La lucha libre salta a las páginas de ‘Artes de México’

La revista analiza las facetas de una actividad que, según explica Margarita de Orellana, “es vista ya como símbolo de mexicanidad”.
Un especial a dos caídas al hilo.
Un especial a dos caídas al hilo. (Xavier Quirarte)

México

Carlos Monsiváis bien podría estar hablando del espectáculo de la lucha libre en su totalidad cuando escribió que “El Santo es un rito de la pobreza, de los consuelos peleoneros dentro del Gran-Desconsuelo-que-es-la-Vida, la mezcla exacta de tragedia clásica, circo, deporte olímpico, comedia, teatro de variedades y catarsis laboral”.

El texto del cronista forma parte del número 119 de la revista Artes de México, titulado Lucha libre, relatos sin límite de tiempo, en el que también hay trabajos de Margarita de Orellana, Blue Demon Jr., Janina Möbius y Orlando Jiménez Ruiz, entre otros.

De Orellana, directora de la publicación, advierte en la presentación que “en nuestra cultura popular urbana, un deporte y espectáculo singular importado hace muchos años de otros países se convirtió en algo propio: la lucha libre. Gracias a la formas particulares que le han dado quienes desde hace ochenta años están inmersos en ella, la han convertido en una especie de fenómeno trascendente cuya práctica se ha extendido a otros espacios y a otros países. La lucha libre es vista ya como símbolo de mexicanidad”.

Al analizar el fenómeno en los años cuarenta del siglo pasado, Janina Möbius escribe que a finales de esa década “se emprendió una pretendida modernización que el Estado deseaba articular a través de los medios masivos. Se construía la imagen de un México progresista a la que se contraponían las estridentes diversiones de las clases populares como la lucha libre. El cuadrilátero se desplazó hacia los márgenes de las sociedades urbanas y sus protagonistas comenzaron a descargar su imaginario de forma pintoresca en cada enfrentamiento máscara contra cabellera”.

Pero la lucha sigue atrayendo multitudes. Laura de la Torre, editora de Artes de México, dice en entrevista que el tema es muy extenso y se puede estudiar desde muchísimas vertientes, por lo que “desde el principio nos dimos cuenta de que había tanto material que decidimos hacer dos números”.

El número 120, Lucha libre. Dos al hilo, con textos de Roland Barthes, Adela Santana, Rogelio Flores y otros, es presentado con un epígrafe de Salvador Novo: “La utilidad trascendental de los villanos, natos o conversos, es innegable. En el ring representan lo que Luzbel en la tradición, la serpiente en el Paraíso, la negación en la dialéctica: el elemento de contraste sin el cual parecería sin gracia lo bello, insulso el día, demasiado blanco lo blanco, sosa la gallardía”.

EL SENTIDO DEL RITUAL

La editora recuerda que Artes de México tiene un discurso textual y otro visual, lo que da para mucho juego. “En estos dos números el discurso visual presenta materiales canónicos, como las fotos de Lourdes Grobet, grabados antiguos y fotografías históricas. Si por un lado tenemos una selección de fotografías muy clásicas, por el otro hay algunas muy recientes tomadas por los diseñadores durante el trabajo de campo que hicimos en las arenas”.

El público de Artes de México suele ir desde académicos hasta lectores no avezados sobre cada tema, por lo que la intención de la revista, explica De la Torre, “es ser muy explicativa, abrir las puertas a algo que no conocían. En el caso de estos números, el espectro de lectores se amplió mucho hacia los jóvenes”.

La diseñadora concluyó que “desde principios de siglo XX hasta la fecha la lucha libre ha tenido muchísimas facetas. Justamente en años recientes ha revivido y por eso nos interesó mucho el tema y tratar de explicar cuál es el sentido del ritual, cuáles son esos valores que encuentra el público de distintas generaciones y extractos sociales que ha ido a la lucha desde hace muchos años”.

Las palabras de Barthes en su texto “El mundo del catch”, incluidas en la revista, suenan tan pertinentes como cuando fueron escritas hace casi seis décadas: “Cada signo de la lucha libre está dotado de una claridad total, ya que siempre hay que entender todo a primera vista. Desde el momento en que los contendientes suben al ring, el público queda imbuido de la evidencia del papel de cada cual. Como en el teatro, cada tipo físico expresa hasta el exceso el cometido asignado al luchador. Thauvin, quincuagenario obeso y decadente, cuya fealdad asexuada inspira motes femeninos, despliega en sus carnes las características de lo vil, pues su papel es representar lo que, en el concepto clásico del ‘rudo’ (noción clave de toda función de lucha libre), se considera orgánicamente repugnante…”.