Árabes y chacales

A Toledo poco le importan taxonomías ni ritos prenupciales. Impórtale la sombra animal que desciende sobre nuestros actos.
Detalle de "La gata convertida en mujer", 2013.
Detalle de "La gata convertida en mujer", 2013. (Especial)

México

En torno al grabador existen dos mitos de signo contrario. O es el “reo encadenado al lastre de sus viejas máquinas”, o es el denodado Vulcano que, desde la fragua técnica de sus arcanos, monta la defensa del arte contra las fuerzas empeñadas en su disolución.

Lo cierto es que, ni reo ni héroe, el grabador no hace más que valerse de un dispositivo de traslado de la imagen de un soporte a otro. Y es aquí donde descubrimos la raíz universal de la que surgen mito, grabado e ilustración. Desde un elemento preformado surge el impulso incontenible de la transferencia que devendrá, a su vez, transformación.

En griego antiguo la palabra mŷthos significa relato. De ahí que la erudición aplicada al estudio de las fábulas de la antigüedad haya visto la conveniencia de distinguir entre los elementos llamados endomíticos —argumentos y significados surgidos dentro de la propia narración— y aquellos otros que, al consistir en conceptos agregados al principio o al final, reciben el nombre de paramíticos.

Al ilustrar estas fábulas atribuidas al liberto feo y sabio, logra Toledo reventar la cáscara del cristianismo para sumergirnos de nuevo en el relato popular.

Según la fábula titulada “La gata convertida en mujer”, un joven enamorado de una gata pide a Venus que la vuelva humana. Basta con que la novia vea un ratón para que torne a su primer estado. Moraleja: toda mudanza de condición es epidérmica.

Pero, si nos remontamos a los orígenes, ni la gata es gata, ni la desea mancebo alguno. Antes al contrario, quien se encoña —¡oh escándalo!— de un hombre es la comadreja que en tierras grecolatinas hace las veces de gato nilótico.

A Toledo poco le importan taxonomías ni ritos prenupciales. Impórtale sobre todo aquella metamorfosis de la cultura en bestialismo que ha dado en llamarse sexualidad. Impórtale la sombra animal que desciende sobre nuestros actos.

Purgado de toda moralina decimonónica y pija fría  —abiertas las venas pluriétnicas del mito—, ¿qué medio más idóneo que el ataque de matrices con puntas y ácidos para devolvernos la brusca crueldad de esta narrativa? No en vano merodean aquí, entre la zoología zapoteca y clásica, los árabes y chacales de Kafka.

Y es esta fuerza plástica y mítica la que quiere redimir al artista de la disolución que lo tiene a la deriva entre la defensa de causas sociales y los mecenas saqueadores del erario.

 

De fábula. Francisco Toledo. Museo Nacional de la Estampa. Hasta el 15 de junio.