El mural de Diego Rivera que estuvo 40 años bajo el agua

Se concibió como un mural subacuático por ser parte de una obra hidráulica, pero la pintura no resistió y debió ser restaurado. Es una de las obras menos conocidas del muralista.

México

Alrededor de 14 millones de personas visitan cada año el Bosque de Chapultepec. Pero pocos saben que en su segunda sección se encuentran dos de las obras más espectaculares del muralista Diego Rivera. Su historia está entrelazada con la historia del sistema hidráulico que, aún hoy, distribuye el 30% del agua que consumen los habitantes de la Ciudad de México.

Había costado diez años y varios millones de pesos traer las aguas del río Lerma a la ciudad. El que después sería llamado sistema Lerma-Cutzamala era el gran orgullo de la ingeniería civil mexicana a mediados del siglo XX. Por esa razón, sus artífices quisieron coronar el proyecto con las obras de uno de los artistas más reconocidos de la época.

Fueron el arquitecto Ricardo Rivas y el ingeniero Eduardo Molina quienes invitaron a Rivera a intervenir el Cárcamo de Dolores. Así se le llama al depósito donde finaliza el acueducto de 62 kilómetros de largo y 2.5 metros de diámetro que en su camino atraviesa la Sierra de las Cruces, gracias a un túnel de 14 km.

A la fecha, la obra hidráulica es presumida como una proeza humana por los pragmáticos, pues su realización redujo considerablemente los problemas de abasto de la ciudad. Pero a la vez es denunciada como un disparate por los defensores del medio ambiente, pues se ha perdido gran parte del caudal de los ríos y se utiliza una inmensa cantidad de energía para traer el agua desde lejos.

Pero en aquel entonces todo era entusiasmo, y Rivera realizó dos obras monumentales que fueron concebidas como un homenaje al agua: una fuente dedicada a Tláloc -el señor de la lluvia en las cosmogonías prehispánicas- y un mural que, además de relatar el origen de la vida, contendría entre sus cuatro paredes el elemento al que hacía honor: sería el primer mural subacuático del mundo.

Y lo fue durante 40 años, hasta que en 1992 las aguas fueron desviadas para salvar la obra plástica. Como era de esperarse, las pinturas originales se fueron desvaneciendo con el tiempo, por más que sus fabricantes hubieran prometido que su material resistiría el contacto con el líquido.

A pesar de la restauración que el Instituto Nacional de Bellas Artes realizó en la década de los 90, el mural fue olvidado y su acceso al público restringido durante casi dos décadas. Hasta 2010, cuando el conjunto arquitectónico, escultórico y muralístico fue nuevamente rescatado por el gobierno de la ciudad y el Fideicomiso Probosque Chapultepec.

También entonces se integró al Cárcamo una pieza sonora del artista mexicano Ariel Guzik, que al convertir en sonido la energía del sol, el viento y la lluvia, contribuye a crear la atmósfera contemplativa que Rivera había imaginado.

El origen de la vida y la lucha de clases

En 1927, Diego Rivera viajó a Moscú como parte de la delegación del Partido Comunista Mexicano, que participaría en las celebraciones del décimo aniversario de la Revolución de Octubre. Ahí se involucró con un colectivo de artistas interesados en el conocimiento científico, y ahí conoció la teoría de la vida del bioquímico Alexandr Oparin.

El muralista se basó en sus principios para pintar El agua, origen de la vida en la Tierra, donde representó desde los primeros microorganismos unicelulares, hasta peces, anfibios y humanos: un hombre negro de un lado y una mujer asiática del otro, como representantes de los primeros homo-sapiens.

En otra de las caras del mural, aparecen las figuras de unos cuantos ingenieros y obreros que trabajaron en la construcción del sistema Lerma-Cutzamala, como un homenaje del pintor hacia ellos. Y en el resto de los rincones se observan distintos usos del agua en la sociedad moderna, como la higiene y la agricultura.

Y también la recreación: a su hija Ruth Rivera la pintó nadando en una esquina, mientras que en otro extremo se observa una familia de cuatro que reclama beber unas cuantas gotas en medio de un paisaje árido. Este gesto es interpretado -según explica el guía del que hoy se llama Museo Jardín del Agua- como una autocrítica del artista que tantas veces planteó en su obra el problema de la lucha de clases.

Desde cierta perspectiva, el mural parece integrarse con una de las dos cabezas del Tláloc que custodia el Cárcamo en su exterior. La fuente, también realizada por el artista, fue concebida para apreciarse desde el aire y no está exenta de simbolismos. El señor de las aguas convive con peces y serpientes y sostiene en sus manos varias mazorcas de maíz.

“En esta fuente”, expresó alguna vez Diego Rivera, “tuve oportunidad de realizar la integración plástica de la pintura y la escultura, haciéndolas vivir dentro del agua”.



@EuCoppel