Carlos Kleiber

Semáforo.
Carlos Kleiber fue director de la Filarmónica de Viena.
Carlos Kleiber fue director de la Filarmónica de Viena. (Especial)

Ciudad de México

Hoy hace 10 años murió Carlos Kleiber.

El 30 de abril de 1981, en la sala Nezahualcóyotl, asistí al concierto más impactante de toda mi vida: la Filarmónica de Viena, dirigida por Carlos Kleiber: “Aceleraciones”, de R. Strauss; la obertura del Cazador furtivo de Von Weber; la 3ª de Schubert y la 7ª de Beethoven. Ahí debió quedar el concierto: perfecto, increíble, parecido a nada, antes o después. Pero no supimos quedarnos sin demandar más. Hubo un encore, una polka de Strauss que tuvo el efecto de la sonrisa y el gozo infantil de la velocidad y la precisión, pero desvaneció un poco el auténtico pasmo. Al salir, gente con los ojos llorosos todavía, alguno saltaba de júbilo y, mientras unos no dejaban de hablar, otros permanecían mudos. Hubiera querido regresar a mi casa caminando. Demasiado lejos y, además, quería también escuchar la confirmación de la apoteosis de boca de mi amigo y maestro Fernando Álvarez del Castillo. Y lo dijo: “Nunca vamos a oír nada semejante. Kleiber nos echó a perder todos los conciertos, de aquí en adelante”. Fernando escuchó después a Nikolaus Harnoncourt. Yo no, de modo que no puedo más que poner estas líneas como homenaje a quien me arruinó para siempre las salas de conciertos.

Kleiber nació en 1930 y se llamaba Carlos porque le cambiaron el nombre de pila (Karl Ludwig Bonifacius) durante su estancia en Argentina cuando, en 1940, su familia pudo huir del nazismo. Su padre, Erich Kleiber, el famoso director de orquesta, se negó a que Carlos siguiera la carrera musical. Se tituló de químico, estudió música a escondidas y comenzó a dirigir con un pseudónimo: Karl Keller. Nunca fue un músico convencional. Era famoso por extraño, huraño y raro. Poco a poco fue generando curiosidad entre los grandes: Georg Solti dijo que no podía descifrarlo pero intuía algo especial en ese director que hacía cosas raras con las partituras (a veces demasiado rápido, a veces muy despacio) y con las orquestas (como pedir que primeros y segundos violines articularan con distinto arqueo, cuando la moda Karajan exigía robotitos idénticos, por ejemplo). Ya en los años sesenta, el aura de curiosidad y misterio de Carlos Kleiber cobraba tintes de morbo. A su muerte, otro monstruo, Claudio Abbado, dijo de él: “Es uno de los más grandes directores de este siglo. Quizá el más grande”.

Lo demás es más o menos conocido: Kleiber podía exigir 30 ensayos antes de tocar en público (la mayoría de los directores tiene, si acaso, cuatro o cinco ensayos previos a un estreno), o repetir hasta el infinito alguna parte durante las grabaciones en estudio. Todas esas exigencias obsesivas hacían ver dos cosas: un carácter complejo, lleno de inseguridades, angustias y terror incluso, y un perfeccionismo indescifrable, que Charles Barber describe con una paradoja: “Era el control total y la total libertad”.

Y como me chocan las notas sobre música sin música, quiero recomendar muchísimo una oportunidad fantástica: si usted tiene acceso a iTunes Store, vaya cuanto antes y aproveche: las grabaciones completas de Carlos Kleiber con la disquera Deutsche Grammophon por un precio ridículo. Si quiere convencerse primero, entonces busque en este portal: http://www.carlos-kleiber.com/