“Todo es lo que es sin que nada resulte improbable”

Entrevista a Bruce Swansey.
Bruce Swansey.
Bruce Swansey. (Silvia González )

Ciudad de México

En Edificio La Princesa, Bruce Swansey explora un mundo poblado de niños y fantasmas, de crímenes y misterios. El miedo recorre cada página del libro, en el que tienen lugar la sevicia pero también la solidaridad y el afecto. Son once relatos en los cuales la memoria y el gusto por la oralidad juegan un papel importante, como lo explica el autor en la siguiente charla.


En la contraportada del libro se lee: “Edificio La Princesa es un homenaje a la infancia”. ¿Realmente es así?

Aunque el libro reúne relatos cuyos temas y personajes son muy diversos, tres de ellos son protagonizados por niños y me parece que son los primordiales. Los dos personajes principales son una niña en el umbral de la pubertad y un niño en esa edad en la que ya existe una plena conciencia de cuanto ocurre aunque todavía no haya palabras para definirlo. Es una edad en la que todo es posible, incluso la confusión entre el yo y el mundo exterior, entre el mundo psíquico y el físico. Por eso, cuando la niña le revela que ella vive en el mismo departamento, lo único que piensa él es lo “raro” que hay en este hecho puesto que nunca la ha visto en ese espacio tan pequeño. Pero en todo caso le alegra saber que no está solo. Como los demás personajes, tiene también la enorme necesidad de establecer contacto. Todo es lo que es sin que nada resulte improbable. Además, en la infancia se tejen amistades que lo son solo por el principio del placer, es decir, sin ningún cálculo.

Esas tres historias son las menos sombrías, las que afirman algo esencial: conservar la esperanza, un sentimiento parejo a la incertidumbre. Lo peor ha sucedido y por ello puede esperarse que el futuro sea menos aciago. Cuando todo ha terminado se puede volver a comenzar. A pesar de la soledad, del abandono y de la violencia, existe la posibilidad de ser redimidos. La solidaridad, el gusto genuino de la conversación, el entusiasmo por la aventura, posible aun en espacios confinados, la auténtica simpatía que nos permite calzarnos los zapatos ajenos y la disposición a jugar son elementos indispensables en una edad que todos deberíamos conservar. Esos niños del libro son extraordinariamente vulnerables y, sin embargo, gracias al vínculo que establecen, son capaces de vencer el miedo ante la naturaleza verbal de la violencia.


La voz de Federica, una de las protagonistas, recorre el libro. ¿Podrías explicar cómo construiste este personaje?

Adoro a las mujeres. Bueno, a algunas. De las otras es preferible no hablar. No hay huella de ésas en Edificio La Princesa, excepto Juana, que es algo más, una deidad que exige su dosis de sangre como la Coatlicue.

Federica es lo opuesto: lo mejor que puede existir. Es una doncella, una virgen cuya pureza es mancillada pero no su integridad, aunque la culpabilidad sea inevitable y común a todas las víctimas. Federica carga con la vergüenza de ser la víctima idónea. Y si se quejara, los victimarios afirmarían que no tiene razón. Siempre sucede así. Federica cuestiona al lector desde su inocencia destruida.

Federica vino a mí vestida como la describo y es el origen del libro. Su aparición fue una revelación. Luego fue cosa de seguirla. Federica está hecha de percepciones alteradas, de movimientos sorpresivos, de murmullos. Pero sobre todo es un personaje sereno. Quise evitar excesos basados en lugares comunes no solo en cuanto al tratamiento del espacio y el tiempo sino también en cuanto a las tramas. Creo que la mesura y el decoro de Federica determinaron la construcción del resto de los personajes que en todo son habituales, salvo por el hecho de estar muertos. Es a partir de ella que la atmósfera se convierte en un elemento primordial para crear una impresión específica. Creo que este personaje ejemplifica la importancia de la exploración del espacio interior, la angustia provocada por la vulnerabilidad de existir y la esperanza de salvarse, que todos compartimos por el hecho opuesto al de los personajes, es decir, por estar vivos. Pero lo que ocurre en Edificio La Princesa sucede al otro lado del espejo: es un reflejo del mismo mundo pero en condiciones de una ambigüedad fundamental. A partir de Federica los demás personajes acudieron y articularon su discurso, que por cierto es estrictamente individual. Ninguno habla con voz prestada. De allí que la primera persona del singular domine cada relato.


¿Cómo describirías tu libro?

En Edificio La Princesa cada relato explora un tema: la traición y la justicia, la amistad y la solidaridad, la compañía y la añoranza, la alegría sádica... En nuestro mundo la oralidad está casi perdida. Mi libro es resultado del placer de oír historias misteriosas a esa hora indecisa cuando la tarde pardea y es posible discernir presencias que pertenecen a otros ámbitos pero que súbitamente participan de la misma atmósfera. Y también es consecuencia de la voluntad de ver con el rabillo del ojo, lateralmente, cosas que no se ven mirando de frente. Solo la visión indirecta tiene acceso a esos otros ambientes. Cuanto sucede, acontece en los márgenes de la mirada. Lo escribí para compartir el gusto por lo misterioso y la voluptuosidad que el miedo produce. Escribir y leer son actividades que también cruzan umbrales. Ahora que el libro ha sido publicado, está fuera de mí y comienza una existencia independiente que toca decidir a los lectores.