El virus y su antídoto

Bernardo Esquinca es autor de los libros Los niños de paja, Demonia y Mar negro, entre otros.
El virus y el antídoto.
El virus y el antídoto. (Especial)

Ciudad de México

Vivimos una epidemia de realidad. Los medios masivos de comunicación, empeñados en vender, no hacen más que someternos a sobredosis de noticias, atosigándonos con coberturas en vivo, resúmenes y análisis de lo que ocurre en el país, y en otros rincones del mundo antes inaccesibles. Habría que discutir si eso es, en efecto, la realidad, tergiversada a los intereses propios en muchos casos, pero nos desviaríamos del tema principal de este texto.

La literatura no es ajena a esta tendencia. Basta revisar los principales premios que se otorgan en el mundo para constatar que la mayoría de los libros que se galardonan son de corte realista, y hasta periodístico. Los escritores mexicanos son un caso especial: históricamente, han tenido una particular debilidad por la realidad. De la llamada Novela de la Revolución a nuestros días, la literatura dominante en el país es la realista y la histórica. Tanto así, que incluso los autores más reconocidos dentro y fuera del territorio nacional son aquellos que abordan dichos géneros.

Por fortuna, hay un grupo de escritores en México —pequeño, pero que crece rápidamente— que reniega del realismo, y que busca mediante la estrategia de la imaginación otras maneras de narrar el mundo en que vivimos.

De entre todos los géneros literarios, quizás el que ofrece el mayor reto para un autor es el terror. No solo porque está plagado de clichés, a los que se necesita dar la vuelta: también porque tiene poco prestigio entre críticos y académicos. La buena noticia es que cuenta con numerosos lectores. Un dato interesante: México es el país de Hispanoamérica donde Stephen King vende más libros. Los editores están comprendiendo este arrastre, e incluso un sello tradicional y conservador como Porrúa tiene ahora sus colecciones de cuentos de vampiros, zombis, y dos volúmenes bien anotados sobre la obra de Lovecraft.

Resulta tan sorprendente como paradójico que en el país en el que se festeja a la muerte de una manera tan peculiar, y donde la relación con la superstición y lo sobrenatural es parte importante de la idiosincrasia de sus habitantes, se haya escrito poca literatura de terror. Principalmente, se han hecho cuentos de fantasmas, desde que el Conde de la Cortina pasó a papel, a mediados del siglo XIX, la famosa leyenda de Don Juan Manuel. Pero el terror cósmico, la Weird Fiction y el Slasher, que poblaron la literatura anglosajona del siglo XX, han tenido que esperar hasta el XXI para empezar a inyectar ese urgente antídoto a nuestras anquilosadas letras. Son las nuevas generaciones, que crecieron empapadas de la cultura pop, donde los libros ejercen igual influencia que el cine, la televisión y los cómics, quienes se apuntaron a abrir nuevos caminos. Porque si esperáramos que una de nuestras grandes luminarias se ensuciara las manos, pasaría otro siglo. O más.

Hubo algunos que no tuvieron miedo, y es necesario mencionarlos. Fuentes y Pacheco coquetearon con espectros, pero los pioneros de la literatura de lo extraño en México fueron Francisco Tario, Guadalupe Dueñas y, sobre todo, Amparo Dávila. Ellos tendieron un puente que permaneció décadas a la espera de nuevos caminantes. Un vacío que intentó paliar la obra macheniana y, desgraciadamente aislada, de Emiliano González.

Decir los nombres de los que ahora se atreven sería injusto, porque siempre hay omisiones. Lo importante es que la literatura mexicana se está liberando de prejuicios. Que hay autores nacidos en los setenta, ya reconocidos, que apuestan por los mal llamados “subgéneros” (terror, ciencia ficción, fantasía), renovándolos sin complejos. Y que viene nueva sangre, fluyendo fuerte, para mantener la continuidad.

A mi juicio, las plumas convocadas en esta pequeña muestra son cuatro interesantes ejemplos de lo que los más jóvenes están haciendo con la Weird Fiction y el terror en  México. Algo imprescindible en nuestros días, pues como señaló el estadunidense Thomas Ligotti: “Solo podríamos escondernos del horror en las profundidades del horror”.

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