“Hola, Ma: aquí en la tierra, no te olvidamos...”

La hija de la actriz Rita Macedo y el escritor Carlos Fuentes se dirige en esta carta a su madre al cumplirse 21 años de su trágico fin
Rita Macedo
Rita Macedo (Cortesía)

Ciudad de México

El pasado 6 de diciembre cumpliste 21 años de habernos dejado. O más bien, de habernos abandonado. Nunca había querido decir nada abiertamente, pero no porque no perdonara tu decisión, sino más bien porque no me había perdonado a mí misma el haberte permitido que lo hicieras. Sí... seguramente de nuevo me criticarán... Que si me tiro al piso... Que si saco trapitos al aire... Que si la ropa sucia se lava en casa... Que si me pongo de tapete (espero que tapete persa por lo menos). Pero la verdad, me vale. Tengo ganas de escribirte y que riamos y lloremos juntas de las barbaridades cometidas. ¿Sabes que Julissa sigue sin superarte, y recordando esos pleitazos que nos aventábamos a la mesa y donde los platos de spaguetti terminaban en la cabeza de alguna de nosotras? Y el buen Luis, cada año lo mismo: siempre se equivoca en la fecha de tu aniversario. El luctuoso, por supuesto, porque nadie supo nunca la verdadera fecha de tu nacimiento. Nadie me cree cuando les cuento que jamás celebramos ni tu cumple, ni el día de las madres, ni la Navidad. Tú no creías en esas cosas. Decías: “Hay que hacer promesas y cumplirlas todo el año. Igual con los regalos”.

Debes aceptar que tu carácter siempre fue fuerte. Tu apariencia dura. Se te tachó de soberbia, altanera y grosera. ¿Bella? ¿Inteligente? Sí. Siempre. Pero lo que pocos saben es que eras una persona extremadamente llena de ternura y muy necesitada de amor y que esa máscara de cuerpo completo que portaste siempre en público, era solo eso: un disfraz que protegía tu fragilidad emocional adquirida a lo largo de una infancia fría y solitaria en los internados donde te abandonaron y los golpes internos, invisibles, mentales, causados por una tardía y muy corta adolescencia, que a su vez se tornó en una pronta adultez no deseada, llena de compromisos laborales, matrimoniales y maternales. Ni nosotros tus hijos, ni tu ascendente carrera, pudieron jamás darte seguridad ni alegría plena. Tal vez eso solo lo conociste en la cúspide de tu carrera y mientras estuviste casada con papá y perteneciste a ese mundo pensante que tanto anhelaba tu intelecto. Cuando lo perdiste, te desmoronaste emocionalmente. Y con el paso de los años, también físicamente.

Pero tú y yo solitas pasamos momentos felices. Crecí pegada a ti en los foros de Televisa, en los Estudios Churubusco y América, en todos los teatros donde te presentaste. Me contabas cómo, cuando tenía unos cuatro años, te encantaba copiar de las revistas de modas las últimas colecciones de Dior y Channel y duplicarme los modelitos en miniatura. Cuando dormíamos juntitas, pedías te acercara la patita. Eso te daba mucha paz. Y cómo me dabas gusto cuando me entraban ataques de hambre en la madrugada y me acompañabas a buscar unos taquitos callejeros. No puedes negar cuánto te encantaba visitarme en Nueva York. Ok ok. Solamente cuando hacía frío. El calor nunca fue lo tuyo. Caminábamos por las calles, íbamos al cine, me acompañabas a la escuela y participabas en las clases como cualquier otro alumno. Tú siempre con tu abrigo de mink muy elegante, pero abajo de él, siempre en fachas. No así el día de mi graduación. Ahí sí te me pusiste toda nice y parecías la mami más orgullosa del universo. Lo mejor era cuando ensayabas tus personajes y pasabas horas hablando sola en voz alta y gritando por toda la casa. Las sirvientas salían corriendo despavoridas diciendo: “¡La señora está loca, loca!”. ¿Y qué tal André, ese novio vietnamita que tuviste? Al que le gustaba sacar la tienda de campaña en medio de la sala y hacer camping familiar. Aunque debo confesarte dos grandes vergüenzas que me hiciste pasar: una, el que me llevaras siempre a la escuela en bata y con la cabeza entubada. Rogaba yo porque me dejaras a una cuadra para que nadie te viera (mi mami la actriz... ¿con los pelos parados? ¡No!). Y cuando invitaste a mi maestra a que te fuera a ver al teatro. ¿Cómo se te ocurrió? ¡Salías desnuda en esa obra!

