El barco ebrio de Rimbaud

El joven artista francés recorrió buena parte de Europa y varias zonas de Asia y África a pie, y aun embarcado a mitad del Mediterráneo extrañaba andar la tierra.

Ciudad de México

El poeta Arthur Rimbaud hacía unos memorables viajes a pie. De las rutas que iba haciendo no sería imprudente concluir que el poeta no caminaba con destino a algún sitio sino, al contrario, para alejarse del sitio donde estaba. Su vida fue un continuo escapar de su pueblo, Charleville, que lo atraía con una espeluznante fuerza centrípeta. Voy a anotar aquí algunos de los viajes a pie que hacía Rimbaud, basado en la cronología que establece el filósofo francés Frédéric Gros: en 1875 (nació en 1854) iba cruzando Suiza en un tren pero, en un punto determinado del trayecto, se le acabó el pasaje que había comprado y no llevaba dinero para completar lo que le faltaba, así que fue bajado del tren en la siguiente estación.

Lo último que dijo el poeta fue: "Deprisa, nos esperan", y murió en Marsella

Ahí el poeta se echó a andar, recorrió media Suiza, subió por el Paso de san Gotardo y llegó, exhausto, a Milán, Italia, en donde fue hospedado y socorrido por una mujer en la que sus biógrafos han querido ver a una misteriosa amante, un papel que pudo haber perfectamente desempeñado pero que no dejó huella, no con la intensidad que hubiéramos deseado sus lectores, ni en sus poemas, ni en sus cartas, ni en sus anotaciones. Desde Milán se empeñó en seguir andando hasta Bríndisi, pero entre Livorno y Siena sufrió una insolación que lo obligó a abandonar su caminata y a dejarse repatriar a Francia por las autoridades italianas. Fue depositado en el puerto de Marsella, un puerto recurrente en su historial, y de ahí viajó a París y luego a su odiado e inevitable Charleville.

Al año siguiente, 1876, se rapa la cabeza y siguiendo el vuelo de ese gesto aparentemente arbitrario, se pone a caminar con rumbo a Moscú, pero en Viena participa en una trifulca contra un cochero que le pega una paliza y lo deja mal herido, con el proyecto de llegar hasta Moscú pospuesto. Una vez aliviado de la paliza, se alistó en la marina holandesa y se embarcó en una misión a Java, de la que desertó al cabo de unas semanas porque al poeta lo que le gustaba era caminar y la cubierta del barco, para un hombre de sus ambiciones, debe haber sido un espacio claustrofóbico. Una claustrofobia rara, ciertamente, esa que lo atormentaba en altamar, a los cuatro vientos, frente a un horizonte interminable. "La tempestad ha bendecido mis despertares marítimos. Más ligero que un corcho he bailado sobre las olas", escribe Rimbaud en "El barco ebrio", ese brutal poema suyo, que quizá sea la suma de sus viajes y de su vida. Un poema que debería leerse todavía hoy, en voz alta, para electrificar la pudibundez y la mansedumbre que gobiernan el siglo XXI.

En 1877 Rimbaud se va caminando hasta Bremen, en el noroeste de Alemania, y de ahí hace el intento de embarcarse a América, pero algo sucede con su plan que se tuerce de manera muy vistosa pues el poeta, en lugar de embarcarse a América, termina atendiendo la taquilla de un circo en Estocolmo, Suecia. Aburrido de vender entradas, y de la claustrofobia que le producía la taquilla, regresa una vez más a Charleville, su pueblo. En 1878, el poeta se embarca en Marsella rumbo a Egipto, pero se enferma y lo devuelven a Francia. Ya desde ese año sus enfermedades comenzaban a interponerse entre él y sus caminatas. Unas semanas más tarde, ya recuperado, se va otra vez a Suiza y, andando, cruza nuevamente el paso de San Gotardo, llega a Génova y ahí vuelve a subirse a un barco, ahora rumbo a Chipre, pero en la primavera del año siguiente, 1879, vuelve a ser repatriado a causa de una fiebre preocupante; regresa, como en las ocasiones anteriores, a su amado y odiado Charleville.

Tantas veces quiso escapar Rimbaud de Charleville, y tantas tuvo que regresar, que el pueblo se convirtió en una suerte de santuario del poeta, lo cual es una curiosidad porque Rimbaud, donde estaba en realidad, era yéndose de Charleville; sin embargo, hasta ahí llegó otro poeta, Allen Ginsberg, y en 1982 escribió en su diario su experiencia en ese pueblo y en esa casa, cuyo magnetismo radica, curiosamente, en su capacidad de expulsar a Rimbaud, de echarlo fuera de la casa y del pueblo, de invitarlo a caminar para alejarse cuanto antes de ahí. Bajo el mismo hechizo de esa casa que echaba al poeta cayeron Van Morrison, Bob Dylan y Patti Smith, por citar otros tres que han contaminado su obra con la obra telúrica del poeta.

