[El Santo Oficio] Las palabras peligrosas

Arthur Miller era un indomable opositor a la política impulsada entre 1950 y 56 por el republicano Joseph McCarthy; es autor de obras como "Muerte de un viajante" y "Las brujas de Salem".
Arthur Miller con su esposa Marilyn Monroe.
Arthur Miller con su esposa Marilyn Monroe. (Especial)

Ciudad de México

En unos días se cumplirá el centenario de Arthur Miller, el autor de Muerte de un viajante, el indomable opositor a la política impulsada entre 1950 y 56 por el republicano Joseph McCarthy, quien creía ver conspiraciones comunistas por todas partes, en especial entre artistas e intelectuales, a quienes persiguió a través del Comité de Actividades Antiamericanas, maquinaria de terror donde tantas voluntades se quebraron. Miller, sin embargo, no solo permaneció incólume ante las presiones de los secuaces del senador McCarthy, ante los cuales fue llamado a comparecer, sino en 1952 escribió una obra desafiante: Las brujas de Salem, basada en un hecho ocurrido en 1692 en Massachusetts; es un discurso contra la intolerancia, los prejuicios, la injusticia, la sospecha, la deslealtad.

Contra el clima imperante en su país 260 años después de los crímenes de Salem, cuando palabras como "socialista" o "cooperativa" se volvieron peligrosas y nadie —o casi nadie— se atrevía a pronunciarlas en público. En ese tiempo, recuerda el dramaturgo, "el FBI había reclutado profesores para que informaran de los alumnos que expresaban opiniones de izquierdas y, otro aspecto de la comedia, también había reclutado alumnos para que informaran de profesores con idénticas opiniones".

Arthur Miller nació el 17 de octubre de 1915 en Harlem, Nueva York, en un hogar próspero, pero la Gran Depresión de 1929 llevó a su padre a la quiebra y a la familia a Brooklyn, un barrio populoso lleno de inmigrantes, donde pasó una infancia feliz.

En su autobiografía Vueltas al tiempo, Miller se retrata de cuerpo entero. Habla de su familia, de sus amigos, de sus amores (entre ellos Marilyn Monroe), de su obra; también del miedo y la perfidia incitados por el macartismo. Recuerda, por ejemplo, una mañana de abril con su admirado amigo Elia Kazan, quien lo había llamado insistentemente por teléfono. Mientras paseaban entre los árboles de un bosque, Kazan le contó su decisión de cooperar con el Comité de Actividades Antiamericanas; lo habían citado y luego de una primera negativa, aceptó delatar a sus compañeros del Partido Comunista, en el cual había militado por muy poco tiempo. Escuchó su relato en silencio, lo quería como a un hermano mayor. "No obstante —escribe Miller—, las simpatías se me enfriaban ante la idea de que, por increíble que pareciera, Kazan me entregaría atado de pies y manos de saber que yo había asistido años atrás a distintas reuniones de literatos del Partido y que en una había pronunciado un discurso. Intuí un creciente silencio a mi alrededor, una estela invisible y obstaculizadora de vibraciones sordas entre nosotros, como una lastimera nota musical interminable por encima de la cual ya no podíamos hablar ni oír nada. Era tristeza, pura y quejumbrosa, en sordina".

El cartujo lee la vida de Miller y la tonsura se le enrojece al imaginar las desgracias acarreadas cuando se cancela el diálogo y prevalecen la suspicacia y el pensamiento único, como tantos —desde la izquierda y la derecha— quisieran en este México nuestro.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.