También hubo momentos feos. Acepto haber sido y ser una persona muy caprichosa y explosiva, aunque inocentemente, le atribuyo mi “locura” al hecho de haber estado en tu pancita mientras filmabas la película de La Llorona. Me espanté desde ahí, y nunca se me quitó la neurosis. Pero tú no te quedabas atrás. ¿Qué era eso de llamar al psiquiátrico cada vez que nos peleábamos, para que me llevaran a encerrar? ¿O esa necesidad tuya de correrme de la casa cada 15 días? Vivía con una maleta en la cajuela del coche por si acaso. Por suerte Julissa siempre me daba asilo. Pero lo que jamás te perdonaré es que me hayas hecho odiar a Serrat para siempre (y mira que tiene canciones bonitas). A que no recuerdas que cuando papá se fue definitivamente me sentabas en la sala a tu lado y ponías una y otra y otra vez esa pieza que dice: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar...”. Aun no lo supero. Como tampoco te mediste cuando yo, de unos 6 años, te vi trepada en la montaña rusa y luego en uno de esos paracaídas playeros, pues querías demostrarme que había que ser valiente. Yo lloraba y lloraba, primero abrazada a un changuito de circo y luego bajo una palapa. También tú tienes cosas que perdonarme, como cuando intentaste venderle un reloj antiquísimo a Claudia Islas y yo tuve el mal tino de cruzar por la sala en ese momento y comentar: “¿Por qué quieres vender ese reloj viejo que nunca sirve?”. Kaput la venta. Y cuando tuve la grandiosa idea de contarle a los sobrinos de Ernesto Alonso que su tío era maricón (en esas épocas no se usaba la palabra gay). Tú, que eras parte constante de sus elencos y dependías de él, quedaste desempleada de sus filas para siempre. Perdón, perdón.

Sí, pasamos por todo. Momentos felices pero también muy tristes: cuando perdimos a papá, cuando perdimos a Ron, cuando perdimos a Sheridan. Tus compañeros caprichosos pero entrañables. Pero sobre todo, recuerdo momentos angustiantes como cada vez que te acercabas a mi pidiéndome permiso: “Déjame ir ya”. Y siempre me aferraba a ti, rogándote: “No lo hagas”. Hasta ese domingo 5 de diciembre de 1993, ¿recuerdas? Entraste a mi cuarto ya tarde, me abrazaste por detrás y me lo volviste a pedir. Esa vez, sintiendo tu angustia y viendo el mal estado físico en que te encontrabas, simplemente te contesté: “Harás lo que tengas que hacer. Aunque me encierre en ésta casa, no podré vigilarte constantemente y, en cuanto me voltee, harás lo que quieras”. Mucho se dijo que si te había dado un infarto, que si tenías una enfermedad terminal, que esto que lo otro... Pero bien sabes que fue tu decepción laboral y el haber comenzado a escribir tus memorias, sobre todo la etapa con papá, lo que te hundió en un abismo sin fondo. Y así, ese lunes 6, le avisaste a Luis lo que planeabas hacer. Yo corrí a casa, rompí y tiré a la basura la carta de despedida que estabas escribiendo, te pedí esperaras a que regresara de trabajar para que platicáramos y, confiando en tu promesa, regresé a mis grabaciones en Televisa. No tardaste ni 10 minutos en salirte de la casa, meterte en tu coche y ahí, frente al portón, sacar esa pistolita que tenías bien escondida y... Lo demás ya es historia. Y yo, cargué durante años con la culpa de haberte dejado sola ese día, de haberte pedido que no lo hicieras dentro de la casa, y de haber roto esa carta que tal vez tenía respuestas que ya nunca podré tener. ¡Y mira que busqué en todos los basureros!

