Volar

Cuento de Bruce Swansey.
Volar.
(Especial)

Ciudad de México

Primero camino a grandes pasos. Tres, cuatro, al quinto reboto en cada pie como si saltara. Seis, siete, al noveno brinco gano altura y el último me impulsa hacia arriba, donde me sostengo elevándome. Leve, leve, una pluma se alza groovy. Me da un poco de miedo pero más gusto porque desde arriba veo todo sin que nada de lo que ocurre allá abajo se me escape ni me afecte.

—¡Camaronshine!

Miro las hortensias azules, a los chavitos jugando en el parque, a la vieja que lee el periódico sentada en la banca, a quienes se apuran para ir al trabajo, el perro que trota neumáticamente meándose de tramo en tramo, los coches que avanzan por la avenida y a la chava que casi atropellan en la esquina por cruzar la calle sin fijarse.

—¡Qué buen patín, carnal!

Luego comienzo a planear. Pura buena onda. Siento el viento en el rostro y en todo el cuerpo. Un aliviane, güey. Peso menos que una hoja de papel impulsada por el aire pero a diferencia de algo inerte gobierno mi vuelo. Asciendo y desciendo a mi gusto, cada vez más rápidamente, de tal forma que las golondrinas resultan lentas. Pero no hay acelere. Todo es suave. Las veo detenerse azoradas en el penacho de una gran palmera.

Algunos allá abajo se dan color de mi presencia y se quedan alucinando, ¿no?, sin poder creer lo que ven. Como los rucos que se están poniendo más gruesos que la caca de perro con los estudiantes, ¿no? Todos allí parados. Hasta los patos en el estanque. ¡Pinches rucos de mierda!

Desciendo en picada, feliz de que me miren ejecutar una proeza. Buena onda. Pero veo que se ponen bien intensos y escapan en todas direcciones. Me asusta el miedo que les provoco. Pero también me llena de alegría. Pienso que así deben sentirse los freaks en los circos.

—Estoy bien grueso, hijo.

Creo que por eso pierdo el control. Porque me doy cuenta de que tengo miedo. O de que soy incapaz de controlarme. Eso me saca de onda bien grueso, güey. Este viaje está tan heavy que ni siquiera sé cómo me veo. Grueso. A lo mejor algo se ha superpuesto a mi rostro y ya no soy yo ni mi apariencia es la de antes. A lo mejor soy horrible. Debo serlo por el pancho que arman los niños en el parque. Se me eriza la piel. Mala onda. Me espeluzno. Me clavo y paso muy cerca de algunos que huyen y gritan aterrorizados y asciendo a una velocidad increíble solo para volver a bajar dispersándolos. Qué onda. Soy el único que puede volar. Neta, güey.

Regreso a pie aunque por el esfuerzo que me cuesta caminar me exaspera la pinche lentitud. Caminando es muy difícil escapar. Serio, cabr. Nada se compara con volar. Lo máximo. No quiero hacer nada más. A la chingada todo.

Ignacio colgó todas las colas para orearlas y que se sequen. Son muchas. Resinosas. Sabrosas. Dentro del departamento crece un bosque al revés, las raíces en el techo. Avanzo apartándolas. Me detengo para saludar a los jefes de Ignacio que desde el estante del refrigerador me miran sonrientes. También saludo a doña Laureana, que vive en el estante inferior, muy cerca del foco. Paz y amor. Es una lástima que no tenga anteojos oscuros porque debe ser como vivir pegada al sol pero a ella no parece incomodarle.

Laureana in the sky with diamonds

Debe hacer calor porque en la mano derecha sostiene un abanico. Creo que está cerca del mar. Buena onda el mar. Me cae: puro purple sunshine, güey.

Saco una chela porque acá también hace calor. Una “Elodia”, ¿no? Es Semana Santa. Ahora entiendo por qué me costó tanto caminar de regreso. Es que el pavimento se ablandó como si fuera de chicle. Hijo de su puta, güey.

—Toma —me dice Ignacio ofreciéndome una cucarachona bien gorda.

—Para probar, hijo —añade, hablando para adentro.

El sol entra a raudales por la puerta abierta al balcón. Arrugo los ojos porque tanta luminosidad deslumbra.

—Lamparazo, hijo —dice Carola, gran sonrisa debajo de las gafas oscuras a la John Lennon. Bien chidas. Me cae, güey.

—Pura Golden —dice Ignacio poniendo un disco de Led Zeppelin.

Me echo en el colchón en el suelo al lado de Carola y fumamos escuchando la música. No hay prisa. Tenemos la eternidad para que resuene dentro.

Sta buenísima, cabr —digo súbitamente feliz y los tres reímos hasta que nos duele el estómago.

Cuando despierto Ignacio y Carola han desaparecido. En lugar de sus carcajadas escucho las carreras de unos niños. Sé que son niños porque los he visto afanados en sus juegos. Chido, güey. Busco a mis cuadernos sintiéndome muy extraño, con una ansiedad que me muerde por dentro. ¿Estaré erizo? ¿Será, güey? Tengo la sensación de que se fueron hace días porque las colas han desaparecido. En su lugar cuelgan telarañas. ¡Puta! ¡Se las fumaron los cabrones! Debo haberme quedado dormido y me abandonaron. Mala onda, güey.

Necesito encontrarlos. Pero mientras enciendo lo que queda del toque. Eso me aliviana un poco. Deben ser cerca de las siete porque la sombra comienza a inundar el apartamento y está más bien fresco. No sé por qué pero me acabo de dar color de que hace mucho no como. Pero no tengo hambre. Ni en cuenta. Ya hasta se me olvidó comer. Todavía tengo dientes pero no los uso. Por eso estoy tan flaco que si me quito la camiseta se me ven todos los huesos. A Carola le dicen Cletito por esqueletito. A mí La Marimba. ¡Qué hueva, cabr!

