El ‘Barbas’: se aferró, pero valió

Desde pequeño tuvo suerte con la vida, con las hembras. Su alimentación no era común entre sus congéneres. Educación escolarizada no tuvo. Pero en el hogar aprendió lo necesario para ser útil a la ...
El ‘Barbas’: se aferró, pero valió
El ‘Barbas’: se aferró, pero valió (Luis M. Morales)

México

Tanto luchó el Barbas contra la muerte: se aferró a 20 uñas, le valió sorbete la descuadrilada, el vómito de sangre, las extremidades sin fuerza alguna, la tristeza que siguió al desconcierto... Lo arrastraron, ¿se arrastró?, hasta la orilla de la calzada, a salvo de los conductores de suburbanos o de cualquier otro chofer que lo rematara sin percatarse.

—Algo salió disparado; ten cuidado, amor, no lo vayas a rematar —dijo ella.

Al instante él disminuyó la velocidad hasta detenerse por completo; se orilló y descendió para inspeccionar la cuneta. Vio cómo el Barbas lo miraba antes de convulsionarse una vez más. Volvió al asiento del conductor. “Qué fue”, preguntó ella.

—Nada, un perro. Vamos o llegaremos tarde a la fiesta.

—Pobrecito. Súbelo y lo llevamos al veterinario.

—No tiene caso, estaba en el último estirón...

El pobre Barbas atropellado en la flor de la vida. No fue accidente: conductores hay que les encanta sentir el golpe en la defensa, ver el cuerpo volar desguanguilado hasta proyectarse contra el asfalto o el duro concreto de las guarniciones. Felices, buscan rematar a la víctima, congratulándose por la acción cometida.

—Céntralo, carnal; uno menos para la perrera municipal; uno más para el camión de la basura.

—Pinchi gente: tiene mascotas y no las cuida; en vez de que tengan a sus perros cuidando la casa, los echan a la calle para que se vuelvan callejeros.

—Es que sale caro mantenerlos, mi hermano: échale cuentas de cuántos kilos de croquetas se comen al mes y de a cuánto el kilo. Buena lana.

—Pues que les busquen asilo con gente responsable, no que éste ya chifló a su máuser. Luego ai se quedan semanas y semanas, hasta que se vuelven alfombra. En el basurero les quitan la zalea, la curten y la venden para cubiertas de timbales o congas y bongós...

—Ora sí te la jalaste, mi chofer, ora sí no te mediste...

—Neta que sí. Por ésta que sí.

***

Desde pequeño el Barbas tuvo suerte con la vida, con las hembras. Por suerte, tuvo una alimentación no común entre sus congéneres, rica en vitaminas, minerales y proteínas. A tiempo recibió las vacunas necesarias para tener una vida prolongada.

Educación escolarizada no tuvo. Pero en el hogar el Barbas aprendió lo necesario para ser útil a la familia y para defenderse en la calle, donde las broncas para defender el territorio estuvieron siempre presentes. Pese a su aspecto serio, amigos tuvo que, sobre todo en enfrentamientos colectivos, lo sacaron de apuros. El Jerry fue siempre su mancuerna: debido a la escasez de su estatura, ningún bravucón esperaba que atacara, pero Jerry se especializó en el golpe bajo, a la zona testicular, y el Barbas remataba con fulgurantes acciones.

En no pocas ocasiones, la discordia perruna contagia a sus dueños. A una reyerta sigue un pleito entre vecinos: porque uno dio un revolcón al otro; porque un macho asediaba a la hembra; porque los excrementos aparecían ante la puerta del más irascible de los condóminos y éste no conecta la lengua al cerebro para reclamar a la más pachorruda del edificio:

—Estoy harto, ¡pero lo que se dice harrrtooo, hasta el copete, hasta la madreee!, de recoger mierdas de perros ajenos, doña Elvia. O levanta las mierdas de sus animales o tendré que poner mi queja en la administración para que le cuide el culo a sus sarnosos animales...

