Ça ira: esperanza y rabia

Semáforo.
Franz Xaver Wagenschon.
(Especial)

Ciudad de México

Ça ira. La música era bien conocida: una contradanza compuesta por Bécourt y que la reina María Antonieta tocaba en su clavecín (curioso, porque siendo austriaca como Mozart pudo haber preferido el novedoso fortepiano). La letra sale de la respuesta de George Washington cuando le preguntaron sobre el proceso revolucionario de la independencia estadunidense: “Ah, ça ira, ça ira”, es decir, algo como “va a salir bien”. Washington hablaba francés con corrección gramatical, pero a los franceses les divertía mucho su acento y su pronunciación torpe; estaba de misión diplomática y gozaba de una enorme simpatía, por partida doble: para la Corona era un aliado contra los ingleses; para el pueblo, un republicano (la democracia no era el mismo concepto de hoy; se entendía solo como la democracia directa ateniense, mientras que Washington y los Padres Fundadores llamaban “República” a su sistema de representación política; es decir, lo que nosotros llamamos “democracia representativa”).

La letra fue escrita por Ladré, un soldado retirado que se ganaba la vida cantando por las calles. La versión original de 1790 (en YouTube: “chansons historiques de France 103: Ah ça Ira! 1790”) habla de los héroes que han de salvar el espíritu francés (“como predijo Boileau, el pueblo cantará aleluya con el clero”) y ensalza a los que habrán de regresar para salvar y guiar a todos: “el prudente Lafayette pacificará a todos”.

Canción tan simple —la letra original, llena de optimismo, de buena voluntad y de esperanza, en cosa de días se sustituye, en la versión de los sans-culotte, por un canto de enorme ferocidad: llevan 300 años prometiéndonos pan, tratándonos como bestias... “Ah, ça ira, ça ira/ Los aristócratas a los postes/ Ah, ça ira, ça ira:/ cogeremos a los aristócratas/ y cuando los hayamos colgado a todos/ les clavaremos la pala en el culo”. La letra es tan violenta que en la película Si Versalles pudiera hablar (de Sacha Guitry, 1954), Edith Piaf tuvo que cantar una versión censurada (también en YouTube: “Ça ira - Edith Piaf”).

La canción original, con su solista, corito y piano, es un entretenimiento de salón, sin brillos, de una esperanza casi fingida; la versión sans-culotte lleva flautín, tambor, solista y coros, y es imperativa, vivaz, excitante, para ir marchando en bola.

Ni María Antonieta ni el Delfín eran inteligentes. Hicieron el esfuerzo de adoptar formas del habla y mostrar empatía con una prole cuya opinión despreciaban, pero temían. No fue un intento sincero sino de supervivencia. No los conmovía la injusticia: querían mantener su alto lugar. Demasiado tarde. La plebe no los perdonó.

Digo, porque hay periodos en la historia en los que la lógica cede ante las pasiones y no solamente importa lo dicho sino quién lo dice, y cómo lo dice. La aristocracia intentó vestirse de paisana, e incluso intentó llevar a cabo propuestas que habían sido articuladas desde el pueblo, pero sus discursos y sus intentos de mimetizarse con las demandas populares fueron recibidos con rabia justiciera. No estamos ya en épocas revolucionarias. Pero, ¿ça ira?