Aproximaciones

Mi padre fue un hombre comprometido con su conciencia política y con la poesía.
huerta nava
(Cortesía)

Ciudad de México

Efraín Huerta fue un polígrafo: tenía una cultura enciclopédica y una memoria privilegiada debido, sin duda, al ininterrumpido ejercicio del periodismo profesional desde 1936 hasta la última semana de enero de 1982, cuando una inesperada insuficiencia renal, que precedió a su muerte física, lo derrumbó literalmente (sufrió un corte en una oreja). La muerte llegó de prisa en forma de un paro cardiorrespiratorio en la madrugada del 3 de febrero.

Mi padre fue un hombre comprometido con su conciencia política y con la poesía. Todo lo demás, el periodismo, el ejercicio cotidiano de vivir, se deriva de esto:


Insisto: la poesía está por encima de mezquindades y de juegos retóricos. La poesía amorosa, erótica o como quiera llamársela —mientras sea poesía— no podrá jamás ser un lujo. Es una necesidad. Es parte de quien se sienta persona humana, hombre o mujer. (Aclaro: hay humanos que no son personas.) En el principio fue el Amor, y así sigue siendo.

El escritor siempre está a la caza de nuevas formas de lenguaje, como el buen amante de nuevas formas de decirle —o no decirle, que es mejor— a la amante, que la ama.[1]


Su obra poética es el aspecto más conocido y estudiado de su escritura. Se considera que llevó la poesía mexicana a la modernidad creando espacios que no habían sido descubiertos. Efraín Huerta se consideraba “el orgullosamente marginado, el proscrito”. Fue un entusiasta militante del cardenismo, pero también criticó duramente sus errores y omisiones. Cuando los gobiernos posteriores olvidaron los postulados originales de la Revolución mexicana, Efraín Huerta no dudó en censurarlos. Y cuando estos gobiernos comenzaron a reprimir a los trabajadores, Huerta se convirtió en un duro crítico. Quedó así “marginado” de los puestos y prebendas que muchos de sus contemporáneos obtuvieron al paso de los años. Se opuso a las acciones represivas del gobierno, a las matanzas, a los abusos de todo tipo.

En la Escuela Nacional Preparatoria conoció a un grupo de jóvenes que cambiarían la historia de las letras nacionales. En el Grupo A–1 trató a Rafael Solana, Cristóbal Sáyago, Carlos Villamil Castillo, Enrique Ramos Valdés, Guillermo Olguín Hermida, Víctor Miguel Salinas Quinard, su hermana “La Chata” Adela María —una de las musas de Absoluto amor—, Waldo Vargas, Rodolfo Millán, Ignacio Carrillo Zalce...

En aquella atmósfera conoció también a Octavio Paz, Rafael López Malo, José Alvarado, Enrique Ramírez y Ramírez y Carmen Toscano, quienes editaban la revista Barandal y, más tarde, Cuadernos del Valle de México. En 1933 Octavio Paz (Luna silvestre) y Rafael Solana (Ladera) publicaron sus primeros libros. Rafael Solana fundó asimismo la revista Taller Poético, madre legítima de Taller. Absoluto amor, el primer libro de mi padre, apareció hasta 1935 y en ese momento supo que estaba “perdido para la abogacía pero ganado para algo que considero superior: la Poesía”.

El principal interés de Efraín en aquellos años era la política y consideraba que su participación en Taller era muy modesta: ocupaba su tiempo en la militancia activa y estudiaba marxismo bajo la guía intelectual de José Carlos Mariátegui. Su activa participación en la política durante los años del cardenismo marcó su vida y fijó, por decirlo así, sus ideales de lucha.

En 1943 inició profesionalmente su labor como crítico de cine en la sección “Polvo de Estrellas” del periódico Esto, con la que destacó notablemente. En 1946 fundó Pecime (Periodistas Cinematográficos de México). Jugó un papel protagónico en la llamada Época de Oro del cine nacional.

Desempeñó una importante tarea en defensa de la paz mundial, que lo llevó a conocer diversas capitales. Se apasionó por Varsovia, se enamoró de Praga, se dejó seducir por Ámsterdam y Moscú. Creía que The Cloisters (Los Claustros), subsede del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, era el lugar más bello del mundo.

Recibió, entre otras distinciones, las Palmas Académicas de la República de Francia, en 1949 —y no en 1945, como señalan algunas fuentes—; el Premio Xavier Villaurrutia en 1975; el Premio Nacional de Literatura, y el Nacional de Periodismo. Sobrevivió a siete operaciones en el Centro Médico Nacional y se consideraba muy afortunado. En sus últimos años solía repasar su vida, satisfecho de su familia, sus hijos, su poesía (Los hombres del alba fue su libro favorito) y su carrera periodística.


Chapultepec, 26 de mayo de 2014



[1] Entrevista de Ana María Longi en El Sol de México, 1971.