—Sarnosa la más vieja de su casa, don Amarguro, aunque ella diga que es soriasis su roña. Ya quisiera usted estar tan sano como mis animalitos: cada que hay campaña de vacunación cumplo, y cepillo su pelo para que no lo dejen donde quiera, y sus croquetas tienen todos los complementos vitamínicos para que gocen de cabal salud, no como otros seres que andan por el mundo a la tose y tose por la fumadera, y tirando colillas por todos lados, contaminando el medio ambiente, ¿sabe usted que los filtros de sus cigarros no son biodegradables?

—Ni lo se, ni me importa, doña Elvia. Y si no quiere meterse en problemas levante el mierdero de su manada o aténgase a las consecuencias...

—Pues hágale como quiera, y modere sus palabritas: mis animalitos no hacen esa popó tan pestilente y lombricienta. Mis preciosos schnauzer están desparasitados y, para que se entere, mis preciosos usan Kleenbebé y se limpian con papel higiénico suave como pétalos de rosa, y no es que ande de fisgona, pero humanos hay que exhiben en el tendedero sus truzas manchadas de nicotina. Y no precisamente por fumadores, don Amarguro...

—¡Arturo!, doña Elvia: ¡Arturoooo!, aunque le cueste trabajo... pues para mí y para mis preciosos es usted don Amarguro, ¿escuchó bien? ¡A-mar-gu-ro!

***

Esa noche el Barbas volvía de una incursión a territorio enemigo; el amor por una morena rejega le dio valor para aventurarse por callejas oscuras, plagadas de baches y coladeras destapadas, que en caso de huída tornábanse trampas casi mortales.

El Jerry no lo acompañó y el Barbas fue sin vejigas para nadar. Volvía jactancioso, con ánimo de que alguien se cruzara por su camino para darle una buena zarandeada y mandarlo con la cola entre las patas. Pero no, nadie. Tan solo la luna lunera puso claridad a su paso, hasta que desembocó en la avenida iluminada.

Cruzó el carril que va de oriente a poniente. Y olvidó —tanta felicidad le embargaba, tanto se relamía los bigotes tras la mutua entrega con la morena— que de poniente a oriente arribaban las combis y pecerdas con su comprimida carga de seres humanos, colgados de los pasamanos, somnolientos, hastiados, cansados y sudorosos.

Mala suerte. Un parpadeo. La luz de los fanales en alto. Deslumbramiento. Golpe seco. Aires. ¡Sueeelooo! ¿Inconciencia? Y la lucha contra la muerte súbita que demoró, que no fue. El alma caritativa que le echa un lienzo encima. Una ración de agua. Los minutos, las horas: esa casi eternidad. Y el aferre del Barbas a 20 uñas, lucha canija hasta el arribo del nuevo sol.

El Barbas no puede levantarse. Las patas traseras se niegan a sus intenciones de levantarse y pegar carrera hasta su casa y acurrucarse en su colchón de hule suma forrado con franela, estampada con motivos de los 101 dálmatas, previa visita a la bandeja de las croquetas y a la charola del agua para remojar el gaznate. El sol calienta.

Los escolares lo miran, condolidos; las madres los apresuran para no perder la clase. Antes, las madrugadoras que vuelven de la lechería se apiadan y se desprenden de medio litro para el Barbas. Todo para qué: de repente un frenazo, chirriar de llantas, leve polvareda y descenso de los hombres con lazos y redes, prestos, puestos para impedir la huída. No hay tal y entre dos levantan al Barbas; sin contemplaciones lo arrojan al piso de la jaula y el conductor acciona la palanca de velocidades para el escandaloso arrancón que zangolotea la estructura de la perrera municipal.

Libró el Barbas la muerte súbita. ¿Gas? ¿Garrote vil? ¿Qué muerte le espera?

Los días pasan, los chiquillos extrañan al Barbas, pero los adultos suponen:

—No den lata. Seguro que anda de caliente, en brama, y al ratito vuelve.

*Escritor. Cronista de "Neza"