Apuntes sobre el primer Luis Villoro

Obtuvo en 1986 el Premio Nacional de Ciencias y Artes y en 1989 el Premio Universidad Nacional. El siguiente texto traza los años de juventud del discípulo de José Gaos.
Filósofo, investigador y diplomático, Integrante del grupo Hiperión, catedrático, miembro de El Colegio Nacional y presidente de la Asociación Filosófica de México.
Filósofo, investigador y diplomático, Integrante del grupo Hiperión, catedrático, miembro de El Colegio Nacional y presidente de la Asociación Filosófica de México. (Cortesía)

Ciudad de México

Hacia finales de los cuarenta comenzó a circular en el país una preocupación que prendió en los más distintos ámbitos de la cultura: la de indagar por el ser o el modo de ser del mexicano. Hay un telón de fondo político en el escenario de aquellas búsquedas: el presunto alcance de los propósitos revolucionarios y el consecuente despegar de la retórica de la modernización desplegada desde la figura del presidente Alemán. Nacieron entonces contradictorias esperanzas en amplios sectores de la clase media urbana: brotó un nuevo naciona­lismo al tiempo en que se abrieron más las puertas a la incorporación de elementos del american way of life en nuestra vida diaria.

Por aquellos años también comenzaban a dar frutos tan promisorios como concretos las enseñanzas de los filósofos españoles, refugia­dos en nuestro suelo por la vil usurpación franquista que acabó a la segunda República. Dentro de un grupo de pensadores de auténtico fuste (Joaquín Xirau, Juan David García Bacca, José María Gallegos Rocafull) estaba José Gaos, discípulo aventajado de Ortega y Gasset y que había desarrollado ya en su tierra natal una brillante carrera académica. El influjo de las cátedras de Gaos en Mascarones sería enorme sin exageración, sobre todo en dos vertientes. Gaos trajo el equipaje completo de la filosofía de de Edmund Husserl y de Martin Heidegger, de una parte, y por otro lado, muy en la línea orteguiana, la fértil preocupación por la historia de las ideas. En Mascarones, Gaos entablaría contacto amistoso con Samuel Ramos y se pone rápidamente al corriente en cuanto al pensamiento mexicano, hasta las obras de Antonio Caso y del propio Ramos. Pero serían sus alumnos donde pondría su mayor atención el filósofo asturiano. En un principio, Leopoldo Zea, quien desplegaría una vastísima y admirable tra­yectoria en el campo de la historia de las ideas de nuestra América. Zea animaría allí, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional, la formación del grupo Hiperión, integrado por estudiantes alrededor de diez años menores que él y todos poseedores de inteligencias sobresalientes.

Entre aquellos jóvenes estaba Luis Villoro. Se sabe que muchas veces los integrantes de Hiperión (además de él mismo, Ricardo Guerra, Jorge Portilla, Joaquín Sánchez Macgrégor, Emilio Uranga, Salva­dor Reyes Nevares y Fausto Vega, centralmente, sin contar con que varios muchachos intelectuales, más bien inclinados a las letras se acercaban al grupo con viva curiosidad, como Ricardo Garibay o Jorge López Páez) se reunieron en sus rigurosas sesiones  en el departamento que ocupaba la familia Villoro en los edificios del Buen Tono, en Bucareli. Las enseñanzas de Gaos abrieron puertas por las que seguirían aquellos jóvenes. No es que hayan sido definitivas pero no podría dudarse de que Gaos, y sus compañeros exiliados, mostraron la bondad de algo que tradicionalmente había faltado en la práctica filosófica mexicana: el rigor. De la lectura no excepcionalmente hecha a trasmano durante largos años se pasó al examen minucioso de línea a línea de los textos originales.

El joven Villoro aprovecha, como ningún otro de sus compañeros lo haría, aquellas puertas, las traspone y abre más, más y va iluminando un campo vasto que había sido cubierto antes por el manto de la desmemoria. Da a conocer, a prin­cipios de los años 50, Los grandes momentos del indigenismo en México, examen de cómo ha sido visto lo indígena desde las perspectivas externas: de Hernán Cortés al indigenismo actual (el de 1950); muy poco después aparecería El proceso ideológico de la revolución de independencia, un análisis profundo de aquel movimiento que pone de cabeza, con todo rigor y mediante el empleo de las fuentes necesarias, la extendidísima visión his­tórica (usada y circulante aún en nuestros días) que mira a los héroes arrastrando masas más o menos impensantes y por tanto manipulables. Al mismo tiempo, Villoro fue ahondando y ampliando su co­nocimiento filosófico. Al respecto, el lector curioso hallará en Páginas filosóficas (1962, publicado en la colección Cuadernos de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias por la Universidad Veracruzana) ejemplos de los primeros escritos que realizó el autor en los años 40. El libro, de gran interés, contiene algunos ensayos que más tarde fueron publicados por separado, y uno, “La significación del silencio” que Villoro había entregado a la Casa de la Cul­tura Jalisciense, de Guadalajara, que lo editó en 1960. “Algo sin nombre es insufrible”, dice entre sus páginas este libro que enuncia, con pasmosa claridad, cómo el mundo humano está poblado de signos. “La función de la ‘comprensión’ en Dilthey” y “La reflexión sobre el ser en Gabriel Marcel” son dos textos auténticamente iniciales. Ambos textos están fechados en 1947 y los dos son un modelo de provechoso rigor. A la vez, no sobra apuntarlo, tanto la posición idealista de Dilthey como el exis­tencialismo católico de Marcel no pasan sin serias objeciones ante la mirada del filósofo mexicano. En aquel libro está incluido, también, un ensayo que nació y fue discutido en el Seminario de Filosofía Moderna de José Gaos en 1958: “Motivos y justifica­ción de la actitud filosófica”, un asunto muy propio de Gaos, y que llamó poderosamente la atención de Emilio Uranga, quien en aquellas sesiones actuaría como un inteligentísimo “abogado del diablo” (cfr. Filosofía y vocación, una edición de Aurelia Valero para la Biblioteca de Bolsillo del Fondo de Cultura Económica). Valdrá la pena entresacar unas líneas de Villoro contenidas en su texto:

Si es verdad que la filosofía es un engaño, lo es en un sentido más profundo del que habla la actitud mundana natural. La filosofía engaña porque arroja un señuelo: parece consentir en cumplir nuestros deseos personales y nuestras exigencias naturales; se hace aceptar porque parece servirnos. Pero una vez que aceptamos su invite, nos dice que el modo de buscar lo que buscábamos consiste justamente en negar aquellos deseos y exigencias. Entonces somos nosotros quienes hemos de cumplir sus exigencias y ponernos a su servicio. La filosofía a la vez nos engaña y cumple su palabra; mejor dicho, nos engaña, porque cumple su palabra en la única forma que puede hacerlo y que nosotros ignorábamos: nos sirve radicalmente poniéndonos a su servicio. ¿Y no es ésta acaso la estructura fundamental de todo acceso espiritual?

Al servicio de las ideas, de la reflexión, del análisis vivió Luis Villoro. Su pensamiento fue sin falta un pensamiento riguroso y disruptivo, marcado por el orden, la claridad y también la inconformidad. Un pensamiento de excepcional congruencia con una vida desplegada al servicio, más allá de la filosofía y desde la filosofía, de los demás y de su país. Sin su obra sería imposible comprender vastas regiones de la realidad del país, de su historia y del futuro que una inconformidad sin mermas o claudicaciones, como la suya, está ya en marcha.