Benjamin en la era del selfie

Archivo hache.
Walter Benjamin.
Walter Benjamin. (Especial)

Ciudad de México

Walter Benjamin decía que la fotografía nos permite conocer aquello que llamó el “inconsciente óptico”. ¿Se sostiene hoy su idea?

Benjamin empleó ese término en su ensayo “Pequeña historia de la fotografía” de 1931. A más de ochenta años de la idea de Benjamin, ¿qué momento vive la fotografía? El selfie.

Como todo en Benjamin, el “inconsciente óptico” es una tesis no completamente desarrollada. Benjamin todo lo escribió en apuros.

Pero, según él, la cámara tiene la capacidad de registrar percepciones que normalmente escapan a nuestra atención. Algo que el ojo humano no puede ordinariamente captar y que la foto, sin embargo, atrapa, hace visible.

Hoy podemos pensar que Benjamin, sencillamente, favoreció demasiado al cine y la fotografía, dándoles excesivo crédito. Pero pensamos más allá de esta impresión.

¿Qué pasaría si efectivamente la fotografía del siglo XX hubiera conseguido abrir una oportunidad de acrecentar la psique? ¿Qué pasaría si la fotografía abriera el acceso al inconsciente óptico, tal como el psicoanálisis lo hizo con el inconsciente pulsional?

El selfie, entonces, sería la forma en que el ojo humano desea sabotear la visión de la cámara que, según Benjamin, revela una realidad desconocida.

Hoy, para estropear lo que la fotografía podría mostrarnos hemos decidido llenar el lente con lo más reaccionario que existe: nosotros mirándonos a nosotros mismos mediante la imagen que queremos que otros tengan de “nosotros mismos”.

El discurso sobre la fotografía que dominaba en los años previos al boom del selfie decía (sobre todo en Internet) que la fotografía de guerra ya había perdido su capacidad de intranquilizar o movilizar conciencias, que no tenía mucho caso circular fotos de desastres, atrocidades o guerras, que nada se conseguía, que la fotografía había perdido su efectividad.

Y luego llegó el auge del selfie. Toda la Red se inundó de selfies —casi habían tantos selfies como porno— y gracias al selfie la cara de la gente revivió la confianza en el poder de la fotografía de capturar algo “relevante” y, sobre todo, la cara de la gente logró tapar cualquier otra cosa que la fotografía podría registrar.

La fotografía de principios del siglo XXI pasó de la posible emergencia del inconsciente óptico (el no–yo) al rotundo hit del selfie total.

De esta situación podríamos derivar una lamentación moral contra el selfie o una de esas ironías californianas que congratulaban tanto a Baudrillard.

Pero propondré algo distinto: el selfie como intento desesperado para tapar la realidad con la imagen que deseas que otros tengan de ti mismo no perdurará.

Por más que el selfie desee llenar el espacio total de la fotografía, el Inconsciente óptico no tardará mucho en disolver al nuevo Ego foto–global.

Algo sucederá en la cámara que quebrará el intento del selfie de convertir la lente en un espejo más.