Con aquel viaje terminó la juventud de Rimbaud, y también sus poemas, a partir de entonces se empeña en ganarse la vida como comerciante, se encierra en la casa de Charleville con un altero de diccionarios de varias lenguas y se pone a aprender alemán, italiano, y lo intenta con el griego, con el ruso y con el español, hasta que un buen día vuelve a echarse a caminar y vuelve a embarcarse en Marsella, hacia Chipre, pero ahora continúa hacia adelante, rumbo al sur, deja atrás el Mar Rojo y se establece durante los siguientes 10 años entre Adén, en Yemen, y Harar, en Etiopía, dos poblaciones con un permanente calor de perros, donde intenta hacer fortuna con la compraventa de café.

Quiere dinero para por fin establecerse en algún sitio, probablemente a escribir, o a estar sentado después de tanto caminar, pero la fortuna no llega, por más que se esfuerza no la consigue y un día decide apostarlo todo en una sola expedición que, según sus cálculos, lo hará rico. Se trataba de conducir un cargamento de armas y municiones para el rey Menelik, que estaba en Choa, una población a 50 días de viaje a caballo por un camino escarpado y de sol abrasador. Rimbaud se echó a caminar por última vez, al frente de su caravana, en 1886; Ugo Ferrandi, el geógrafo y explorador italiano, vio partir al poeta y escribió esta línea en una carta a Ottone Schanzer: "Encabezaba la caravana, siempre a pie". Schanzer era un poeta que escribía piezas de ópera, por eso Ferrandi, que era un explorador hipersensible, le cuenta de la gesta del poeta francés, que tenía una épica de ópera.

El viaje de Rimbaud es un desastre, se mueren sus dos ayudantes en el camino y al final pierde todo el dinero que había invertido, regresa sin nada y con un dolor de rodilla que era el principio del final del caminante. El dolor se extiende a toda la pierna, no lo deja andar y, postrado ante la ruina que le han dejado sus 10 años de esfuerzo laboral, comprende que debe regresar, una vez más, a Charleville, y entonces vende sus bienes y organiza una caravana que ya no comandará caminando al frente de la expedición, sino desde una camilla que llevan sus ayudantes, seis hombres que se van turnando para cargar al poeta, durante los 11 días que les toma recorrer los más de 300 kilómetros que hay hasta el puerto más próximo. Pero a Rimbaud lo que le gusta es caminar y en ese viaje, además de la frustración de ir postrado en una camilla, está el dolor: "mi rodilla se hinchaba a ojos vistas y el dolor aumentaba continuamente", cuenta a su madre, en una carta, el 30 de abril de 1891. La fecha es importante porque el poeta está viviendo sus últimos meses. Después de esos 11 días devastadores de viaje en camilla en el que, solo por mencionar una contrariedad, estuvo 16 horas bajo la lluvia pertinaz, se embarca, en el Amazon rumbo a Marsella, otra vez a esa ciudad que ha sido, durante toda su vida, su puerta al mundo.

"He visto el sol bajo, manchado de horrores místicos, iluminando largos coágulos violetas", escribió en ese poema salvaje que he apuntado más arriba. Llegando a Marsella es internado en el hospital de La Concepción y ahí los médicos, después de revisarle la rodilla y la forma en que la infección se le ha expandido, deciden que tienen que amputarle la pierna, medida que toman inmediatamente para evitar que la infección le llegue al corazón o a la cabeza. Rimbaud se convierte en un caminante sin pierna y, para remediar esa desgracia, manda a hacerse una prótesis: "He encargado una pierna de madera, solo pesa dos kilos y estará preparada para dentro de ocho días. Intentaré caminar muy despacito con eso", le cuenta en una carta a su hermana Isabelle, el 2 de julio de 1891.

Unos días más tarde decide que, mientras le llega la pierna de palo, irá a pasar unos días a la granja que tiene su familia en Roche, cerca de Charleville, y lo hace en una carreta que lo lleva a la estación y, cuando llega, su hermana lo recoge en otra carreta; para todos es muy claro que no volverá a caminar, tiene cáncer en los huesos, pero él insiste en esperar su pierna de palo y, como no llega, regresa al hospital de Marsella, para estar cerca de un barco en cuanto pueda echarse a andar. En el hospital los médicos lo desahucian, ya no pueden hacer nada por él más que paliar los dolores con dosis crecientes de morfina; sin embargo, él sigue soñando con irse lejos: "Estoy esperando la pierna artificial. Envíemela en cuanto la reciba, tengo prisa por marcharme de aquí", le escribe a su médico el 3 de septiembre, y a partir de entonces comienza a irse, comienza a soñar que tiene ya la prótesis y que está en condiciones de ponerse a caminar, pero la realidad es que el cuerpo empieza a paralizarse y comienza una larga agonía, paliada por la morfina, que termina el 10 de noviembre de 1891, día en el que muere a los 37 años, sin enterarse de que en el futuro la poesía que escribió de joven sería una de las obras más influyentes del mundo occidental.

Las últimas palabras del poeta, lo último que dijo este gran caminante antes de morir fue: "Deprisa, nos esperan", y después cerró los ojos para siempre, en Marsella, en ese puerto que había sido para él la puerta y que, de cierta forma, había vuelto a serlo por última vez. Para cerrar el círculo, su cuerpo fue enterrado en Charleville, la ciudad de la que quiso escapar siempre, como ya iba escapando cuando escribió este verso: "Toda luna es atroz y todo sol amargo".