Arranca el segundo tiempo

El propio Villoro es consciente de la doble dificultad implícita en la empresa de narrar sobre acontecimientos tan publicitados que casi todo el mundo conoce, y sobre algo tan gráfico y dinámico ...
Villoro
(Cortesía)

Ciudad de México

En la tónica de Dios es redondo, Balón dividido (Planeta, México, 2014), el más reciente libro de Juan Villoro, entusiasmará lo mismo a los interesados en el deporte en general que a los forofos del futbol, y también, por qué no, a quienes ven en el arte de las patadas un rico filón de posibilidades literarias. No se trata de una mística de la superación de obstáculos para alcanzar la perfección del alto rendimiento o los límites de resistencia física de un atleta, como hace por ejemplo Haruki Murakami en su excelente libro sobre la disciplina y la metafísica de correr maratones. O no se trata solo de eso. El propio Villoro es consciente de la doble dificultad implícita en la empresa de narrar sobre acontecimientos tan publicitados que casi todo el mundo conoce, y sobre algo tan gráfico y dinámico como el futbol (“¿quién que pueda estar en el estadio —o frente al televisor— desea que le cuenten el partido?”), pero aun así echa el resto para recrear a través de la palabra los pormenores de un universo tan sencillo y obvio como complejo y sibilino. Es admirable el modo en que sortea el riesgo inminente de incurrir en el cliché de la sociología (o en la sociología del cliché), haciendo gala de una cultura futbolística enciclopédica para demorarse en momentos, personajes, anécdotas y rarezas que radiografían lo que hay de dignidad, heroísmo y miseria no solo entre los futbolistas y la gente del medio sino en la humanidad en su conjunto.

En Balón dividido, Villoro se consolida como uno de los mitógrafos contemporáneos del balompié más autorizados. Su obsesión por el detalle y el dato escondido se traslada de su poética literaria a una suerte de novela del futbol apuntalada por las herramientas del reportaje periodístico y el humor. Abundan las metáforas certeras, las contradicciones aparentes, los aforismos resonantes que en ocasiones esconden el sofisma (“Nadie sobrevive en silencio a una tragedia y nadie se queda callado ante un gol que importe”). Entre fanáticos, sostiene Villoro, el futbol constituye una actividad más predecible que ir al mercado o al odontólogo, permite introducir un calendario tranquilizador en la accidentada y caótica carrera hacia la muerte. Y recuperar provisoriamente la infancia, no la que se vivió en verdad, sino la que uno se inventa para no enfermarse de desolación. Creo que incluso se puede ir más allá. Entre los millones de “amateurs profesionales” que hemos sucumbido a los espejismos de las recompensas del futbol (en llanos pedregosos, como espectadores reales o televisivos), nunca falta el adulto que se entrega a la fantasiosa reconstrucción identitaria. Entonces se visualiza joven, cuando sus habilidades y el excelente manejo del balón prometían un oneroso futuro de crack, antes de armarse de soportes ortopédicos y fracasar incluso en la liga de veteranos.

Deleita la riqueza temática de esta obra premundial. Desde los insólitos casos en que un puñado de futbolistas ha desaprovechado una ventaja en aras de sus principios, pasando por la prostitución del amor a la camiseta que fomentan los logos publicitarios, hasta la forma aciaga en que han muerto algunos ídolos. Los dilemas morales del árbitro y la injusticia permanente a los que se ve expuesto; el origen de la palabra “hincha”; las tribulaciones de los arqueros, la costumbre del esputo o la rocambolesca experiencia de un partido del Boca en La Bombonera. El “gol fantasma”, cuando nadie sabe si la pelota rebasó la línea de meta, o la nueva modalidad patentada por Messi al reproducir hace poco ante el Getafe el célebre gol que marcó Maradona arrancando de media cancha en el mundial México 86. No tiene desperdicio el análisis psicológico de CR7, un narcisista susceptible al abrazo solo si él ha metido el gol. E incluso un dato tan inconexo, como que Piqué y Shakira tengan el mismo coeficiente intelectual, parece cobrar relieve. Villoro relata asimismo su amistad con Pep Guardiola y examina el exitoso proyecto deportivo del Barça y los canteranos de La Masía. Por instantes, el narcisismo pambolero que se ha documentado en muchos casos parece traslucirse en el propio cronista, revestido de la nostalgia de quien erró la senda. Pero ¿a quién no le hubiera gustado ser un Adonis del balón?

Villoro alienta una épica del esférico y describe su Olimpo de dioses y diosecillos, pero pudo detenerse más en lo que el deporte rey tiene de deleznable: un opiáceo mediático y demagogo de la embrutecida aldea global; el abanderado del capitalismo más atroz (con el presupuesto de la FIFA o el Real Madrid, ya se sabe, podrían fundarse países con sus hospitales, escuelas y PIB). En cambio, no le tiembla el pulso al dirigir su acerada crítica contra el futbol nacional confirmando el turbio entramado de intereses que hacen prevalecer el mercado de piernas, la publicidad y las televisoras. El corolario es irrebatible: mientras en México nadie esté dispuesto a responsabilizarse de la victoria, cada mundial seguirá desvaneciéndose entre sueños guajiros.