Arte y amor, una larga paciencia

“Una escena que parecía insignificante en la página del guión puede ser importantísima y absorber toda la atención para adquirir vida propia en la pantalla”.
Orquestación para las emociones.
Orquestación para las emociones. (Especial)

México

El cineasta ruso Nikita Mijalkov, realizador de películas que le dieron fama en los años setenta y ochenta, explica que el melodrama es un género vivo que puede vengarse: “Una escena que parecía insignificante en la página del guión puede ser importantísima y absorber toda la atención para adquirir vida propia en la pantalla”.

Así es el cine de Almodóvar: estamos ante un ser vivo que nos mantiene enganchados, cada corte está trabajado en función de los planos anteriores y siguientes para jugar no solo con nuestras pasiones sino también con los artificios que sirven para representarlos, es decir, con el lenguaje cinematográfico. Por eso aceptamos con absoluta normalidad las casualidades en la estructura de Julieta, su última película, y se nos mojan los ojos cuando Julieta dice a Antía, su hija de diez años, lo que sucedió a su padre. Al recapacitar en esta escena melodramática, podría parecer insignificante en la página, pero en la pantalla, en la conjunción de toda la secuencia y de la película, cobra una importancia tan del género que nos encaja el anzuelo con frenesí.

No puedo evitar un símil —la emoción que me produjo Julieta vale la concentración—: es como el músico que no sabe escuchar simultáneamente a toda la orquesta y a cada instrumento por separado, lo que quiere decir que no tiene oído y no puede ser llamado músico.

Julieta es el personaje principal aunque la problemática aborda el sentimiento de culpabilidad de tres mujeres por un hombre al que aman; ¿hay algo nuevo en el tema? ¿Importa cuántas mujeres sean? La película aborda un asunto universal entre mujeres y hombres: el amor, nada nuevo; entonces, sí todo está dicho, se trata ahora de narrarlo de manera diferente, con otro estilo, es decir, que genere misterio: ¿por qué Julieta no se quiso ir con Lorenzo?; que nos sintamos cautivados: ¿por qué Antía no quiere ver a su madre?; que nos emocione: ¿por qué Antía decide ver a su madre? Ahí está el quid del cine de Almodóvar.

Detesto más que nunca las reglas, las formulitas que dictan que en tal página del guión debe suceder la primera transición y en tal otra el punto intermedio, so pena de ser rechazado por los productores, cuando en Almodóvar —y en Mijalkov— las reglas solo existen para ser violadas. Por eso en sus melodramas vemos una orquestación para las emociones y una precisa administración del interés tanto en la historia como en los personajes.

Esto se logra con calma; es como dijo Amado Nervo: “El arte y el amor son una larga paciencia”.

 

Julieta” (España, 2016), dirigida por Pedro Almodóvar, con Emma Suárez y Adriana Ugarte.