Me veo en el espejo del baño. Es mi nariz. Aunque me noto los ojos demasiado hundidos siguen siendo café claro, igual que el cabello que me cae lacio sobre la nuca. La piel estirada sobre la cara y la nuez disparada fuera del cuello. La neta, me aliviana no haber cambiado desde la última vez que salí a volar.

Dejo el departamento y me hundo en un estanque de sombra. Bajo al segundo piso donde me detengo porque me parece haber visto que alguien avanza lentamente desde el fondo del pasillo pero de pronto la veo sentada en el marco de la ventana. Un alucine la chava. Siempre está en el mismo lugar como quien espera distinguir algo allá afuera. Pero es imposible porque todo está muy oscuro y además frente a la ventana se alza una pared enorme y tan alta que incluso en los días soleados la luz llega hasta aquí sucia y debilitada, con hueva y de mala gana.

Alguna vez que no vaya armada se lo voy a preguntar. Es una chava todavía joven, una ñora muy elegante aunque viste un camisón muy delgado que me deja verle los pezones, muy acá, güey. Cachonda la güera; me cae, güey. Es raro ver a alguien así aquí porque los departamentos de la planta baja están ocupados por servidoras del placer que salen a trabajar con los murciélagos. A veces escucho sus alaridos y sus risas de hiena incendiando la noche. ¿El estrépito?, sí, el ruido de los muebles contra el piso como si cada noche los cambiaran de lugar.

El resto no es muy fino que digamos. Seguro que algunos carnales nomás cayeron. Paracaidistas. Pero la ñora no. Es alta, delgada, rubia. Muy pálida. Y carga una pistola con cacha de nácar. Una pistolita chida. Debe ser para cuidarse de la tira, que anda gruesa con eso de la Olimpiada. Como las moscas cuando va a llover. ¡Pinches perros!

La saludo pero ni en cuenta, sigue alucinada ante la ventana ciega sobre la que se acumula el polvo y las costras de lodo dejadas por la lluvia. Voltea y fija en mí sus ojos. Cuarzos azules que captan un resplandor de plata atornillados en una máscara de porcelana.

—Es aquí. En este lugar.

Asiento aunque no le agarro la onda de a qué se refiere. Mejor sigo hacia el pasillo oscuro y camino hasta el fondo porque Ignacio y Carola deben haberse trepado a la azotea. Les gusta mucho encaramarse en el tinaco más alto y darse toques allí. Alucinan que están en contacto con Isis. Carola es sacerdotisa de Isis. Muy densa, ¿no? Bien groovy. Por eso está pelona.

Cuando estoy por cruzar la puerta que se abre a la escalera de servicio oigo clarito una detonación que reverbera en todo el edificio. ¡Qué pinche sacón de onda, güey!

Me detengo jadeante, peor que cuando escalamos pachecos El Chico.

Entonces agarro la onda. Entiendo. Corro de regreso y otro estallido, esta vez muy cerca, me frena instantáneamente. El eco es insoportable. Las puertas se abren y cierran solas en la oscuridad. Espero y subo al descanso donde la güera está tirada. La bala le atravesó la cabeza y rompió el ventanal. Siento una ráfaga de aire frío. Y un perfume.

Afuera la escalera de hierro cruje bajo mis pies y en el primer descanso se estremece. Si me balanceo veo que se desprende un poco de la pared con un quejido chirriante. Podría caerse. Me cae, güey, no mames. Bastaría un movimiento brusco. ¡Qué loco! Eso pienso viendo el suelo de cemento allá abajo y lo que se siente estrellarse de cabeza.

Subo el último tramo de la escalera oxidada y tuerzo a la derecha. Los lavaderos desiertos bajo la luz de la luna parecen otro planeta. Los oigo reír. Deben estar por aquí. Les grito pero no contestan. Cuando llego a donde creí escucharlos su risa vuelve a sonar pero en otro lugar. A lo mejor viene de uno de los cuartos abandonados donde hace mucho vivían las sirvientas. Abro una puerta tras otra. Todos los cuartuchos apestan a humedad. Es un aire estancado como si cada agujero en los pisos estuviera rebosante de lodo. Hasta las ventanitas parecen abrirse al fondo de un pantano.

No los encuentro. Regreso a los lavaderos y me trepo al tinaco más alto, justo donde a Carola le gusta invocar a Isis. Coloco la escalera de madera a la que ya le faltan algunos palos. A cada paso la escalera se separa de la pared pero cuando me detengo vuelve a apoyarse. Hay que tener cuidado porque aquí no hay nada salvo el vacío. Desde que aprendí a volar puedo subir a sitios muy altos y desprotegidos y no me da miedo. Antes sudaba frío del acelere. Las palmas de las manos me dolían. Tampoco aquí hay nadie. Solo la noche que se abre como el océano. Sin límites, güey.

Me siento un rato observando el ojo de la noche eterna. La luna está llena y me llama. Siempre me ha fascinado pero más cuando está al alcance de la mano. ¿Es Isis? ¡Órale, maestro! Hora de volver a volar. Buena onda. No quiero hacer nada más. Por eso me levanto y abriendo los brazos me clavo.

Algo cae allá abajo rompiéndose en muchos pedazos. Yo en cambio alzo el vuelo.



*Edificio La Princesa, que reúne once relatos que pueden leerse como piezas sueltas de un enorme mural urbano, se presentará el miércoles 25 de noviembre en la Casa Universitaria del Libro (Orizaba 24, colonia Roma) a las 18:00 horas, con la presencia de Francisco Hinojosa, Juan Villoro y el autor.