La cultura no paga

Los paisajes invisibles.
La cultura no paga
(Especial)

Ciudad de México

Aunque no lo parecía, el presidente Enrique Peña Nieto lo dijo muy bien: en México, la corrupción es un asunto cultural. Ocurrió en Conversaciones a fondo, emisión organizada por el Fondo de Cultura Económica por su 80 aniversario, en la que en vez de abordar la historia, logros y proyectos de la institución, EPN elogió la reforma energética en aquellos días de vino y rosas en los que todas sus iniciativas se aprobaron con rapidez de terciopelo, nadie imaginaba que el país se iba a incendiar con el crimen de Ayotzinapa.

La corrupción es un problema cultural, casi verdad irrefutable, porque a diario nos enteramos de transas descomunales al amparo del puesto público, el tráfico de influencias, la información privilegiada, la confabulación con grupos políticos o politiqueros peregrinos. Y no obstante, en el país nunca pasa nada, los bribones se salen con la suya, son la foto o el encabezado fugaz y luego quedan libres para gastar a sus anchas la fortuna que robaron. ¿Quién recuerda puntualmente los nombres de los más de mil y un rateros que llevaron a un estado, un organismo, un banco, un sindicato o un gobierno a la bancarrota? El sector cultura no es la excepción. Bastaría con un balance del Conaculta en cualquier sexenio, con rememorar las vidas de lujo y también de vino y rosas que los presidentes, los funcionarios y sus cuates (esos empleados de confianza que se llaman “asesores”) se dan por breve que sea el encargo, sin que nadie del gremio alce la voz, nadie se indigne con las triquiñuelas que, las más de las veces, se disfrazan de “obras magnas”, ahí están la Biblioteca José Vasconcelos, el Centro Cultural Elena Garro, los Estudios Churubusco, la Cineteca Nacional.

Pero el tema de esta columna no son las estafas ni las cuentas turbias ni la desfachatez de los burócratas culturales, muchos de ellos creadores inclusive, sino el alucinante funcionamiento administrativo del sector, que ha hecho a los proveedores (y no hablamos de catering o de reparto de garrafones de agua sino de artículos, ediciones, conferencias o talleres) sudar la gota gorda, poner en riesgo su identidad e información, penar de mail en mail o de una oficina a otra por el único afán de cobrar algunos pesos por un trabajillo para el INBA o Conaculta que en este país de becarios tax free, de actividades protocolarias por las que se tira la casa por la ventana y de listas VIP, mantiene en pleno siglo XXI a un monstruo menesteroso y cicatero en materia de honorarios.

Para empezar, si se pretende cobrarle a la cultura institucional, es necesario proporcionar identificación oficial, constancia de situación fiscal, CURP, comprobante de domicilio, currículo, copia de CFDI y comprobante de cuenta bancaria, todo escaneado y por rigurosa vía Internet, y aquí empieza el problema, porque se trata de documentos invaluables y en este país donde la transa, dicen, es de orden cultural, bastaría con que algún malicioso pulsara la opción reenviar para que aquello viaje a la velocidad del sonido a cualquier alcantarilla de la web (de los hackers mejor ni hablamos), y la información de toda una vida sirva para sabe dios quién o para qué (preguntas obvias: ¿no bastaría con la CFDI, ya que Hacienda nos impuso el mentado recibo electrónico con la FIEL que, no se nos olvide, contiene nada más ni nada menos que nuestros datos biométricos? ¿Y el aviso de privacidad y resguardo de dicha información?), aunque sigue lo peor: el pago nunca llega, se acabaron los recursos, termina el año fiscal. ¿Y el trabajo realizado a veces bajo presión, los documentos escaneados, el cinismo con que se notifica que se esfumaron los tres pesos prometidos y ni hablar, se nace para perder?

En las últimas semanas he escuchado crónicas de delirio y frustración de algunos amigos, creadores por cierto, que a pesar de la errancia sin fin se quedaron sin sus emolumentos en el INBA y Conaculta, y me pregunto por qué diablos la SEP conserva una estructura obsoleta, inútil y mezquina; por qué no se lleva a cabo una reforma administrativa que acabe con la política morosa, miserable y fraudulenta del sector cultura, un ente que en el México de funcionarios de cuello blanco (creadores algunos de ellos), becarios tax free, celebraciones pomposas y listas VIP, aspira a que sus proveedores presten los servicios por puro amor al arte.