“¿Quién eres? Aureliano, me dijo”

Hace 3 meses el pintor afincado en Guadalajara dio las primeras pinceladas a un cuadro que le quita el sueño y es un homenaje al recién fallecido Premio Nobel de literatura. Afirma no tener prisa ...
En primer plano Saavedra, al fondo, avance de la obra que realiza y en la que explora la obra cumbre de García Márquez
En primer plano Saavedra, al fondo, avance de la obra que realiza y en la que explora la obra cumbre de García Márquez (Carmen Saavedra)

Guadalajara

Uno se siente cerca, muy cerca. Te lo resumo así: yo a Cervantes nunca le pude dar un abrazo y al Gabo sí. Hay una cosa que se llama química, más allá de lo intelectual. Y es la química de la amistad. De Ahí vengo. Estoy conmovido.

Sí”. A la pausa, le sigue un relato delirante del cuadro en el que Waldo Saavedra (La Habana; 1961) está enfrascado desde hace un año. Se trata de Cien años de soledad, una interpretación de la novela cumbre del premio nobel fallecido apenas el pasado jueves 17 de abril.

La idea le comenzó a dar vueltas hace casi cuatro años. Y fue en una comida con el Gabo que una broma lo empujó a ponerse, literalmente, manos a la obra.

“Me contó que estaba pintando; y yo le dije que entonces yo me metería a escribir. Nos reímos”. En marzo de 2013 el pintor realizó las primeras escenas de una tela de 2,50 por 1,95 metros, que en sus comienzos, se percibe alucinante.

“No tengo prisa por terminar. Cada escena me cuesta nadar en aguas profundas para decidir sus aspectos fundamentales”.

Con un relato de esa magnitud, ¿por dónde comenzó?

“De pronto se me ocurre empezar por Adán y Eva, porque creo que Cien años… es muy bíblica. Pero aquí en mi cuadro, Adán y Eva son los papás de García Márquez y la mamá está embarazada y de ese manzano que está al pie de ellos, sale ese río de agua, y en el árbol además de manzanas hay un mamey colorado, que está ofreciendo la serpiente porque el mamey es más rico. La cuestión es que sale de ahí el río de aguas diáfanas y empieza a aparecer el paraíso, por supuesto: desde aquella armadura que unos días o unas líneas después encuentra José Arcadio con el imán que le negocia Melquiades. Y por ahí surgen las sirenas tetonas de la ciénega, pero al final si sigues la pista de esas aguas diáfanas donde está nadando Shakespeare y Cervantes y pasa por encima de la diosa de la sabiduría, cuando llegas al otro extremo, hacia la derecha, te encuentras la feria de los gitanos. Ahí, Carlos Saura, el cineasta, muestra el hielo, y dentro del bloque el fusilamiento que hizo Goya cuando la ocupación de Madrid. Encima, montados en los caballos de un carrusel, aparecen Hernádez, Lorca, Dalí. Junto, Serrat y Sabina, y Aute, está todo el mundo. Me doy cuenta que llego al extremo y que se puede leer también de derecha a izquierda porque cuando la novela dice: “muchos años después frente al pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía recordaría aquella tarde en la que su padre lo llevó a conocer el hielo, dices, ¡guau! Empieza la historia también de aquí para allá”.

Ha memorizado al menos una parte de cada capítulo...

“Leí Cien años… en la secundaria, y a veces, como cuando leía historias de Salgari y me creía pirata y corsario, con Cien años..., comencé a convertirme en un mujeriego tremendo como José Arcadio; en un loco, como Aureliano, y me pasaron cosas así.

Desde que llegué a este sitio donde vivo, mis amigos llaman a esta casa Macondo, porque a veces sucede que en las comidas la mesa no alcanza, o los animales se cruzan pelándose por la superficie, aquí parece que como decía Lennon, Nothing is real”.

También es rulfiano, interactúan vivos y difuntos…

“El primer personaje importante que pinto en el cuadro, es justamente Juan Rulfo, haciendo el papel de Arcadio Buendía, amamantando.

Así empezó el proceso, y luego lo invertí, y se hizo más complejo.

Lo mejor de todo es que todos se van a morir”.

¿Qué le ha implicado la realización de este cuadro?

“Sentí la necesidad de regresar por aquellos lares donde habían andado, intelectuales y físicos, para constatar de nuevo que hay muy poca diferencia entre estos pueblos donde hablamos la misma lengua. Y si te vas al final te das cuenta que esa ciudad, como dice el Gabo, fue un gran espejismo, una historia prácticamente auspiciada, por Melquiades”.

¿Y se sabía de memoria la historia del continente?

“Tuve grandes maestros de historia y aparte de eso, lo que pasa es que el primer país en el que estuvo el Che fue Guatemala y salió corriendo de ahí, perseguido, por eso termina en México. Y en el gobierno de Perón persiguieron a Atahualpa Yupanqui; en realidad en los sesenta con esa especie de revolución que hubo pasó algo muy interesante, la gente que fue perseguida, de algún modo se convierte en ejemplos a seguir”.

¿Cien años de soledad, le da la coartada para contar algo que ya venía contando en sus cuadros anteriores?

“Sí pero tiene otro peso específico porque es Cien años… y porque estoy redescubriendo mi historia o la historia nuestra, que eso para mí es importantísimo. Y, además, si soy congruente, como dice el Gabo: ‘las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra’. Se acabó. Estamos  hablando de todo”.

Es delirante la sucesión de personajes que convoca y su tejido con los de la novela…

“En los días que amanezco con el cuadro realizándose, ¡no duermo!”.

¿Y el Gabo? ¿Quién es en el cuadro?

“Eso sí le pregunté: si tú fueras uno de los personajes, ¿quién eres? Aureliano, me dijo. Y yo así lo había pensado desde el principio”.