Atzimba, el amor en tiempos prehispánicos

La puesta en escena de la ópera de Ricardo Castro fue ovacionada en su primera función en el Palacio de Bellas Artes después de casi 42 años.

Ciudad de México

Presentada como zarzuela el 21 de enero de 1900 en el Teatro Abreu, la ópera Atzimba del compositor y pianista duranguense Ricardo Castro, fue revisada por su autor y estrenada el 10 de noviembre del mismo año en el Teatro Renacimiento. Con un elenco encabezado por artistas italianos, el autor fue aclamado más de 12 de veces durante la función.

En 1928, aunque no se había concluido la construcción del Teatro Nacional, que luego sería rebautizado como Palacio de Bellas Artes, la ópera volvió a presentarse. De acuerdo con una crónica de la época, "el 16 de septiembre cayó en domingo (...) se cantó Atzimba de Castro, dirigida por el maestro José F. Vázquez... No tengo la menor idea de cómo fue la representación, solamente recuerdo el cascarón que era el teatro sin butacas, sin decorado interior, pero sí nos hizo impresión el telón y el plafón de cristal".

Como parte de las celebraciones por el 150 aniversario del nacimiento de Castro, la obra fue reestrenada en Durango el 7 de febrero, luego de que Arturo Márquez orquestó el material del segundo acto, que se había perdido luego de presentarse en el Palacio de Bellas Artes en 1952. La noche del jueves volvió a Bellas Artes, y aunque ahora no se pudo ver el plafón de cristal porque la escenografía no lo permitía, Atzimba conquistó al público que, por fortuna, sí contó con butacas cómodas para reencontrase con una de las primeras óperas de un autor nacional.

Atzimba se basa en una leyenda tarasca, situada en la época de la conquista, en la que una hermosa princesa purépecha se enamora de uno de oficiales de Hernán Cortés. Pero como la intolerancia no conoce fronteras, épocas o culturas, su amor está condenado. La sentida declaración de amor por la princesa del soldado español, Jorge de Villadiego, encarnado por un excelso José Luis Duval, fue saludada con un aplauso generoso, igual que ocurrió cuando la soprano Violeta Dávalos, como Atzimba, confiesa su pasión por el español, aunque por momentos su dicción no fue muy clara.

De hecho, aplausos y bravos se habían iniciado incluso antes de que diera comienzo la función de una ópera que, además constituir una leve denuncia de la conquista, al grito de "muera el invasor", es sobre todo una historia de amor imposible. Y, ya se sabe, este tipo de historias, incluso las trágicas, tienen gancho para atraer al público, sobre todo si se cuenta con un elenco efectivo como el de Atzimba, más el desempeño de la Orquesta y el Coro de Bellas Artes, dirigidos por el maestro Enrique Patrón de Rueda, que con ellos se siente en casa 35 años después de debutar en el Palacio de Bellas Artes.

El vestuario no busca ser una representación histórica, ni mucho menos, sino un trabajo que se engarza con la propuesta plástica de una escenografía austera, que rehúye los efectos especiales y las construcciones grandilocuentes. Un enorme espejo situado al fondo del escenario, inclinado, que también proyecta imágenes de nubes o bruma, refleja la acción y le otorga un tono onírico. Incluso deambulan incesantemente un par de mujeres con los senos al aire, cuyos movimientos pausados, más que distraer, contribuyen al tono sosegado de la ópera.

Atzimba se presentará nuevamente el próximo domingo a las 17:00 horas, para concluir las únicas dos funciones en el Palacio de Bellas Artes. Ojalá, como comentó Patrón de Rueda, alguien por ahí tenga el tino de promover otras funciones, tanto en la ciudad como en algunos estados de la república para que la obra de Castro se promueva y el público tenga acceso a una de las primeras óperas mexicanas que, cantada en español, tiene mayor efecto.