[Escolios] Poesía y prosa

El poema en prosa constituye un género mucho más audaz y exigente, que apuesta no por la anulación del ritmo del verso, sino por una forma más radical de mixtura semántica.
Escolios
(Cortesía)

Ciudad de México

Suele pensarse que el poema en prosa implica simplemente suprimir el verso e introducir un elemento anecdótico, cotidiano y vagamente narrativo en la poesía; sin embargo, el poema en prosa constituye un género mucho más audaz y exigente, que apuesta no por la anulación del ritmo del verso, sino por una forma más radical de mixtura semántica. Baste pensar que uno de los primeros grandes cultivadores de este género, Baudelaire, era un artífice del verso y su incursión en el género no implicaba la renuncia a la música, sino, al contrario, la búsqueda de una aleación entre el ritmo poético, el discurso lógico de la prosa y la visión desintegradora de la realidad, propia de la modernidad. En efecto, el poema en prosa, pese a que aparentemente utiliza el discurso lineal, subvierte el cometido comunicativo convencional de la prosa y, gracias a la inserción del ritmo y la imagen, modifica el concepto. Se desnaturaliza entonces la noción de la poesía como inexorablemente subjetiva y rítmica y de la prosa como inexorablemente impersonal, clara y lógica. Esto crea un potente vehículo creativo, capaz de dar un vuelco a la  representación poética de la realidad. Por supuesto, la poesía en prosa ya no es una novedad, sino una herramienta poética consolidada, con alto grado de dificultad. En su libro Órbita de los elementos (mantis/IMCATUR, 2012) Ignacio Mondaca aborda con nuevos instrumentos y ojos este género venerable. Puede decirse que se trata de un libro de prosas de paisajes y lo primero que llama la atención es la distancia crítica de la mirada, el traslado del “yo” poético de la habitual confidencia a una forma de observar el mundo con desapego creciente.

El libro comienza con cuadros que apelan a un desarreglo de los sentidos, a un revelador extravío del ojo por el paisaje cotidiano al cual reduce a lindes liliputenses o engrandece a dimensiones cósmicas. Posteriormente cambia de escenario: irrumpe el aire tropical, imágenes herméticas que sin embargo se anuncian con calidez y brillan hospitalarias. A lo largo de la exposición paisajística aparecen ciudades pequeñas y nostálgicas, urbes perturbadoras, desierto y paisajes tropicales. Si bien el libro evoca problemas sociales lacerantes, recuerda episodios históricos o aborda la noción de nacionalidad, en toda esta política del paisaje hay una ironía y alegría subyacentes que evitan la solemnidad o la arenga. Órbita de los elementos es un libro inasible e imprevisible: los adjetivos y el fraseo renuncian a la lógica lineal, pero no por eso se dejan llevar por el “lugar poético”, son dueños de una lógica peculiar, coherencia y precisión. La originalidad de estas imágenes, su verosimilitud y espesor, radican en que provienen de un ejercicio auténtico de gestación intelectual y emocional; en que provienen de ese despliegue prodigioso de máxima concentración que puede desarrollarse indistintamente en el gabinete del científico, o en los territorios del sueño.