Desde ese entonces me prometí, te prometí, que algún día terminaría de escribir tus memorias. Son tan vivas, dramáticas y al mismo tiempo chistosas. Son una parte importante de la historia de nuestro país, de su sociedad, de una época de oro que cada vez se desvanece más. Pero no solo reflejan tu historia, sino también la de grandes figuras de antaño del cine nacional e internacional y sobre todo, de los inicios de papá, don Carlos Fuentes, quien alguna vez fue un chamaco enamorado, luchando por llegar a ser quien llegó a ser. Para ahorita ya debes saber que ese titipuchal de cartas que él te escribió, relatando su relación contigo, su esfuerzo por triunfar, todo lo bueno y lo malo que hizo, sus maravillosas caricaturas, son material que no me ha sido permitido utilizar para complementar tus relatos. No. ¿Por qué? Pues resulta que no son tus cartas, ni las mías, sino de quienes protegen su legado, y ellos dizque tienen la obligación de proteger su imagen (sí, ríete ríete). Solo espero que alguien allá afuera, algún día, se interese en comprarme esa colección o de perdis, tenga el valor de exhibirla. En fin. Such is life. Lo que sí te vuelvo a jurar, es que pronto terminaré con tus memorias, esperando que alguien valore su contenido y las publique antes de que pasen a mejor vida todos lo que, al leerlas, se identifiquen o conozcan a los personajes mencionados.

Y ahora, en éste tu aniversario 21, una vez más te recuerdo y procedo a la ceremonia acostumbrada. Poner alrededor de la pequeña cigarrera que yace en la sala con tus cenizas, un poco de tequila, una florecita, un cigarro, un chocolate. Sí... tu cigarrera de madera antigua. ¿Sabes cómo llegaste ahí? Pues fíjate que Luis puso tus cenizas en una urna re fea y te encerró en una capilla junto con tu odiada madre. Yo me dije: “No va a estar contenta ahí”. Así que, al poco tiempo de tu muerte y con la ayuda de dos buenos amigos, visitamos la cripta y abrimos la cajita. Con una cucharita de café (pero eso sí, con mucho amor) vaciamos en un calcetín lo que cupo de ti, sellamos con kola loka la urna y salimos pitando. Solo Luis sabe a dónde fue a parar la urna con la mayoría de ti, pero del bonchecito que se vino conmigo, gran parte vive aquí. El resto fue transferido a pequeños contenedores de perfume que me llevé de viaje y te fui depositando en lugares que creo te hubieran gustado: un frasquito en tu amado Nueva York. Otro en Venecia, donde me hiciste una piñata para mi cumple #4... una piñata tan tiesa, que los bambinos (que ya de por sí no entendían por qué los mexicanos se divertían pegándole a un cacho de cartón) jamás pudieron romper. En Zermatt, trepé hasta lo más alto que me llevó el funicular para depositarte entre las nieves suizas que te hubieran encantado. Otro poco quedó en Londres, donde fuiste tan feliz tomando esas clases de actuación que tan seguido hacían que olvidaras pasar por mí a la escuela. Y finalmente, en París, volaste por los aires desde un puente que daba al río Sena, frente a Notre Dame y ese increíble departamento en el que alguna vez vivimos y que llamábamos “La casa de los juguetes”. Una cosita nada más... Había mucho viento en París y las cenizas... pues acabé tragándome la mitad y sacudiéndome el resto.

Mamita, siempre te recordaré y amaré con todo mi corazón. Que el universo en su forma de Dios, o Dios en su forma de energía, te cuide siempre. Aquí en la tierra, no te olvidamos.