Bardolatría WS /y III

Un autor que traspasa cualquier frontera y se le puede escenificar igual en un pueblo michoacano en purépecha que en cualquier país asiático o africano.
Su "inteligencia teatral" lo hace gigante.
Su "inteligencia teatral" lo hace gigante. (Especial)

México

A William Shakespeare —mencionábamos la semana pasada— se le atribuyen entre 37 y 39 obras dramáticas, de las cuales al menos 34 son derivadas de otras obras literarias o libros de la historia de Inglaterra. Por poner un ejemplo que me es próximo por haber hecho un derivado minimalista del derivado magistral de William, el Otelo está basado en las Eccatommiti de Giovanni Battista Giraldi, mejor conocido como Cinthio de Ferrara, publicada en 1565 y retomada por el dramaturgo de Avon en 1604. Así que digamos que el fusilero mayor que fue Shakeaspeare (hombre práctico de teatro que modificaba sus libretos una y otra vez, que no les ponía acotaciones porque sabía lo que había que hacer en escena, etcétera), que no tuvo respeto por sus autores-fuente, ha perdurado navegando entre quienes le han correspondido con la misma moneda de manera inmisericorde y quienes, quejosos, reniegan de que no se le guarde culto fidelísimo. Lo cierto es que la inteligencia teatral del bardo y no únicamente su poesía (que es lo que valoran de manera exclusiva la generalidad de los críticos literarios) lo hace el gigante que es. Un autor que traspasa cualquier frontera y se le puede escenificar igual en un pueblo michoacano en purépecha que en cualquier país asiático o africano, y cuyos públicos lo sentirán propio sin modificarle nada.

El largo recorrido de este actor-dramaturgo-director por la historia es en sí mismo novelesco y lleno de misterios y contradicciones. La película Anonymous, de Roland Emmerich, desarrolla la teoría de que Shakespeare no fue Shakespeare, o al menos no quien realmente escribió las casi 40 obras que se le atribuyen. Fue una teoría que nació a finales del siglo XIX, por medio de la cual se consideraba que un hombre de la condición social de William no podía haber creado semejantes obras maestras. En fin, lo real es que las obras de Shakespeare no siempre han sido adoradas como hoy día. En el siglo XVIII y principios del XIX se les consideraba anticuadas y poco acordes con los tiempos que corrían. De hecho fue una de las razones, como ya dijimos en entregas anteriores, de tanto zarandeo a sus huesos literarios.

En México se le conoció al acercarse el fin de la Nueva España. En mayo de 1806 se presentó en el Coliseo Nuevo el Otelo en una temporada en honor del virrey Iturrigaray. Poco tiempo después, un cronista se quejaba de los viejos repertorios diciendo que Hamlet y La vida es sueño (de Calderón) eran unos “mamotretos insoportables” para el ilustrado público.

Hay Shakespeare para rato a 450 años de su nacimiento.