Beckett o el silencio

Merde!
Bram van Velde murió en 1981.
(Especial)

Ciudad de México

juanamoza@gmail.com

Bram van Velde y Samuel Beckett fueron amigos desde los años cuarenta: un pintor que trabajó en lo “oscuro” —el arte abstracto— y un escritor de la última vanguardia del siglo XX etiquetado en el “teatro del absurdo”, aun cuando también era novelista. Los acercaba el silencio combatiente de la pintura y el trágico humor de la palabra. El pintor define al autor de Esperando a Godot: “Se lo ve muerto y es el más vivo. Se lo ve desguarnecido y posee una fuerza que da miedo… Es un espíritu que no ha retrocedido nunca: tiene las armas adecuadas para desarmar a los malhechores”.

La primera vez que Beckett escribió de Van Belde no utilizó una sola vez la palabra “color”. Habló de la “primacía de la visión”. Escribió: “Su situación es la de un imposibilitado que no puede actuar, en este caso que no puede pintar, cuando está obligado a hacerlo. El acto es el de un hombre que, imposibilitado, actúa, en este caso pinta porque está obligado a pintar”.

Van Belde se volvió una celebridad gracias al espaldarazo de Beckett en 1945. Llegó la fama para ambos pero ninguno de los dos hizo caso de ella. Sabios, entendieron que el camino del éxito es el mal del arte. Toda seguridad debe ser destruida.

El poeta francés Charles Juliet escribió Encuentros con Bram van Velde en 1978, que el poeta argentino Hugo Gola tradujo al español en 1993. Una década de encuentros entre el poeta y el pintor termina en un testimonio invaluable para comprender cómo dos artes distintas —la escritura y la pintura— se comunican sin recetas. El único método: la verdad del arte. Lo dice mejor la frase lapidaria de Beckett: “Para llegar a ser algo es necesario no ser nada”.

Quería recordarlo ahora en los 25 años de la muerte de Beckett, el 22 de diciembre de 1989. Ya había escrito del centenario de su nacimiento, en 2006, para la primera época del suplemento Confabulario. Ahí dije: “Quisiera terminar con el diario de Anne Atik, con el que termina el libro Cómo fue, publicado por Circe en 2005, ampliamente recomendado a quienes queremos descifrar a Beckett y seguir leyéndolo; acaso un día terminemos entendiéndolo:

 

22 de diciembre de 1989. Llama Edward. Ya pasó.

Edward nos ruega que vayamos al funeral, el 26 de diciembre. Marion, Josette Hayden, Barbara Bray con su hija Chechina. Edward, su hermana, algunos amigos y familiares de Suzanne, Jerome y su mujer, diez en total... Enterrado, tal y como él quería, cerca de Suzanne.

Aquella primera semana fuimos varias veces. En una ocasión, encontramos un billete de metro amarillento sobre la tumba, en el que alguien había escrito con letra pequeña: “Godot vendrá”.

 

Bram van Velde murió en 1981. Conoció a Beckett cuando el pintor prácticamente abandonó el arte pictórico, por la miseria y la soledad. Beckett le dio bríos. Dice: “Si no hubiera tenido a Beckett en 1940 no estoy seguro de que hubiera podido continuar… En él la palabra se convierte en vida”.

Pude ver en 2012 una puesta en escena de Peter Brook —los Fragmentos de Beckett—, en Nueva York. No es hoy tema de crítica teatral pero diré que fue la primera vez que pude captar el negro humor de la despalabra del dramaturgo para satirizar lo trágico de la vida. Sin dolor, con la risa como antídoto. Solo un director de la estatura de Brook logra el milagro de que las acotaciones en los textos de Beckett encuentren el tono, el ritmo y el timming justo de la escena como presencia viva.

Constantemente Godot, valió la espera.