Teatro: Bardolatría WS /II

La necesidad de meterle mano a Shakespeare no ha respondido a modas, al espíritu de cada época o al pulso creador de quienes lo hacen.
La manía de meterle mano no ha parado.
La manía de meterle mano no ha parado. (Especial)

México

A William Shakespeare se le atribuyen entre 37 y 39 obras dramáticas que —como decíamos en la entrega anterior— han sido sometidas a todo tipo de transformaciones, metidas de mano (a sus huesos literarios) o transubstanciación que a muchos puristas ha causado dolores de hígado y han tenido que salir en defensa del Cisne de Avon en distintos momentos. Y, sin duda, la “bardolatría” que Shakespeare ha despertado en distintas épocas ha llevado a estudiosos y fanáticos a procurar hallar o empatar la versión más pura de alguna de sus obras de la que existe más de una versión original, por ejemplo; o han provocado la dedicada búsqueda de años de alguna de las obras perdidas como el Cardenio, inspirada en un episodio del Quijote de Cervantes. Es decir, arduos trabajos de academia descansan en la búsqueda de la coma perdida o la acotación jamás hallada (porque nunca puso una), y en el enojo y frustración que produjeron las continuas modificaciones que las obras shakesperianas sufrieron al poco tiempo de haber muerto y que no han dejado de ocurrir.

William Devenant presumía llevar la sangre de Shakeaspeare en sus venas por un devaneo de su madre dadas las continuas paradas que el bardo hacía en la Taberna de sus padres en Oxford, cuando viajaba de Stratford a Londres o viceversa. Pero la gracia de Devenant no solo fue la de ostentarse como hijo bastardo del genio sino en ser el primero en modificar de manera sistemática sus obras. Ya entre 1660 y 1664 había hecho adiciones importantes a Los dos nobles caballeros, Sueño de una noche de verano y Hamlet. Y desde entonces tal manía de meterle mano a Shakespeare no ha parado. En 1681 Hahum Tate juzga inmoral y poco adecuado el final de Lear y le da otro completamente feliz, en el cual el rey sobrevive al igual que Cordelia, que casa con Edgar, el heredero legítimo de Gloucester. Y por sorprendente que parezca, durante 150 años no hubo otro Lear que se representara en Inglaterra que no fuese la versión de Tate.

La necesidad de meterle mano a Shakespeare no ha respondido a modas, al espíritu de cada época o al pulso creador de quienes lo hacen. Como nos dice Alfredo Michel, nuestro más avezado especialista nacional, “Apenas restaurada la monarquía en 1660 […] los nuevos empresarios buscaron libretos antiguos que montar en nuevos teatros, ahora construidos al estilo italiano y no al isabelino, en tanto la producción dramática original crecía de nuevo. El fenómeno de adaptar obras de Shakespeare tiene, pues, orígenes poco glamorosos, como tantas cosas en el teatro”.