Atrofia millonaria

El valor de lo artístico queda también en manos del mercado, y es a menudo el dinero el que termina diferenciando y decidiendo la suerte de los propios artistas y sus obras.
Edgar Wind.
Edgar Wind. (Especial)

México

En su libro clásico Arte y anarquía el historiador del arte Edgar Wind explica que si bien en sus orígenes el arte estremecía la existencia tanto del artista como, potencialmente, del observador, se ha producido una progresiva atrofia que orilla cada vez más al arte a lo meramente ornamental, y apunta cada vez menos hacia las ambigüedades, contradicciones y enigmas que pueblan los lados más recónditos de nuestra existencia: “En nuestro tiempo, me parece que muchos artistas son conscientes, aunque no todos son tan ingenuos como para decirlo, que se dirigen a un público cuyo creciente apetito por el arte va de la mano de una atrofia progresiva de los órganos receptores. Si el arte moderno es en ocasiones gritón, no es solo culpa del artista. Todos tendemos a alzar la voz cuando le hablamos a personas que se están quedando sordas”.

Me parece que este fenómeno detectado con tanta agudeza por Wind se inscribe en un proceso más amplio, mediante el cual la palabra “democratización” se confunde con lo masivo o lo multitudinario, y de ahí la progresiva tendencia de complacer siempre
a la mayoría, a menudo a costa, como bien señala Wind, de cierto rigor, calidad o exigencia hacia el público. Al igual que en términos sociopolíticos, la democracia electoral no disminuye las desigualdades ni la brecha entre los ricos y los pobres —pues seguimos viviendo en sociedades cada vez más jerárquicas y estratificadas—, la masificación de lo artístico tampoco lo vuelve una experiencia vital relevante para la gran mayoría de las personas. En cambio, lo que sí ocurre es que el valor de lo artístico queda también en manos del mercado, y es a menudo el dinero el que termina diferenciando y decidiendo la suerte de los propios artistas y sus obras, muy a menudo por razones que no tienen que ver ni con la propuesta estética, ni con la destreza técnica ni con ninguna virtud de la obra en sí, sino más bien con cuestiones de relaciones públicas, fama y esnobismo. Como para corroborar varias décadas más tarde la hipótesis de Edgar Wind, ahora es incluso común que grandes magnates gasten fortunas en adquirir piezas (muchas veces para tener contentas a sus esposas) que cuestionan y exhiben la podredumbre del sistema socioeconómico que les permitió, en primer lugar, encumbrarse como tal. Pero ya no hay ninguna contradicción, porque el asunto consiste en mostrar que se puede adquirir la pieza de tal o cual artista, pero de ninguna manera tomarla tan en serio como para pensar en las posibles implicaciones sobre nuestra existencia como tal.