Apollinaire, la poesía y la guerra

La complicidad la encontró más bien entre los artistas: Picasso y Braque, a quienes defendió con sus escritos entusiastas, Duchamp, Picabia.
toscanadas
(Cortesía)

Ciudad de México

Escribir tomando posición a cada momento. Así se lo exigía Guillaume Apollinaire. Contra todos, por una poesía nueva. En cierto sentido, podría decirse que él mismo creó a sus adversarios; los necesitaba para confrontarse, para obligarse a ir aún más lejos —de los otros, de sí mismo—. Ni los patriotas como Maurras o Péguy, ni los poetas exóticos como Segalen o Claudel encontraban gracia a sus ojos. A los primeros les faltaba ese verdadero “heroísmo” que se precisa para transformar la poesía; a los segundos, el peso de la herencia simbolista les impedía crear otra cosa que ese “nuevo estilo pomposo” que tanto le molestaba en Claudel.

Ninguno de los que después formarían parte de las instituciones, como Jules Romains en la Academia Francesa o André Gide mediante la NRF (Nouvelle Revue Française), lo tomaba muy en serio. Les parecía un excéntrico con talento. El mismo Breton dirá de él después de su muerte que se trataba solo de un precursor —a quien no obstante debe el nombre de su movimiento— “cuyo amor por el escándalo lo arrastró a defender las innovaciones más dudosas, como ciertos poemas onomatopéyicos completamente insignificantes […] y que además se mostró estúpidamente apasionado por la erudición y los bibelots”. Era pues mal amado, como reza su célebre poema.

Lo que resultaba más difícil de entender para sus contemporáneos era justamente lo que él más defendía: una libertad total en la elección de los medios que empleaba en su quehacer poético y que lo llevó a reunir, más allá de toda moda, lo que a los otros les parecía inconciliable (octosílabos, alejandrinos, baladas, odas, sátiras, farsas, elegías, poemas–conversación, caligramas). La complicidad la encontró más bien entre los artistas: Picasso y Braque, a quienes defendió con sus escritos entusiastas, Duchamp, Picabia. Como ellos, no tenía miedo a cuestionar, provocar, subvertir.

Para Apollinaire, sin embargo, no se trataba de una lucha de poder; no intentaba constituir un grupo de ataque que le permitiera tomar por asalto el mundillo literario y artístico de la que llamamos ahora, no sin nostalgia, la “Belle Époque”, aquella que no conoció la violencia insólita de las dos guerras. Su combate era ante todo poético: ¿cómo articular tradición e inventiva?, ¿cómo ser “absolutamente moderno”, como lo pedía Rimbaud, sin dejar de lado las formas del verso tradicional que le parecían parte esencial de la poesía? No había para él poesía sin esfuerzo, sin trabajo disciplinado. La escritura de la mayoría de sus poemas, aun la de aquellos cuya factura puede parecer desenfadada, le tomó años.

Varias fueron sus respuestas a esta encrucijada estética. Una de ellas fue su rechazo al refinamiento, a lo noble y razonable. Para renovar el arte, afirmaba que había que tener “el valor de ser de mal gusto”: “no soy refinado, sigo mis gustos, que son simples y no siempre delicados”. Junto con Picasso, veía en la fealdad “un signo de la lucha del creador para decir algo nuevo de una manera nueva”. Y para ello, tenía que exponer su escritura a lo improbable, a lo dispar, a la banalidad de lo cotidiano, a los cambios acelerados del mundo moderno de los que finalmente saldría renovada. Pero lo nuevo que Apollinaire perseguía no implicaba el progreso que tanto elogiaban los futuristas. Se trataba para él de exponerse a otro ritmo, de cambiar de aliento, lo que, entre otras innovaciones, lo llevó a eliminar la puntuación en sus poemas.

“Zona”, ese poema No Man’s Land que abre Alcoholes, declara así abiertamente su fuente de inspiración:


Al final estás harto de este mundo antiguo

[…]

Lees los prospectos los catálogos los carteles que cantan muy fuerte

He aquí la poesía esta mañana y para la prosa están los diarios

Están las revistas a 25 centavos repletas de aventuras policiacas

Retratos de grandes hombres y mil títulos diversos


El poema termina con un sol decapitado por la aliteración (“Soleil cou coupé”) que anuncia la melancolía de “ El puente Mirabeau”. Nada en este libro fue dejado al azar. Apollinaire trabajó durante mucho tiempo la composición del conjunto y las fechas de los poemas que abarca revelan el lugar que designaba para su poesía: hace coincidir la fecha de sus primeros versos con la muerte de Mallarmé en 1898 y, sin saberlo, con la muerte de toda una época, 1913, el año que precede a la Gran Guerra. Un tono elegiaco acompaña las transformaciones poéticas que se exploran en el libro. Y una constatación se impone: el inevitable correr del tiempo deja solo a quien escribe, expuesto:


Pasan los días pasan las semanas

Ni el tiempo ido

Ni los amores vuelven

Bajo el puente Mirabeau corre el Sena


Cae la noche la hora suena

Los días se van yo me quedo


El sufrimiento de la pérdida que trae consigo el paso del tiempo atraviesa Alcoholes y lo sitúa bajo el signo del otoño, de su tristeza, del veneno de sus flores violetas —“Cólquicos”—, de la vendimia que es a la vez embriaguez y sangre derramada —“Vendimiario”, último poema del libro que lleva el nombre del primer mes del calendario revolucionario.

En este año que conmemora las dos “grandes” guerras del siglo XX, ese puente de París, esos días de otoño que atraviesan la poesía de Apollinaire nos recuerdan esa coincidencia dolorosa que llevó ahí muchos años después a Paul Celan, poeta y también traductor de la melancolía de Alcoholes.

En La rosa de nadie, hace alusión a este poema:


Del sillar

del puente, de donde

se estrelló

en la vida, en vuelo

de herida, del

puente Mirabeau.

(“Y con el libro de Tarusa”)


En cierta forma, ningún poeta sobrevivió a la conflagración. Apollinaire murió de sus heridas de guerra en la víspera del armisticio de 1918. Marina Tsvietáieva, de quien este poema lleva un epígrafe, se suicidó en 1941. Celan se arrojó de ese puente en 1970, quizá para coincidir al fin con esa realidad que tanto lo había herido, con el fluir del tiempo que trae consigo la pérdida.

Solo la poesía sobrevivió. En ella, la promesa de lo nuevo persiste, casi a nuestro alcance.