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En las novelas de Gabriel García Márquez el espectáculo del mundo es disputado por las in­terpretaciones que pretenden explicarlo, buscan habitarlo y, con mucha lectura, humanizarlo.
Gabriel García Márquez fotografiado en mayo de 1964.
Gabriel García Márquez fotografiado en mayo de 1964. (Biblioteca Nacional de Colombia)

Ciudad de México

En las novelas de Gabriel García Márquez el espectáculo del mundo es disputado por las in­terpretaciones que pretenden explicarlo, buscan habitarlo y, con mucha lectura, humanizarlo. Ocurre en estas novelas, una y otra vez, que los hechos son debatidos, evaluados, recontados y, al final, releídos. A veces, como en Crónica de una muerte anunciada, las interpretaciones exigen una víctima, y Santiago Nasar es sacrificado como el primer mártir de la hermenéutica. Como las buenas víctimas propiciatorias, él es el único que ignora la intensa lectura que lo elige como muerto. En El general en su laberinto, Bolívar es el héroe de la interpretación infinita, porque sigue disputando, con su demanda de emancipación, el sentido de cada pregunta por América Latina. En cambio, en Del amor y otros demonios, la niña ilegible que ha sido mordida por un perro rabioso en el sopor del siglo XVIII caribeño, suscita la interpretación como juicio relativo. Ella es el ángel criollo de la lectura: su supuesta enfermedad es leída abusivamente. Enclaustrada, acusada de bruja y ende­moniada, ella termina, bajo la autoridad mayor de la lectura, la de la Iglesia, exorcizada y muerta.

El propio García Márquez había leído sus novelas como si fueran hijas del asombro y la abundancia, de las primeras lecturas de América Latina, cuando la palabra "palmas" ponía de pie a las primeras palmas (aunque no eran palmas). "Por qué no me van a creer, si le creen a la Biblia", recuerdo que solía decir. Después favoreció la lectura de Cien años de soledad como documental, y juró que podía probar que cada página venía directamente de la realidad. Pronto abandonó las licencias del realismo mágico (ahora mismo hay en inglés tres nuevas novelas sobre las propiedades sobrenaturales del chocolate), y sugirió que su Bolívar era hijo legítimo de la documentación. La Academia Colombiana de la Historia trató de refutarlo; pero, una historiadora alerta advirtió a sus colegas: ¡Pero si estamos hablando de una novela! Otro historiador, ya resignado, declaró que esa novela será leída en el futuro como la verdad histórica.

A esta saga de la lectura le faltaba su poética, y el autor la propuso en Vivir para contarla. El memorable primer capítulo plantea una interpretación de la vida como creación de la lectura. Desde su mismo nacimiento, los padres del autor se convierten en sus primeros personajes. Gracias a ellos, Fermina y Florentino viven en la inminencia epifánica de su novelización.

Pero a esta biografía de leer le faltaba su elogio de la lectura. Un Gaborio, digamos, donde los lectores testimonien su parte de ficción encendida por las novelas de García Márquez. Este taller de leer estaría en movimiento perpetuo, y sería permutante e ilimitado. Cada lector lo puede hacer suyo, sumando su propio testimonio, y operando el recomienzo de esta bio–lectura. Los cien años de esta edad solar de la novela son también los de su recomienzo perpetuo en el instante eterno de su formidable lectura. L