Calles peligrosas

Si se sabe lo que se quiere contar, entonces debe buscarse una manera diferente de fotografiar los acontecimientos.
Hay frescura hasta en los personajes secundarios.
Hay frescura hasta en los personajes secundarios. (Especial)

México

En México, la palabra güero tiene dos connotaciones, la más popular es la que se refiere a la persona con cabellos rubios o de tez blanca, la segunda es más violenta, porque suele insultar la potencia y facultad del pensamiento, pues significa estar hueco de la cabeza. Güeros, desde la primera secuencia, muestra que los acontecimientos de la película están hilvanados por esa mala costumbre que tienen algunos mexicanos de ser hueros, de no pensar —como ejemplo está el de arrojar globos llenos de agua a la gente que pasa por la calle o dejar caer ladrillos desde un puente en una vía rápida—. Pero no hay que malinterpretar, Güeros no es una mala película, al contrario, resulta todo un viaje, una aventura, una odisea donde los héroes no saben cómo regresar a Veracruz (¿Ítaca?). Están perdidos en el piélago urbano que va transformándose poco a poco en un inmenso océano de concreto que va desde las profundidades de los barrios bajos y sus calles sin salida, donde cualquiera de nosotros puede encontrarse a un chavo banda que propina zapes, amedrenta, chantajea, da miedo porque no se le ve el rostro y puede ser el demonio o sencillamente un ángel que salva la vida, hasta el mundo de los seres acartonados que resultan más hueros que nadie porque terminan deleitándose con la toma de Ciudad Universitaria para vivir un aquelarre, como si en eso estribara la fortuna de ser revolucionario.

Güeros muestra que el guión tiene una estructura bien urdida con la idea de enganchar al espectador de principio a fin; se nota la sinergia de la producción y dirección en un esfuerzo titánico por resolver los acontecimientos con la herramienta más importante que tiene el cineasta con pocos recursos económicos: la imaginación.

En la realización de la película, en su forma de estar contada, se nota la pasión, el gusto y la alegría de la creación, por eso hay frescura hasta en los personajes secundarios y tienen la fuerza para involucrarnos en sus deseos, en sus sentimientos, en sus encuentros y desencuentros, son un retrato emotivo bien construido.

Si se sabe lo que se quiere contar, entonces debe buscarse una manera diferente de fotografiar los acontecimientos. Aquí, el blanco y negro resulta un portento de estética cinematográfica, pero las actuaciones, el sonido y el trabajo de edición no se quedan atrás y, por supuesto, el valioso móvil que empuja la historia: la búsqueda de un músico mexicano que hizo llorar a Bob Dylan. Todos merecen el más sentido aplauso. ¡Felicidades!

 

Güeros” (México, 2014). Dirigida por Alonso Ruizpalacios. Con Tenoch Huerta y Sebastián Aguirre.