Boñigas de bienvenida

Para Ricardo Blume.
Boñigas de bienvenida.
(Especial)

Ciudad de México

Los carruajes de la Edad Media cruzaban caminos por lodo, polvo y piedras. Vender, visitar a la familia, viajar a placer o, en el peor de los casos, llevar a un enfermo al médico. Pero algunos, muy pocos —dicen que solo las clases pudientes—, salían de su casa al estreno de una obra de teatro, a la comarca más cercana.

Ir al teatro una noche de estreno exigía vestimenta acorde. Se encontraban las familias ricas de la región y el acontecimiento requería el mejor porte. Ese día, el chofer cepillaba la crin de los caballos, del lomo a las patas, y una limpieza total al auto de aquel entonces. Era parte del rito. Los caballos de la carroza, alegres del peinado, comían su pastura y tomaban agua.

La ruta podía ser larga según la distancia de la casa al teatro de la ciudad: esos corrales de comedia donde los actores se preparan en su camerino, nerviosos, ejercitando sus cuerpos. Previo al inicio de la obra se asoman desde una ventana a la calle para observar cuántos carromatos hay frente al teatro. Cuando descubrían más de diez, empezaban a excitarse con el éxito de la noche. Nada es más placentero que teatro lleno el día de estreno.

Los caballos no entran a la función. Los caballos cagan. Defecan sin pedir permiso. Esparcen sus heces frente al teatro. Un cúmulo de mojones son testigos del éxito o del fracaso de la representación. Los actores que viajan para llegar al pueblo lo saben: lo primero que hacen al llegar a la ciudad es localizar dónde hay más estiércol, porque allí deben ir para una función callejera donde la gente se arremolina para verlos.

De esta historia nace la leyenda por la que los actores se gritan a sí mismos “¡Mucha mierda!”, como sinónimo de “¡Mucha suerte!”, a fin de recibir calurosos aplausos —de pie, mejor aún—, al terminar la función. Desde el siglo XVI llega la historia de las boñigas como germen de felicidad para los actores. Esa noche, la caca es lo más relevante. Por eso a la compañía de actores, en los caminos, les gritaban: “¡Que tenga mucha mierda en el próximo pueblo!” Por eso los actores en proscenio se desean “¡Mucha mierda!” antes de iniciar la obra. Por eso también dicen que pisar excremento es de buena suerte.

Fue en Francia donde nació esta tradición teatral y se propagó por Europa. Aunque los ingleses adoptaron el término ¡Break a Leg!, para desearse suerte. (Al recoger las monedas que aventaba el público al final de la función, con tanta inflexión corporal podrían romperse una pierna. Buena suerte es: “hasta romperse las piernas”, como una entrega al público.) Pero fueron los franchutes quienes impusieron merde en todos los idiomas para desear “mierda, mucha mierda en el teatro”.

La historia del mojón en el teatro es imprescindible para entender el nombre de esta nueva columna —palabra en su idioma original como homenaje a los franceses y al gran Alfred Jarry que estrena en 1896 Ubu Rey e inicia su obra con la exclamación ¡Merde!, y abre camino a la sátira teatral sobre las mentiras de la edad moderna: lo que un rey hace para sacarle dinero a su pueblo—. Columna que quiere ser una suerte de bienvenida a la crítica teatral que inauguramos: que quiere ser divertida, sana, crítica e irreverente. Esperemos que los comentarios de los lectores —y la gente del escenario— abran un debate posible sobre el buen y mal teatro de México y el mundo.

Ahora ya lo saben: entre más estiércol, mejor teatro.

¡Mucha mierda!