alma, compañero’”.